Frases de La luz entre los océanos - 2

33. Un faro es para los otros; no puede hacer nada para iluminar el espacio que tiene más cerca.


34. Se puso a rememorar Navidades y cumpleaños del pasado. Una familia feliz, eso era lo único que él quería.


35. La ley es la ley, pero las personas son las personas.


36. Y las estrellas: por la noche el cielo está abarrotado, y es como observar un reloj, porque las constelaciones se deslizan por el firmamento. Es reconfortante saber que aparecerán, por muy malo que haya sido el día, por mucho que se compliquen las cosas. En Francia eso me ayudaba a ver las cosas objetivamente; las estrellas existen desde mucho antes que los humanos. Siguen brillando pase lo que pase. Con el faro ocurre algo parecido, y es como si una esquirla de estrella hubiera caído a la tierra: brilla pase lo que pase. Sea verano o invierno, haya tormenta o haga buen tiempo. La gente puede confiar en él.


37. Una vez que un niño entra en tu corazón, ya no existe ni bien ni mal.


38. Si algo le había enseñado la guerra era a valorar las cosas, y que no era prudente aplazar lo importante. La vida podía arrebatarte lo que más querías, y luego no había forma de recuperarlo.


39. El bien y el mal son como dos serpientes: se enredan tanto que no puedes distinguirlas hasta que las matas a las dos, y entonces ya es demasiado tarde.


40. Victorioso y muerto. Ésa es una victoria muy pobre.


41. Entenderlo, darle sentido: ése es el reto. Ser testimonio de la muerte sin que su peso te destroce.


42. ¡Nunca pidas perdón por sonreír!


43. El pueblo corre un velo sobre ciertos sucesos. Es una comunidad pequeña, donde todos saben que a veces el compromiso de olvidar es tan importante como cualquier promesa de recordar. Los niños pueden crecer sin saber nada del desliz que cometió su padre en la juventud, ni del hermano ilegítimo que vive a cien kilómetros de allí y lleva el apellido de otro hombre.


44. No es fácil conocerte... A veces, vivir contigo era una tarea muy solitaria.


45. Estaba destinado a conocerte desde que nací... Creo que fue para eso para lo que vine al mundo.


46. Él era un hombre práctico: si le daban un instrumento técnico delicado, sabía mantenerlo; si le daban algo roto, sabía repararlo; se concentraba y era eficiente. Pero enfrentado a la tristeza de su esposa se sentía inútil.


47. El viejo reloj de la cocina seguía marcando los minutos con una puntualidad quisquillosa. Una nueva vida había llegado y se había ido, y la naturaleza no se había detenido ni un segundo por ella. La maquinaria del tiempo y el espacio seguía machacando y las personas pasaban por ella como la molienda por las piedras del molino.


48. Hace mucho tiempo que el sonido de las olas y el viento, y el ritmo del faro, dan forma a su vida. De pronto todo se ha detenido. Escucha a la zordala crestada que reivindica su territorio cantando desde lo alto de los eucaliptos, ajena a todo.


49. Esto tenía que pasar tarde o temprano. Al final, los pecados siempre se pagan.


50. Al final ya no le quedan fuerzas. No le queda espíritu de lucha. Su vida se reduce a una serie de fragmentos que nunca podrá volver a juntar. Su mente se derrumba bajo su peso, y sus pensamientos descienden por un pozo negro y profundo, donde la vergüenza, la pérdida y el miedo empiezan a ahogarla.


51. Se esforzaban por consolarse pensando que los chicos no habían muerto en vano: habían formado parte de una lucha magnífica por el bien. Y había momentos en que conseguían creérselo y contener el alarido furioso y desesperado que quería ascender arañando sus gargantas.


52. Cualquiera que haya trabajado en los faros de mar adentro podría explicar ese aislamiento y el hechizo que ejerce. Como chispas que hubieran salido despedidas del horno que es Australia, estos faros forman una línea de puntos alrededor del continente, y parpadean sin descanso, pese a que algunos sólo vayan a verlos un puñado de almas. Pero es precisamente su aislamiento lo que salva a todo el continente del aislamiento: contribuye a la seguridad de las vías de navegación, por las que circulan barcos que recorren miles de millas para llevar máquinas, libros y tejidos a cambio de lana, trigo, carbón y oro: los frutos del ingenio a cambio de los frutos de la tierra.


53. La isla miraba, enfurruñada, hacia la australia continental, que se hallaba a ciento sesenta kilómetros de distancia; Sin pertenecer del lodo a la tierra, pero tampoco independiente de ella, era la cumbre más alta de una cadena de montañas submarinas que se elevaban desde el fondo del océano como dientes a lo largo de una mandíbula irregular, dispuesta a devorar cualquier barco inocente en su último tramo hacia el puerto.

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