Frases de El gran Meaulnes

El gran Meaulnes

24 frases de El gran Meaulnes (Le grand Meaulnes) de Alain Fournier... Historia de Augustin Meaulnes buscando su amor perdido, uno de los relatos más poéticos sobre el paso de la adolescencia a la adultez, del despertar al amor, a los celos, a la voluntad de rebelarse.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Alain Fournier son: amistad, primer amor, remordimiento, amor perdido, celos, adolescencia, nostalgia, mayoría de edad, rebelión, amor no correspondido.

Frases de Alain Fournier Libros de Alain Fournier

Frases de El gran Meaulnes Alain Fournier

01. Deben venir de lejos en bicicleta, ya que tenía la espalda embarrada hasta la mitad.


02. (...) Pensaba también que nuestra juventud había terminado, y que la felicidad se nos había escapado.


03. Y llegó otro invierno, tan muerto como había sido vivo de extraña vida el anterior...


04. El único recuerdo que me ha dejado esa comida es el de un espantoso silencio y un gran encogimiento.


05. Y esos ruidos me repetían: es la ciudad desierta, tu amor perdido, la noche interminable, el verano, la fiebre.


06. Los dos estábamos persuadidos de que la felicidad rondaba cerca y que la capturaríamos con sólo echar a andar.


07. Sentí la desilusión del náufrago que, creyendo estar hablando con un hombre, advierte de pronto que se trata de un mono.


08. Y ya me lo imaginaba, alguna noche, envolviendo a su hija en una capa y marchándose con ella en busca de nuevas aventuras.


09. Temía las preguntas de mi madre, su manera, tan inocente y maliciosa a la vez de turbarnos, llegando a nuestros pensamientos más ocultos.


10. Ésta es la felicidad, lo que buscaste durante toda tu juventud. Ésta es la mujer que aparecía al final de todos tus sueños.


11. De pronto le pareció que el viento arrastraba el sonido de una música perdida, que era como un recuerdo colmado de encanto y sentimiento.


12. Después de haber hecho pasear por su memoria todo lo que había visto y oído, agotado, se fue durmiendo, como un niño triste.


13. En aquella cuna descubría yo un mundo ignorado, y advertía que el corazón se me colmaba con una alegría extraña, jamás sentida.


14. (...) Se había estado ocupando en los preparativos de la boda, pero dominado sin cesar por el deseo de seguir buscando, de volver a partir tras los pasos de su amor perdido.


15. No le costó ningún esfuerzo imaginar que se hallaba en su propia casa, ya casado; era una hermosa noche y la persona deliciosa y desconocida que tocaba el piano, era su esposa...


16. Nuestra aventura ha concluido. Este invierno es inmóvil como una tumba. Tal vez nuestra muerte, tal vez sólo la muerte, nos dé la clave y la prolongación de esta aventura.


17. Además, yo les enseñaría a los niños a ser buenos, con una bondad que yo conozco. (...), cuando sea maestro. Les enseñaría a encontrar la felicidad que tienen tan cerca, aunque no lo parezca...


18. (...) Pero, cuando se ha vislumbrado el Paraíso, ¿Cómo contentarse con la vida de todos? Lo que para los demás es la dicha, a mí me resultaba irrisorio. Y cuando, sincera y deliberadamente, decidí un día hacer como todos, coseché remordimientos para rato...


19. En su tez purísima había puesto el verano dos pinceladas encarnadas...No encontré en tanta belleza más que un defecto: en los momentos de tristeza, de desaliento o incluso de meditación profunda, aquel rostro tan puro se teñía levemente de rojo.


20. Mientras pasan las horas y el día está por morir, y yo lo quisiera ya muerto, hay hombres que han cifrado en él todas sus esperanzas, todo su amor, sus últimas fuerzas. Hay hombres moribundos; otros que esperan un vencimiento y no querrían que nunca llegara mañana. Hay otros para quienes mañana asomará como un remordimiento. Otros, en cambio, se sienten fatigados, y esta noche no será nunca lo bastante larga como para proporcionarles el descanso que necesitan. Y yo, yo que he desperdiciado el día; ¿Con qué derecho me atrevo a invocar el día de mañana?


21. (...) Hallamos la escuela desierta. Por encima del polvo de un banco carcomido y el agrietado barniz de un planisferio, resbalaba un frío rayo de sol. No perseguíamos permanecer allí, frente a un libro, sufriendo nuestra desilusión; todo nos llamaba afuera, el saltar de los pájaros, junto a las ventanas, persiguiéndose de rama en rama, la huida de los demás alumnos a los jardines y al bosque, y, especialmente, el obsesivo deseo de probar cuanto antes el rumbo incompleto controlado por el titiritero, que era el último recurso de nuestra bolsa casi exhausta, la última llave del llavero que nos restaba probar.


22. Era la primera vez que hacía un viaje tan largo en bicicleta. Pero hacía mucho que Jazmín, pese a mi rodilla enferma, me había enseñado a manejarla. Si para cualquier joven la bicicleta es una máquina tan divertida, ¿Qué no sería para mí, pobre muchacho que poco antes arrastraba todavía miserablemente la pierna, bañado en sudor apenas recorría cuatro kilómetros? Lanzarse desde lo alto de las pendientes, internarse en las profundidades del paisaje; descubrir, como en un aleteo, las lejanías del sendero que se abren y florecen al acercarse; cruzar en un abrir y cerrar de ojos una aldea, llevándosela entera en una mirada...Únicamente en sueños había conocido hasta entonces una marcha tan veloz, tan fascinante.


23. Así transcurrieron semanas y meses. ¡Época pretérita! ¡Felicidad perdida! Aquella era el hada, la princesa y el amor misterioso de toda nuestra adolescencia; a mi me tocaba darle el brazo y decirle lo necesario para mitigar su pena. Mi amigo, en cambio, había huido. De esa época, de aquellas conversaciones por la tarde, una vez terminadas las clases que yo dictaba en la cuesta de Saint-Benoist-des-Chames; de esos paseos durante los cuales el único tema del cual habríamos podido hablar era el único al cual estábamos decididos a no referirnos; ¿Qué podría decirles ahora? No me queda más que el recuerdo, y aún éste semíborrado ya, de un bello rostro enjuto, de dos ojos cuyos párpados descienden lentamente al mirarme, como si ya sólo quisieran contemplar un mundo interior.


24. Las clases debían reiniciarse al día siguiente. A las siete de la mañana, ya había en el patio dos o tres niños. Vacilé largo rato antes de bajar y dejar que me vieran. Por fin aparecí, y cuando hacía girar la llave para abrir la puerta del aula enrarecida, cerrada desde dos meses atrás, ocurrió lo que tanto temía: el mayor de mis alumnos se alejó del grupo de muchachos que jugaban en la sala de recreo, para decirme que "la joven señora de los Arenales había muerto la noche anterior". Todo en mí se mezcla y confunde con este dolor. Tengo ahora la sensación de que jamás tendré ánimo para reanudar las clases. El solo cruzar el patio desierto de la escuela me produce tal fatiga, que siento como si se me fueran a quebrar las rodillas. Todo es pesadumbre, todo es amargura, porque ella ha muerto. El mundo ha quedado vacío; las vacaciones han concluido.

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