Frases de El día

El día

13 frases de El día (Le jour) de Elie Wiesel, libro de 1961.... Historia de amor situada en Nueva York, para el joven superviviente del Holocausto, nace la certidumbre de que la herida no se cerrará y de que lo único que cabe es la mentira piadosa.

Frases de Elie Wiesel Libros de Elie Wiesel

Frases de El día Elie Wiesel

01. Nadie quería abandonar la partida, justo antes del fin, ya tan cerca del objetivo.

Partidas


02. El sufrimiento aleja al ser humano de sus semejantes. Para separarlos, levanta un muro hecho de gritos y de desprecio.

Muro


03. Que el sufrimiento nos cambia, ya lo sabía. Pero ignoraba que destruyera también a los demás.

Sufrimiento


04. ¿La felicidad? La felicidad para el niño sería que el tren diera marcha atrás. Pero tú conoces a los trenes: siempre van hacia adelante. Solo el humo va hacia atrás.

Tren


05. El hombre lleva en sí mismo su enemigo más temible. El infierno no es el prójimo. Es uno mismo. El infierno es la fiebre ardiente que produce frío.

Fiebre


06. Ocurre a veces que el hombre vive y al mismo tiempo muere, que representa la muerte para los vivos, y ahí comienza la tragedia.

Tragedia


07. Traté de esbozar una sonrisa pero, como tenía demasiado frío, solo conseguí ofrecerle una mueca. Es una de las razones por las que no me gusta el invierno: la sonrisa se vuelve abstracta.

Invierno


08. La vida no quiere forzosamente vivir. La vida realmente está fascinada por la muerte. Solo en contacto con ella empieza a vibrar.

Existencia


09. El sufrimiento le es dado a los vivos, no a los muertos...El deber de los hombres es hacerlo cesar y no aumentarlo. Una hora menos de sufrimiento es ya una victoria sobre el destino.

Sufrimiento


10. El hombre prefiere poner en su haber todos los pecados y crímenes imaginables antes que llegar a la conclusión de que Dios puede permitir las más flagrantes injusticias. Todavía hoy enrojezco cada vez que pienso en qué forma Dios se burla del ser humano, su juguete favorito.

Confianza en Dios


11. No podemos olvidar. Las imágenes están ahí, ante los ojos. Aunque no estuvieran los ojos, las imágenes seguirían estando. Creo que si tuviera capacidad para olvidar, me odiaría. Nuestro paso por allá ha dejado en nosotros bombas de tiempo. De vez en cuando, una estalla. Y entonces no somos sino dolor, vergüenza y culpa. Nos sentimos avergonzados y culpables de estar con vida, de comer pan hasta saciarnos, de llevar en invierno un buen calzado abrigado. Una de esas bombas, Kathleen, sin duda provoca la locura. Es inevitable. Quien estuvo allá, se ha llevado consigo un poco de la locura de la humanidad. Un día u otro, ascenderá a la superficie.

Bombas


12. (...) Hablas de la felicidad, Kathleen, como de una posibilidad. Pero ni siquiera es un sueño. Él también ha muerto. También está en lo alto. Todo se ha refugiado allá arriba. ¡Y qué vacío aquí abajo! La verdadera vida está allá. Aquí no hay nada. Nada, Kathleen. Aquí está el desierto árido. El desierto desprovisto de espejismos. Es la estación donde el niño olvidado en el andén ve a sus padres que se alejan en un tren. Y, en lugar de ellos, está ahí el humo negro del tren. El humo son ellos. ¿La felicidad? La felicidad para el niño sería que el tren diera marcha atrás. Pero tú conoces a los trenes: siempre van hacia delante. Sólo el humo va hacia atrás.

Humo


13. Si te hubiera hablado en voz alta, habría comprendido la trágica condición de aquellos que volvieron, perdonados a cuenta, muertos vivientes. Hay que mirarlos atentamente. Su apariencia es engañosa. Son contrabandistas. Dirán que se parecen a los demás. Comen, ríen, aman. Buscan el dinero, la gloria, el amor. Como los demás. Pero es falso: representan, a veces sin saberlo. Quien ha visto lo que ellos han visto no puede ser como los demás; no puede reír, amar, orar, negociar, sufrir, divertirse ni olvidar. Como los demás. Hay que observarlos cuidadosamente cuando pasan ante una inocente chimenea de fábrica, o cuando se llevan el pan a la boca. Algo se estremece en ellos y hace que uno aparte los ojos. Esos seres han sido amputados, no de una pierna o de un ojo, sino de la voluntad y el gusto de vivir. Un día u otro, las cosas que vieron subirán a la superficie. Y entonces el mundo quedará aterrado y no osará mirar en los ojos a esos mutilados del alma.

Falso

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