Frases del libro "El libro de los abrazos" de Eduardo Galeano

El libro de los abrazos

Disfruta de estas 25 frases de "El libro de los abrazos"... Celebraciones, sucedidos, profecías, crónicas, sueños, memorias y desmemorias, deliciosos y extraordinarios relatos breves.

Índice

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en las frases y pensamientos de "El libro de los abrazos", de Eduardo Galeano son: preservar la inocencia, esperanza, enamorarse, esencia de la vida, utopía, mujeres, momento presente, paso del tiempo, valores compartidos, aforismos.

Frases de "El libro de los abrazos"

01. Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.


02. Dios vive. Y debajo, con otra letra: De puro milagro.


03. La cultura oficial exalta las virtudes del mono y del papagayo.


04. A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan.


05. Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.


06. Recordar: Del latín Re - Cordis, volver a pasar por el corazón.


07. (...) Y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla.


08. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.


09. Lo único que yo sé, es esto: el arte es arte o es mierda.


10. Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.


11. Mirá pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo.


12. ¿A cuántos le va bien cuando a la economía le va bien? ¿A cuántos desarrolla el desarrollo?


13. Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.


14. (...) Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.


15. Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón de tanto usarlo.


16. No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.


17. Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.


18. Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable.


19. El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.


20. Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.


21. Sobre una torre había una mujer, de túnica blanca, peinándose la cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueños, con todos sus personajes: los sueños salían del pelo y se iban al aire.


22. Buena parte de la fuerza del Che Guevara, pienso, esa misteriosa energía que va mucho más allá de su muerte y de sus errores, viene de un hecho muy simple: él fue un raro tipo que decía lo que pensaba y hacía lo que decía.


23. Los nadies (...) Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


24. El mundo es eso. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


25. Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano. Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado; Había quien quería un cóndor, y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en la muñeca; -Me lo mandó un tío mío que vive en Lima -dijo. - ¿Y anda bien? -le pregunté. -Atrasa un poco -reconoció.

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