Frases de Charles Dickens - Página 5

Charles Dickens

145. En cuanto a la lectura en general, ¡No sabe usted todo lo que leo! Eso es lo que me conforta, ¿Sabe usted? Si hubieran sido mis ojos, ¿Qué hubiese hecho? ..O si llegan a ser mis oídos, ¿Qué habría sido de mí? "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Aprender a leer


146. (...) Volvían por las noches con las manos vacías, extendíase con gran vehemencia sobre la calamidad que representa el hábito de la pereza y la ociosidad, e inculcábales la necesidad de una vida activa, enviándolos a la cama sin cenar. "Oliver Twist" (1839), Charles Dickens

Pereza


147. Fíjate que ese poder que tiene reside en palabras y miradas, en cosas tan sutiles e insignificantes que resulta imposible enumerarlas o hacer un recuento de ellas. Pero ¿Qué más da? La felicidad que proporciona es tan inmensa que bien vale una fortuna. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Poder


148. ¡Ámala, ámala, ámala! Si se te muestra favorable, ámala. Si te hiere, ámala. Si te destroza el corazón, y a medida que crezca en años y sea más fuerte te lo deja más destrozado, a pesar de ello, ¡ámala, ámala, ámala! "Grandes esperanzas" (1861), Charles Dickens

Amar y dejarse amar


149. Y tú lo mismo puedes ser un trozo de carne sin digerir que un grumo de mostaza, una corteza de queso que un trozo de patata mal hervida. ¡Creo que, en cuanto a ti, seas quien seas, tienes encima más salsa de carne que tierra! "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Salsa


150. Conocía de sobra también a aquellos dos hombres. Ambos eran hombres de negocios, muy ricos y muy importantes. Desde el punto de vista de los negocios, es decir, desde un punto de vista mercantil, siempre había tratado de estar a bien con ellos. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Hombres de negocios


151. Hablamos de la tiranía de las palabras, pero a nosotros nos gusta tiranizarlas también. Nos encanta tener todo un regimiento de palabras superfluas a nuestra disposición para usarlas en las grandes ocasiones, pues nos parece que así queda más importante y suena bien. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Poder de las palabras


152. La gente ocupada también hace su parte de maldad en el mundo, eso se lo puedo asegurar ¿Y si no, a qué se han dedicado los que más ocupados han estado estos últimos uno o dos siglos consiguiendo dinero y poder? ¿No han hecho mucho daño? "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Daño


153. (...) En cuanto a los hombres y a las mujeres, sus esperanzas en esta tierra se comprendían o en vivir de la manera más mísera en el pueblo, a la sombra del molino, o gemir en la prisión de la fortaleza que dominaba el despeñadero. "Historia de dos ciudades" (1859), Charles Dickens

Pueblo


154. El silencio resultante de la parada de la diligencia, añadido al de la noche, se hizo impresionante. ¡La respiración jadeante de los caballos hacía retemblar el coche, y los corazones de los viajeros latían con tal fuerza, que tal vez se les habría podido oír! "Historia de dos ciudades" (1859), Charles Dickens

Diligencia


155. Trabajaba activamente en mi libro, sin interrumpir mis ocupaciones de taquígrafo, y cuando lo publiqué obtuvo un gran éxito. Yo no me dejaba aturdir por las alabanzas que sonaban en mis oídos, y, sin embargo, gozaba vivamente, y estoy seguro de que pensaba de mi obra mejor que todo el mundo. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Libro


156. Voy a decirte lo que es un amor verdadero. Es una devoción ciega que para nada tiene en cuenta la propia humillación, la absoluta sumisión, la confianza y la fe, contra uno mismo y contra el mundo entero, y que entrega el propio corazón y la propia alma al que los destroza... "Grandes esperanzas" (1861), Charles Dickens

Verdadero amor


157. Puede que algún talento afortunado y alguna oportunidad aprovechada formen los dos lados de la escalera de mano sobre la que están subidos algunos hombres, pero los peldaños de esa escalera tienen que estar hechos de un material que soporte cualquier deterioro, y no hay sustituto alguno para la voluntad tenaz, ardiente y sincera. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Peldaños


158. Las risotadas con que hizo aquel comentario, las carcajadas mientras pagaba el pavo y le daba dinero para el carruaje y la risa que acompañó a la recompensa que le dio al muchacho sólo se vieron superadas por aquella forma de reírse mientras se sentaba de nuevo, casi sin aliento, hasta llorar de tanto reír. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Recompensa


159. Nunca hemos de avergonzarnos de nuestras lágrimas, porque son la lluvia que limpia el cegador polvo de la tierra que recubre nuestros corazones endurecidos. Me encontré mejor después de llorar que antes, y me sentí más triste y estuve más convencido de mi ingratitud, así como también fui desde entonces más cariñoso. "Grandes esperanzas" (1861), Charles Dickens

Ingratitud


160. Las calles eran sucias y angostas, míseras las tiendas y las casas, la gente que por allí andaba iba medio desnuda, estaban borrachos, eran feos y de aspecto desastrado. Como pozos negros, callejones y pasadizos vomitaban sus malos olores, su suciedad y su mala vida sobre aquellas infectas calles y todo el barrio apestaba a crimen, inmundicia y miseria. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Suciedad


161. He tenido ideas vagas de volver a esforzarme, de empezar de nuevo la vida, de arrojar de mí la pereza y la sensualidad y volver a la abandonada lucha. Pero todo eso no es más que un sueño, que no conduce a nada y que deja al dormido donde estaba, aunque deseo deciros que estos sueños los inspirasteis vos. "Historia de dos ciudades" (1859), Charles Dickens

Vos


162. Los niños tenían caras de viejo y hablaban con gravedad. El Hambre reinaba en el barrio como dueña y señora y sus manifestaciones se advertían por doquier. Las calles eran tortuosas y estrechas, amén de sucias como muladares y las casas de que se componían estaban habitadas por gente sumida en la más negra miseria. "Historia de dos ciudades" (1859), Charles Dickens

Hambre


163. ¡Que no me acordaré de usted! Es una parte de mi propia vida, parte de mí mismo. Ha estado usted en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí por vez primera, cuando era un muchacho ordinario y rudo, cuyo pobre corazón ya hirió usted entonces. Ha estado usted en todas las esperanzas que desde entonces he tenido... "Grandes esperanzas" (1861), Charles Dickens

Corazón


164. Fiel a mi proyecto de no aludir a mis obras más que cuando se mezclan por casualidad con la historia de mi vida, no diré las esperanzas, las alegrías, las ansiedades y los triunfos de mi vida de escritor. Ya he dicho que me dedicaba al trabajo con todo el ardor de mi alma, y que ponía en él toda mi energía. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Escritor


165. Hay quienes aseguran conocernos y, en nuestro nombre, llevan a cabo acciones pasionales, henchidos de orgullo, mala voluntad, odio, envidia, fanatismo y egoísmo, pero tienen tan poco que ver con nosotros y con todos nuestros parientes y amigos que, en nuestra opinión, es como si jamás hubieran existido. Que no se te olvide. Y cúlpalos a ellos de sus actos, no a nosotros. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Fanatismo


166. Una inmensa multitud se había congregado ya; las ventanas estaban llenas de gente, fumando y jugando a las cartas para pasar el tiempo; la muchedumbre se empujaba, discutiendo y bromeando. Todo era vida y animación, excepto aquel lúgubre montón de objetos que se alzaba en el centro del lugar: el negro tablado, la horca, la cuerda y todo el horrendo aparato de la muerte. "Oliver Twist" (1839), Charles Dickens

Pena de muerte


167. Todos hemos experimentado alguna vez esa sensación que nos viene ocasionalmente de que lo que estamos diciendo o haciendo ya lo hemos dicho o hecho antes, en algún momento muy remoto, o de que hace mucho tiempo ya estuvimos rodeados por los mismos rostros, objetos y circunstancias, y sabemos perfectamente lo que se va a decir a continuación, como si de pronto lo recordásemos. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Deja vu


168. He pensado en toda esta historia de compasión y de gracia. He intentado resignarme y consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva. "David Copperfield" (1850), Charles Dickens

Miedo a la muerte


169. El espectro volvió a lanzar un grito y sacudió la cadena mientras se retorcía sus tenebrosas manos. - ¿Cuál es la razón de que estés encadenado? -le preguntó Scrooge, sin dejar de temblar. -Arrastro la cadena que forjé en vida -contestó el fantasma-. Yo mismo la construí, eslabón a eslabón, metro a metro. Me la ceñí por voluntad propia y cargo con ella de forma voluntaria. "Cuento de Navidad" (1843), Charles Dickens

Espectro


170. Los hombres que, al contemplar la Naturaleza, al tender sus miradas sobre sus semejantes, se lamentan de verlo todo negro, sombrío y melancólico, no se engañan del todo: lo que ignoran tal vez es que los colores sombríos son reflejos de sus ojos y de sus corazones ictéricos, falseados. El colorido verdad es tan delicado, que sólo pueden apreciarlo ojos muy claros y corazones muy limpios. "Oliver Twist" (1839), Charles Dickens

Melancólico


171. El señor Lorry conocía bastante el mundo para saber que ningún servicio es mejor que el hecho por amor, y que no está inspirado en ningún interés mercenario, y por esta razón sentía tal respeto por la señorita Pross, que la consideraba mucho más cerca de los ángeles que a muchas de las damas favorecidas por la belleza y el arte y que tenían grandes sumas depositadas en las cajas del Banco Tellson. "Historia de dos ciudades" (1859), Charles Dickens

Banco


172. Conocida es de todos la historia de otro filósofo experimental que sustentaba la teoría de que un caballo podía vivir sin comer, demostrándolo tan a la perfección que logró que el suyo se conformase con una brizna de paja al día, y sin duda hubiese hecho de él el más fogoso y rápido animal, sin comer nada en absoluto, si no se hubiese muerto precisamente veinticuatro horas antes de recibir su primera y vivificante ración de aire. "Oliver Twist" (1839), Charles Dickens

Teoría

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