Frases de Sonderkommando - Página 3

25. ¿Cómo consideraban los demás prisioneros, en el campo, a los miembros del Sonderkommando? No mantuve contacto alguno con los demás prisioneros del campo, de modo que realmente no lo sé. Nunca fui a buscar la sopa y nunca estuve en el campo de las mujeres. La cuestión no se planteaba cuando estábamos en el campo. En cambio, supe más tarde que algunos envidiaban lo que nosotros podíamos tener de más. Otros pensaban que teníamos parte de responsabilidad en lo que ocurría en el Crematorio. Pero es totalmente falso: sólo los alemanes mataban. Nosotros éramos obligados, mientras que los colaboracionistas, por lo general, son voluntarios. Es importante escribir que no teníamos elección. Quienes se negaban eran ejecutados en el acto de un tiro en la nuca. Para los alemanes, no era grave; mataban a diez y llegaban otros cincuenta. Para nosotros, era necesario sobrevivir, tener comida... No había salida posible. Para nadie. Además, no podíamos razonar con nuestro cerebro y pensar en lo que ocurría... Nos habíamos convertido en autómatas.

Sonderkommando


26. Como me encontraba entre los primeros que estuvieron listos y había todavía muchos detrás de mí, fui a ver a uno de los prisioneros que nos afeitaban. Le propuse echarle una mano a cambio de un pedazo de pan. El prisionero responsable de aquel equipo de trabajo aceptó y me dio una maquinilla de rapar. Yo sabía utilizarla porque mi padre tenía una pequeña peluquería junto al café a la turca de mi abuelo. Tras la muerte de mi padre, para ganar algo de dinero, yo solía ir todos los domingos al barrio pobre de Baron-Hirsch y ofrecer mis servicios a las personas que no tenían medios para pagarse un peluquero de verdad. Debido a este tipo de ejemplos digo, a menudo, que la gente que ha sufrido en su infancia y han tenido que aprender a arreglárselas tuvieron más suerte que la gente privilegiada para sobrevivir y adaptarse al campo. Para sobrevivir en el campo era preciso conocer cosas útiles, no filosofía. Aquel día, eso me permitió ganar un precioso mendrugo de pan.

Sobrevivir


27. Cierta mañana, en vez de ir a trabajar, el comandante de Ebensee nos ordenó agruparnos en la plaza central del campo. (...) Nos dijo algo así: "Los rusos y los norteamericanos se acercan. Pero no abandonaremos el lugar sin combatir. Vuestra vida estará en peligro en medio de los combates. Os recomiendo que os refugiéis en las galerías, para evitar morir en los bombardeos". En todas las lenguas, los prisioneros gritaron que se negaban. ¿Les dejó elegir? Sí, es extraño que nos hiciera la pregunta. También habría podido obligarnos a entrar por la fuerza en las galerías y matarnos a todos dinamitándolas. Pero nos habríamos rebelado y aquello hubiera sido una verdadera carnicería. Al entrar, las tropas norteamericanas habrían encontrado los rastros de aquella innoble matanza. Y, además, no tenían tiempo para obligarnos. Cuando el comandante comprendió que nos negábamos, reunió a los oficiales y abandonaron el campo. No éramos libres, a pesar de todo, pues en su lugar llegaron hombres de la Wehrmacht, casi todos soldados reservistas, bastante mayores. Tenían que vigilarnos para evitar que fuéramos a saquear la pequeña aldea y, tal vez, intentáramos vengarnos. Creo que habríamos podido hacer una masacre.

Matanzas


28. Un día, cuando todo el mundo había comenzado a trabajar tras la llegada de un convoy, uno de los hombres encargados de retirar los cuerpos de la cámara de gas oyó un ruido extraño. No era tan sorprendente escuchar ruidos extraños pues, a veces, el organismo de las víctimas seguía desprendiendo gas. Pero afirmaba que, esta vez, el ruido era distinto. (...) El hombre que primero lo había oído fue a ver de dónde salía el ruido. Pasando por encima de los cuerpos, encontró la fuente de aquellos grititos. Retrataba de una niña de apenas dos meses, agarrada aún al seno de su madre del que intentaba mamar en vano. Lloraba al no sentir que brotara la leche. Tomó al bebé y lo sacó de la cámara de gas. Sabíamos que sería imposible mantenerla con nosotros. Imposible ocultarla ni hacer que los alemanes la aceptaran. En efecto, en cuanto el guardia vio al bebé no pareció descontento por poder matar a un niño. Disparó un tiro y aquella pequeña, que milagrosamente había sobrevivido al gas, murió. Nadie podía sobrevivir. Todo el mundo debía morir, incluidos nosotros: era sólo cuestión de tiempo.

Cámaras de gas


29. El animal encargado de controlar todo el proceso se complacía, a menudo, haciendo sufrir algo más a aquella gente, a punto de morir. Aguardando la llegada del SS que debía introducir el gas, se divertía encendiendo y, luego, apagando la luz para asustarles un poco más. Cuando apagaba la luz, se escuchaba un ruido distinto saliendo de la cámara de gas; la gente parecía asfixiarse de angustia, comprendían que iban a morir. Luego volvía a encender la luz y se escuchaba una especie de suspiro de alivio, como si la gente creyera que la operación se había anulado. Luego, por fin, llegaba el alemán que traía el gas. Tomaba dos prisioneros del Sonderkommando para que le levantaran la trampilla desde el exterior, sobre la cámara de gas, luego introducía el Zyklon B por la abertura. La cubierta era de cemento muy pesado. El alemán nunca se hubiera tomado el trabajo de levantarla personalmente, teníamos que ser dos para ello. A veces yo, a veces otros. Nunca lo había dicho hasta hoy, pues me duele tener que admitir que debíamos levantar y volver a poner la tapa, una vez arrojado el gas. Pero así fue. (...) Una vez que había sido vertido el gas, la cosa duraba entre diez y doce minutos. Luego, finalmente, no se oía ya ruido alguno, ni alma viviente.

Zyklon B

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