Frases de Ernest Hemingway - Página 7

Frases de Ernest Hemingway (página 7 de 8)

145. ¡Qué pocas cosas conocemos de lo que hay que conocer! Me gustaría vivir mucho, en lugar de morir hoy, porque he aprendido mucho en estos cuatro días sobre la vida. Creo que he aprendido más que durante toda mi vida. Me gustaría ser viejo y saber las cosas a fondo. Me pregunto si se sigue aprendiendo o bien si no hay más que cierta cantidad de cosas que cada hombre puede comprender. Yo creía saber muchas cosas y, de verdad, no sabía nada. Me gustaría tener más tiempo. "Por quién doblan las campanas" (1940)

Aprendizaje


146. Pero los que atraen a la gente de mundo por su felicidad y por su talento acostumbran a tener poca experiencia. No saben cómo escapar al avasallamiento y huir lejos. No siempre entienden la verdad de los ricos: los atractivos ricos, los encantadores, los que se dejan querer en seguida, los generosos, los comprensivos, los que no tienen defectos y dotan a cada día de una cualidad festiva, y que, cuando han pasado arrancando el alimento que necesitan, lo dejan todo más muerto que las raíces de una hierba hollada por los caballos de Atila. "París era una fiesta" (1964)

Escapar


147. No son los toros más difíciles de manejar los que proporcionan los mejores espectáculos; los mejores toros de lidia poseen una cualidad, llamada nobleza por los españoles, que es la cosa más extraordinaria que puede verse. El toro es un animal salvaje, cuyo mayor placer consiste en la pelea y aceptará la que le ofrecen bajo cualquier forma, replicando a todo lo que tome por desafío. Sin embargo, los mejores toros de combate reconocen y saben quién es el mayoral o guardián que los tiene a su cargo y, durante su viaje hasta la plaza, le permiten a veces hasta que los golpee y que los acaricie. "Muerte en la tarde" (1932)

Toro


148. -Caballero, no sé qué es lo que usted entiende por amor. Esa palabra no suena en sus labios de una manera muy sensata. - Señora, es una palabra muy antigua y cada cual la toma como nueva y acaba por gastarla. Es una palabra que se llena de significación, como se hincha una vejiga de aire, y el sentido se escapa de ella con la misma velocidad. Se la puede pinchar, como se pincha una vejiga, echarle un remiendo e hincharla de nuevo. Y si usted no ha pasado por esa prueba, es que no existe para usted. Todo el mundo habla del amor, pero todos los que lo han probado llevan la marca. "Muerte en la tarde" (1932)

¿Qué es el amor?


149. Los fascistas están abrigados -pensó-, y muy a gusto, y mañana por la noche los mataremos. Es una cosa rara y no me gusta pensar en eso. Los he estado observando todo el día; son hombres como nosotros. Creo que podría ir al aserradero, llamar a la puerta y que sería bien recibido; si no fuera porque tienen la orden de pedir los papeles a todos los viajeros. Pero entre ellos y yo no hay más que órdenes. Esos hombres no son fascistas. Los llamo así, pero no lo son. Son pobres gentes como nosotros. No debieran haber combatido jamás contra nosotros, y no me gusta nada la idea de matarlos. "Por quién doblan las campanas" (1940)

Fascista


150. "Pero ¡Si no tienes casa ni corral! Y por lo que hace a la familia, sólo tienes un hermano que va mañana al combate, y no posees nada más que el viento, el sol y unas tripas vacías en este momento. El viento, apenas corre. Y no hay sol. Tienes cuatro bombas de mano en tu bolsillo; pero no sirven más que para tirarlas. Tienes una carabina a la espalda, pero no es buena más que para disparar balas. Llevas un papel que tienes que entregar. Y tienes una buena cantidad de estiércol que podrías dar a la tierra, en este momento -pensó, sonriendo, en medio de la noche-. Podrías también mojarla orinándote encima. Todo lo que tienes son cosas que dar. Bueno, eres un fenómeno de filosofía y un hombre muy desgraciado", se dijo, sonriendo de nuevo. "Por quién doblan las campanas" (1940)

Desgraciado


151. (...) Era su don más preciado. La cualidad que le hacía apto para la guerra; esa facultad, no de ignorar, pero sí de despreciar el final, por desgraciado que fuera. Esa cualidad quedaba, no obstante, destruida cuando tenía que echarse encima responsabilidades de los otros o cuando sentía la necesidad de emprender una tarea mal preparada o mal concebida. Porque en tales circunstancias no podía permitirse el ignorar un final desgraciado, un fracaso. No era ciertamente una posibilidad de catástrofe para él mismo, que podía ignorar. (...) Sabía que él no era nada y sabía que no era nada la muerte. Lo sabía auténticamente; tan auténticamente como todo lo que sabía. En aquellos últimos días había llegado a saber que él, junto con otro ser, podía serlo todo. Pero también sabía que aquello era una excepción. Hemos tenido esto -pensó-. Y hemos sido muy dichosos. Se me ha otorgado eso quizá porque nunca lo había pedido. Nadie puede quitármelo ni puede perderse. Pero eso es algo pesado, algo que se ha concluido al despuntar el día, y ahora tenemos que hacer nuestro trabajo. "Por quién doblan las campanas" (1940)

Despreciar


152. Uno tenía la impresión allí, a pesar de toda la burocracia, la incompetencia y las bregas de los partidos, como la que se espera tener y luego no se tiene el día de la primera comunión: el sentimiento de la consagración a un deber en defensa de todos los oprimidos del mundo, un sentimiento del que resulta tan embarazoso hablar como de la experiencia religiosa, un sentimiento tan auténtico, sin embargo, como el que se experimenta al escuchar a Bach o al mirar la luz que se cuela a través de las vidrieras en la catedral de Chartres, o en la catedral de León, o mirando a Mantegna, El Greco o Brueghel en el Prado. Era eso lo que permitía participar en cosas que podía uno creer enteramente y en las que se sentía uno unido en entera hermandad con todos los que estaban comprometidos en ellas. Era algo que uno no había conocido antes aunque lo experimentaba y que concedía una importancia a aquellas cosas y a los motivos que las movían, de tal naturaleza que la propia muerte de uno parecía absolutamente insignificante, algo que sólo había que evitar porque podía perjudicar el cumplimiento del deber. Pero lo mejor de todo era que uno podía hacer algo por ese sentimiento y a favor de él. Uno podía luchar. "Por quién doblan las campanas" (1940)

Oprimidos


153. Todo hombre racional es ateo.

Ateo


154. Me quieres, pero aún no lo sabes.

Querer


155. El vino es la cosa más civilizada del mundo.

Vino


156. La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor.

Papelera


157. El mundo es un buen lugar, valdría la pena defenderlo.

Mundo


158. La cosa más espantosa, es una hoja de papel en blanco.

Página en blanco


159. En la guerra moderna mueres como un perro y sin motivo alguno.

Motivo


160. La felicidad es la cosa mas rara que conozco en la gente inteligente.

Inteligente


161. Los ojos que han contemplado Auschwitz e Hiroshima nunca podrán contemplar a dios.

Auschwitz


162. El secreto de la sabiduría, el poder y el conocimiento es la humildad.

Humildad


163. Conocer a un hombre y saber lo que tiene en la cabeza son asuntos distintos.

Conocer


164. Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.

Callar


165. El hombre que ha empezado a vivir más seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera.

Hombre


166. La moral es lo que hace a uno sentirse bien y lo inmoral es lo que hace a uno sentirse mal.

Inmoral


167. La revolución no es un opio, es una purga, un éxtasis que sólo prolonga la tiranía. Los opios son para antes o después.

Opio


168. Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance.

Auténtico

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