01. Un error de su naturaleza lo llevaba a mostrarse inexorable cuando se esperaba algo de él, tenía que aparecer la sobreabundancia, en la sorpresa, su intervención tenía que sentirla como un sortilegio. Pero Rialta no se decidió a intervenir en ese laberinto, y soltó su pregunta, vibrándole el cuerpo por el amor de iniciar un tema sin desarrollo melódica:- ¿Quién era el amigo que te acompañaba?
02. (...) En nuestra época la crítica musical tenía que reflejar el sueño que borra el tiempo y la casualidad. El sueño era el reflejo de lo simultáneo. Existía pues un sonido que estaba por encima de la sucesión de sonidos. Así como pueblos primitivos conocieron la visión completiva, por encima de toda unidad visual, existe también la sonoridad completiva por encima de toda sonoridad abandonada al tiempo.
03. Un día vi en el zoológico un oso tibetano, se siente siempre intranquilo, aunque nada a su alrededor tienda a irritarlo, gira, persigue un enemigo que no llega, enarca las orejas, escarba, mira con odio a una invisible fruta que descuelga. Exteriormente impasible, pero por dentro la inútil intranquilidad del oso tibetano. ¿Cuál será su sueño? ¿Cómo hacer que ocurran al mismo tiempo la amistad visible y la enemistad invisible?
04. Los primeros días vengaba su soledad acostándose en la cama camera y contemplándose anadiomena en el espejo. A medida que fue asegurando las proporciones y números claves de la cronología de regreso de la prima, fue extendiéndose por los corredores. Ahora se sentaba frente al caserón colonial hasta que empezaba la verdad de la noche, allá por las doce y media. El ceñimiento de Olaya había alcanzado la vía unitiva. Se veía que para los dos aquél sería un día mayor en las secesiones lunares. La defensora de la pitahaya se desmayaba sobre su hombro, comenzando a gemir.
05. Se decide antes que yo, llega antes que yo, me doy cuenta que es un animal más fino. No siento deseos de irritarlo, sino de acatarlo. Me gustaría que me confiase secretos. No quisiera pincharlo, sino si le pasase algo desagradable, si lo asaltasen en el campo unos ladrones y lo amarrasen a un árbol, me gustaría ser el que lo zafase, el que lo ayudó a zafar en nudo, y sin que él me dijese nada, ni siquiera las gracias, pero que existiese ese hecho, eso que a mí me parecería buena suerte, buena sangre para unos cuantos días. No hacerle ningún daño yo, sino que se lo haga otro, entonces llegar yo para ayudarlo, cortas las cuerdas de la silla donde lo amarraron.