Frases de El ruido del tiempo - 2

20. El arte pertenece a todo el mundo y a nadie. El arte pertenece a todas las épocas y a ninguna. El arte pertenece a quienes lo crean y a quienes lo disfrutan. El arte no pertenece más al pueblo y al Partido de lo que perteneció en otro tiempo a la aristocracia y a los mecenas.


21. Si te salvabas quizá salvaras también a los que te rodeaban, a los seres que amabas. Y puesto que harías cualquier cosa en el mundo para salvar a los que amabas, hacías cualquier cosa en el mundo para salvarte. Y como no había elección, tampoco existía la posibilidad de evitar la corrupción moral.


22. En la guerra, en aquellos trenes lentos, infestados de tifus, entre Kuibyshev y Moscú, llevaba amuletos de ajo alrededor de las muñecas y el cuello; le habían ayudado a sobrevivir. Pero ahora tenía que llevarlos permanentemente: no contra el tifus sino contra el Poder, contra los enemigos, contra los hipócritas y hasta contra los amigos bienintencionados.


23. La música -la buena, la gran música- poseía una pureza dura, irreductible. Podía ser amarga y desesperada y pesimista, pero nunca podía ser cínica. Si la música es trágica, los que tienen orejas de burro la acusan de ser cínica. Pero cuando un compositor es amargo, o está desesperado o es pesimista, esto sigue significando que cree en algo.


24. En una novela, todas sus inquietudes vitales, la mezcla de fortaleza y debilidad, su potencial para la histeria se las habría llevado un torbellino de amor que conducía a la dichosa calma del matrimonio. Pero una de las muchas desilusiones de la vida consistía en que nunca era una novela, ni de Maupassant ni de ningún otro. Bueno, quizá un cuento satírico de Gógol.


25. Parecía haber pasado muy poco tiempo desde que todos se estaban riendo de la definición de un musicólogo que daba el profesor Nikolayev. Imaginad que estamos comiendo huevos revueltos, decía el profesor. Los ha preparado Pasha, mi cocinero, y vosotros y yo los estamos comiendo. Viene un hombre que no ha cocinado los huevos y no los está comiendo, pero habla de ellos como si no tuvieran secretos para él: eso es un musicólogo.


26. "Los forjadores del alma humana". Había dos problemas principales. El primero era que mucha gente no quería que nadie le forjara el alma, muchísimas gracias. Se contentaban con que la dejaran como estaba cuando vinieron al mundo; y cuando intentabas guiarles, se resistían. Ven a este concierto al aire libre, camarada. Oh, de verdad pensamos que deberías asistir. Sí, claro que es voluntario, pero podría ser un error que no te dejases ver... Y el segundo problema que entrañaba la forja del alma humana era más básico. Era el siguiente: ¿Quién forja a los forjadores?


27. Pero no era fácil ser un cobarde. Ser un héroe era mucho más fácil que ser un cobarde. Para ser un héroe sólo tenías que ser valiente un momento: cuando sacabas la pistola, lanzabas la bomba, apretabas el detonador, matabas al tirano y también a ti con él. Pero ser un cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda la vida. Nunca podías relajarte. Tenías que prever la próxima vez que tendrías que disculparte, titubear, achantarte, volver a familiarizarte con el sabor de las botas de caucho y el estado de tu propio personaje caído, abyecto. Ser un cobarde requería obstinación, perseverancia, una negativa a cambiar, lo cual, en cierto modo, constituía una especie de valentía.


28. Sí, es una revolución maravillosa, por supuesto. Y una gran mejora de lo que había antes. Es en verdad un logro inmenso. Pero de cuando en cuando me pregunto... Podría estar totalmente equivocado, desde luego, pero ¿Era absolutamente necesario fusilar a todos esos ingenieros, generales, científicos, musicólogos? ¿Enviar a los campos a millones de personas para utilizarlas como esclavos y explotarlas hasta la muerte, infundir terror a todo el mundo, arrancar falsas confesiones en nombre de la Revolución? ¿Implantar un sistema en que, incluso estando al margen, centenares de hombres aguardan cada noche a que los saquen a rastras de la cama y los lleven a la Casa Grande o a la Lubianka para ser torturados y obligados a firmar con su nombre burdas mentiras y a recibir luego un tiro en la nuca?


29. En un mundo ideal, un joven no debería ser irónico. A esa edad, la ironía impide el crecimiento, atrofia la imaginación. Lo mejor es empezar la vida con un estado mental alegre y abierto, creyendo en los demás, siendo optimista, franco con todo el mundo en todo. Y después, cuando llegas a entender mejor las cosas y a las personas, desarrollar un sentido de la ironía. La progresión natural de la vida humana va del optimismo al pesimismo, y un sentido de la ironía ayuda a atenuar el pesimismo, ayuda a producir equilibrio, armonía. Pero este mundo no era un mundo ideal y por eso la ironía crecía de formas extrañas y súbitas. De la noche a la mañana, como un hongo; desastrosamente, como un cáncer.


30. Él sabía poco de artes plásticas y difícilmente podía discutir de abstraccionismo con aquel poeta; pero consideraba a Picasso un bastardo y un cobarde. ¡Qué fácil era ser comunista cuando no vivías bajo el comunismo! Picasso se había pasado la vida pintando sus mierdas y aclamando al poder soviético. Pero Dios no quiera que cualquier pobre artistilla sometido a la férula soviética intente pintar como Picasso. Era libre de decir la verdad: ¿Por qué no lo hizo en nombre de quienes no podían? En vez de eso, vivía como un hombre rico en París y en el sur de Francia pintando una y otra vez su repugnante paloma de la paz. Él aborrecía aquella puñetera paloma. Y aborrecía la esclavitud de las ideas tanto como la esclavitud física.


31. (...) Los directores de este tipo gritaban y maldecían a las orquestas, montaban escenas, amenazaban con despedir al clarinete principal por llegar tarde. Y la orquesta, obligada a aguantarlo, replicaba contando cosas a espaldas del director, historias que lo definían como un "auténtico personaje". Después llegaban a creer lo que creía este emperador de la batuta: que sólo tocaban bien porque los estaban azotando. Se apelotonaban en un rebaño masoquista, de vez en cuando soltaban un comentario irónico entre sí, pero esencialmente admiraban a su guía por su nobleza y su idealismo, por la meta que se había propuesto y su capacidad de visión, más amplia que la de quienes se limitaban a raspar y soplar delante de sus atriles. Por muy áspero que pudiese ser por necesidad cada cierto tiempo, el maestro era un gran dirigente al que debían seguir. Ahora, ¿Quién continuaría negando que una orquesta era un microcosmos de la sociedad?


32. Maniobras ultracomplicadas para lograr la conclusión más sencilla; estupidez; autocomplacencia; indiferencia a la opinión ajena; repetición de los mismos errores. ¿No reflejaba todo aquello, magnificado en millones y millones de vidas, cómo habían sido las cosas bajo el sol de la Constitución de Stalin, un vasto catálogo de pequeñas farsas que llegaban a ser una inmensa tragedia? O, por adoptar una imagen distinta, una sacada de su propia infancia: la casa de veraneo de la familia en Irinovka, en aquella hacienda cuyo suelo era rico en franjas de turba. La casa de algún sueño o pesadilla, con habitaciones espaciosas y ventanas diminutas que a los adultos les hacían reír y a los niños temblar de miedo. Y ahora caía en la cuenta de que el país en el que había vivido tanto tiempo era también parecido. Era como si los arquitectos, cuando elaboraban sus planos para la Rusia soviética, hubieran sido reflexivos, meticulosos, bienintencionados, pero hubiesen fracasado en un aspecto muy básico: habían confundido metros con centímetros, y otras veces al revés. El resultado era que la casa del comunismo estaba desproporcionada y carecía de dimensión humana. Te inspiraba sueños, te daba pesadillas y asustaba tanto a los adultos como a los niños.

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