Frases de Un hombre que duerme - Página 2

21. No es que odies a los hombres, ¿Por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos!

Indigestión


22. Vida sin sorpresas. Estás a cubierto. Duermes, comes, caminas, sigues viviendo, como una rata de laboratorio que un científico distraído hubiera olvidado en su laberinto y que, día y noche, sin equivocarse nunca, sin vacilar nunca, se dirigiera hacia su comedero, girara a la izquierda y luego a la derecha, empujara dos veces una palanca pintada de rojo para recibir su ración de alimento en papilla.

Monotonía


23. Tú proteges, destruyes, construyes, combinas, urdes plan tras plan: ejercicio vacuo, peligro que nada sanciona, ordenamiento irrisorio: cuarenta y ocho naipes te encadenan a tu buhardilla y te encuentras casi feliz de que un diez esté en su lugar, de que un rey no pueda levantarse contra ti, o casi infeliz de que todos tus pacientes cálculos conduzcan todos al mismo resultado imposible. Como si esa estrategia solitaria y muda constituyera tu único camino, se hubiera convertido en tu razón de ser.

Plan


24. No has aprendido nada, sólo que la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y traicionera. Estabas solo y eso es todo, y querías protegerte; que entre el mundo y tú los puentes se rompieran para siempre. Pero eres muy poca cosa y el mundo es una palabra muy altisonante: nunca hiciste más que errar en una gran ciudad, más que recorrer algunos kilómetros de fachadas, de escaparates, de parques y de muelles.

Engaño


25. Vienen casi cada vez. Los conoces bien. Te sientes casi tranquilizado. Si están ellos, entonces el sueño ya no está muy lejos. Van a hacerte sufrir un poco, y después se cansarán y te dejarán en paz. Te hacen daño, por supuesto, pero sientes frente a tu dolor, al igual que frente a todas las sensaciones que percibes, todos los pensamientos que te pasan por la mente, y todas las impresiones que experimentas, un desapego total. Ves sin asombro cómo te asombras, sin sorpresa cómo te sorprendes, sin dolor cómo eres atacado por los verdugos. Esperas a que se calmen. Les dejas sin resistirte los órganos que quieran. Ves desde lejos cómo se disputan tu vientre, tu nariz, tu garganta, tus pies.

Verdugo


26. Sólo te fascina a veces un insecto, una piedra, una hoja caída, un árbol: a veces te quedas durante horas mirando un árbol, describiéndolo, disecándolo: las raíces, el tronco, el ramaje, las hojas, cada hoja, cada nervadura, cada rama desde el principio, y el juego infinito de las diferentes formas que tu mirada ávida solicita o suscita: cara, cabalgata, dédalos o senderos, ciudades y blasones. A medida que tu percepción se afina, se hace más paciente y más ágil, el árbol explota y renace, mil matices de verde, mil hojas idénticas y sin embargo distintas. Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. El árbol no tiene una moral que proponerte, no tiene un mensaje que transmitirte.

Insectos

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