Frases de Jean-Paul Didierlaurent - Página 3

53. ¿Que porque cuide, y sí, señorita, se dice cuidar a lo que yo hago, que porque cuide a los difuntos, a los cuerpos, a los cadáveres, a los fiambres, llámelos como le dé la gana, valgo lo mismo que los parásitos que los invaden si yo no intervengo? "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Difuntos


54. Dobló su metro ochenta para dejar que su abuela depositara en su frente el beso de cada día y deslizara en su oído ese "Ve" que siempre sonaba como una bendición. Decir más no habría servido de nada. Esa única sílaba contenía toda la ternura del mundo. "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Abuela


55. El peso de los pecados no era una vana entelequia. ¡En absoluto! Dos horas de velada penitencial podían llenarte y atiborrarte el cuerpo de la misma manera que un banquete de comunión. El sifón de un desague, eso es lo que era cuando se hallaba confinado con Dios en ese reducto minúsculo. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Comunión


56. El joven se llevó la mano a la boca al descubrir la biblioteca. Ni por un solo instante habría podido imaginar que a su padre le interesara alguna vez su trabajo. Sin embargo, allí estaban, cuidadosamente ordenadas en el centro de la estantería, numerosas obras dedicadas al arte de la tanatopraxia y al oficio de embalsamador. "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Descubrir


57. Así que si usted me pregunta por qué me dedico a este oficio, le contestaré con un ejemplo: porque es más fácil para una madre besar la frente de un hijo que parece dormir en una eternidad apacible que quedar atormentada el resto de su vida por la imagen de un rostro devastado por la muerte. "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Oficio


58. (...) Añadió en la parte baja de la hoja unas palabras que no había dicho jamás, unas palabras que se quedaban atragantadas por pudor, unas palabras que muchas veces se dicen al pie de los catafalcos cuando ya es demasiado tarde, unas palabras que valían por sí mismas lo que todos los besos juntos: "tu hijo, que te quiere". "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Demasiado tarde


59. Necesitaría un pez rojo... De necesidad era justamente de lo que se trataba. Padecía de una auténtica adicción al pez dorado. El joven ya no podía pasarse sin esa presencia muda y coloreada que llenaba su mesilla de noche. Sabía por experiencia la enorme diferencia que había entre vivir solo y vivir solo con un pez rojo. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Vivir solo


60. (...) No solía escucharlo, en la creencia ingenua de que la rutina acabaría por arreglarlo todo. Que invadiría su existencia como una niebla de otoño y le anestesiaría los pensamientos. Pero a pesar de los años, la náusea volvía una y otra vez a asaltar su garganta a la vista del inmenso muro del recinto sucio y decrépito. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Niebla


61. (...) Se trataba de fragmentos de libros sin ninguna relación unos con otros. Un extracto de receta de cocina podía codearse con la página 48 del último Goncourt, un párrafo de novela policiaca se sucedía a una página de un libro de historia. Poco importaba el contenido para Guibrando. A sus ojos, tan solo el acto de leer cobraba la debida importancia. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Leer


62. Imagínese a ese mocoso de apenas doce años encargado de recoger las gafas de los que eran llevados a la cámara de gas. Imagínese por un momento lo que pudo vivir allí, lo que debió de sentir viendo pasar delante de él el desfile de seres humanos que le iban dando sus monturas, ignorando muchos de ellos la abominación que los esperaba. "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Cámaras de gas


63. En la intersección de los tres pasillos principales, la gran fuente me ofrece su gluglú apacible. Algunas monedas relucen en el fondo del estanque, monedas allí arrojadas por algunas parejas de enamorados o por supersticiosos jugadores de lotería. A veces yo misma me inclino al pasar, cuando me viene en gana. Lo hago porque sí, por el mero placer de verlas brillar bajo la superficie, arremolinadas entre ellas. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Estanque


64. La Cosa estaba ahí, maciza y amenazante, plantada en pleno centro de la fábrica...Jamás nombrarla, esa era la última muralla que había llegado a erigir entre ella y él para no venderle su alma definitivamente. La Cosa debería contentarse con su cuerpo y solo con su cuerpo. El nombre grabado directamente en el acero del mastodonte desprendía un tufo a muerte inminente: Zerstor 500, del verbo zerstören, que significaba "destruir" en la hermosa lengua de Goethe. La Zerstor Funf Hundert era una monstruosidad de cerca de once toneladas salida en 1986 de los talleres de la Krafft GmbH, al sur del Ruhr. "El lector del tren de las 6.27" (2014), Jean-Paul Didierlaurent

Acero


65. Después de haber repetido por segunda vez su primer año de Medicina, el joven ponía fin definitivamente a las aspiraciones paternas matriculándose en uno de los institutos de enfermería de la región. El golpe de gracia llegó poco tiempo más tarde, cuando una noche de diciembre el joven anunciaba a sus padres que, después de dos estancias de prácticas en el hospital, no podía soportar el sufrimiento de los vivos, pero en cambio le parecía que uno de los más nobles trabajos era preocuparse por el cuerpo de los difuntos. "¡Embalsamador!", había soltado su padre fuera de sí, como si escupiera. ¡¿Sería posible que Ambroise Larnier, su propio hijo, se rebajara a practicar el segundo oficio más viejo del mundo después del de las putas?! "El resto de sus vidas" (2016), Jean-Paul Didierlaurent

Hospital

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