Frases de El libro del recuerdo - 2

20. Aunque tampoco hay que menospreciar el valor simbólico del atractivo visual, porque la belleza enciende el deseo y acrecienta la voluptuosidad, y en esto no hay diferencias entre uno y otro sexo; ambos reaccionan a lo deforme, blando, gastado y débil con menos entusiasmo que a lo escultural, duro, elástico y fuerte, y ello se debe no tanto a la apreciación estética como al instinto vital.


21. El cubría con una mano la mano con la que yo me sostenía y con la otra se colgaba de la correa del tranvía; la manga del anorak nos cubría la cara y las manos, que hubieran delatado a los ojos de los pasajeros nuestro amor prohibido; teníamos las caras muy juntas, sentíamos nuestro aliento, pero yo no hablaba a su cara ni a su entendimiento sino a sus ojos.


22. El náufrago que se debate en un mar sin fondo, buscando un punto de apoyo, se agarra a lo primero que encuentra para mantenerse a flote, ni que sea una caña; no lo piensa dos veces, en ella cifra su salvación y, con el tiempo, creerá -puesto que otra cosa no tiene y el implacable instinto de supervivencia suele sugerir ideas místicas- que el objeto que ha encontrado casualmente le pertenece, que lo ha elegido a él y él ha elegido al objeto; pero tan pronto como la rítmica fuerza de las olas lo lanza a la playa de la madurez comprende que debe su salvación a la casualidad, pero ¿Puede llamarse casualidad a aquello que lo ha salvado de ahogarse?


23. Era tan profunda y apasionada la armonía que generaba el simple contacto de los dos cuerpos que salvaba discrepancias e incluso doblegaba principios morales, como si en ella estuviera contenida la satisfacción física, aunque sin dar por ello la falsa impresión de que, por el simple contacto, nuestros cuerpos podían expresar sentimientos que la razón nos decía que no podían ser permanentes; por ello, debo decir que, en realidad, uno y otro cuerpo cuidaban fríamente del propio interés, tanteándose y manteniéndose en jaque mutuamente, como si dijeran: sólo si tú te entregas sin reservas me abandonaré a la locura del momento; esta alternancia de pasión y frialdad, instinto y razón, proximidad y distancia procedía de la necesidad de buscar una unión nueva y completa a ambos cuerpos que, presa del deseo, buscaban el momento de la satisfacción.


24. (...) Pero aquella inexpresividad era tan tentadora como su piel, o más, por más misteriosa, porque sus ojos no se velaban como unos ojos normales que no quieren delatar sus sentimientos y precisamente con ello indican que pretenden ocultar algo y a pesar suyo llaman la atención sobre lo que tratan de esconder; no, en sus ojos no había absolutamente nada, es decir, la Nada se expresaba en ellos tan clara y constantemente como en unos ojos normales, los sentimientos, anhelos y pasiones; era imposible acostumbrarse a aquellos ojos impersonales, eran como dos lentes, dos cristales; al mirar aquellos ojos y percibir su irregular parpadeo, no podías menos que pensar que debajo tenía que haber otro par de ojos más sensibles, al igual que detrás de unos lentes que destellan tratamos de descubrir una mirada, porque, sin la expresión de los ojos, no se comprende debidamente el significado de las palabras.


25. Esta ciudad, situada en el centro del bien cuidado parque de Europa, era -según su peregrina hipótesis que yo había ampliado con mis propias impresiones- más el curioso monumento de una destrucción irreparable que una ciudad auténtica y viva; una ruina conservada con un escalofriante sentido artístico en un parque romántico, porque una ciudad viva y verdadera nunca es sólo el fósil de un pasado no liquidado, sino una corriente impetuosa que discurre des de el pasado hacia el futuro saliéndose constantemente del cauce de la tradición, solidificándose durante décadas y siglos y volviendo a fluir, una sucesión de impulsos enérgicos cuajados en piedra, un movimiento continuo hacia una meta desconocida, y, sin embargo, uno está acostumbrado a ver, ya sea para condenarla o para elogiarla, en esta vitalidad desbordante, irresponsable y oportunista, destructiva y creativa, avariciosa y derrochadora, la esencia misma de una ciudad, su talante.

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