Frases de Sonderkommando - Página 2

13. El barracón del Sonderkommando era semejante a todos los demás, salvo que estaba rodeado de alambradas de espino y por un muro de ladrillos que nos aislaban de los demás barracones del campo de los hombres. No podíamos comunicarnos con los demás prisioneros. Pero no permanecimos allí mucho tiempo pues, al cabo de una semana poco más o menos, fuimos transferidos al dormitorio, en el propio interior del Crematorio. Sólo hacia el final, cuando los Crematorios fueron desmantelados, los hombres del Sonderkommando volvieron a dormir en el barracón del campo de los hombres.

Sonderkommando


14. (...) Finalmente, lo más sencillo era utilizar un bastón para tirar de los cuerpos por la nuca. Eso se ve muy bien en uno de los dibujos de David Olère. No faltaban bastones, con todas las personas de edad que eran enviadas a la muerte. Al menos eso evitaba tener que tirar de los cadáveres con las manos. Y era muy importante para nosotros. No porque se tratara de cadáveres, eso aún..., sino porque su muerte lo era todo salvo una muerte dulce. Era una muerte inmunda, sucia. Una muerte forzada, difícil y distinta para todos.

Cadáver


15. A la mañana siguiente, abandonamos Auschwitz. En mi columna debíamos de ser cinco o seis mil personas. Caminamos jornadas enteras, siempre de cinco en cinco, en el gélido frío. (...) Muchos morían de frío durante la noche, o se les helaban los pies. Si no podían caminar, eran rematados allí mismo. Arrastrábamos los pies, teníamos sed, frío, hambre... Pero era preciso andar, andar y seguir andando. Quienes caían de agotamiento se quedaban atrás y eran ejecutados por los SS que cerraban la marcha. Algunos prisioneros debían arrojar sus cuerpos a las cunetas.

SS


16. El responsable de mi barracón era una auténtica basura. (...) Pero a algunos kapos les gustaba matar personalmente a los prisioneros bajo sus órdenes. Los SS solían elegir a criminales alemanes, que de repente se consideraban los dueños del mundo. Hubieran debido estar encerrados en una celda pero, en vez de ello, se encontraban en posición de fuerza respecto a nosotros. Así, los alemanes no necesitaban tener guardias por todas partes. Confiaban en aquellos hombres violentos para mantener la disciplina en el campo. Si no eran lo bastante violentos, corrían el riesgo de perder sus ventajas, por eso todos teníamos miedo de ellos.

SS


17. El trabajo estaba organizado en tres rotaciones de ocho horas (a lo que había que añadir dos horas para ir y otras dos para volver, entre el campo y el lugar de trabajo). Cuando regresábamos, había todavía otras tantas personas que dormían y era preciso arreglárselas para encontrar un lugar. Tenías que ser fuerte para empujar a los demás y ocupar su sitio. Por eso digo que la solidaridad no existía. Dormíamos en una especie de jergón, sin desnudarnos. Si nos hubiéramos quitado algo, incluso los zapatos, nos los habrían robado. Y para recuperarlo hubiéramos tenido que pagar una ración de pan.

Zapatos


18. Me reconforta saber que no hablo en el vacío, pues dar testimonio representa un sacrificio enorme. Despierta un lacerante sufrimiento que nunca me abandona. Todo va bien y, de pronto, me siento desesperado. En cuanto experimento cierta alegría, algo se bloquea inmediatamente en mí. Es como una tara interior; lo llamo la "enfermedad de los supervivientes". No es el tifus, ni la tuberculosis o las demás enfermedades que pudimos contraer. Es una enfermedad que nos corroe desde el interior y que destruye cualquier sentimiento de alegría. La arrastro desde aquel tiempo de sufrimiento en el campo. Esta enfermedad no me permite nunca un instante de alegría o de despreocupación, es un malhumor que erosiona permanentemente mis fuerzas.

Testimonio


19. Para nosotros era, con mucho, la tarea más penosa...No podía existir nada más duro que llevar a aquella gente a la muerte y sujetarlos mientras eran ejecutados. (...) El alemán solía situarse a un extremo, ligeramente oculto tras la esquina del último horno. Pasaban ante él, como para subir las escaleras que llevaban al desván. Las víctimas apenas lo veían y, cuando le habíamos superado, él disparaba a quemarropa en la nuca. Al cabo de cierto tiempo, cambiaron de método y utilizaban, más bien, un fusil de aire comprimido, pues la bala de la pistola era demasiado grande y el impacto, de cerca, reventaba el cráneo de la víctima. Verse salpicado así molestaba al alemán.

Pistola


20. Por aquel entonces, los hombres que quedaban del Sonderkommando tuvieron que ir a dormir al campo de los hombres, en cuanto los trabajos de desmantelamiento llegaron al tejado del crematorio. Volvimos pues al barracón aislado del campo de los hombres, donde habíamos pasado las primeras noches como Sonderkommandos. En el barracón apenas éramos dieciséis, no nos faltaba pues lugar para guardar nuestras cosas. Seguíamos teniendo formalmente prohibido ponernos en contacto con los demás prisioneros. En general, el SS nos llevaba hasta la entrada del sector del campo de los hombres y encargaba a uno de los nuestros que se asegurara de que nadie salía del barracón. Si, a pesar de todo, alguien salía, el hombre encargado de la vigilancia era también severamente castigado.

Sonderkommando


21. Comencé a hablar muy tarde, porque la gente no quería oírlo, no quería creerlo. No es que yo no quisiera hablar. Cuando salí del hospital, me encontré con un judío y comencé a hablar. De pronto, me di cuenta de que, en vez de mirarme, estaba mirando a mis espaldas, a alguien que le hacía señales. Me volví y descubrí a uno de mis amigos haciéndole gestos para decirle que yo estaba completamente loco. Me bloqueé y, a partir de aquel momento, no quise contarlo más. Para mí suponía un sufrimiento contarlo, de modo que, cuando estaba ante gente que no me creía, me decía que era inútil. Sólo en 1992, cuarenta y siete años después de mi liberación, volví a hablar de ello.

Inútil


22. (...) Quise saber lo que había en aquellas urnas, de modo que tomé una y la abrí. Estaba llena de una ceniza gris muy fina con una pequeña medalla con un número encima. Debía de ser el número de matriculación de un prisionero. Supe luego que los alemanes guardaban aquellas urnas para las familias de prisioneros. En realidad no se hacía para los judíos sino para los cristianos muertos en el campo, de hambre, de enfermedad o qué sé yo. Los alemanes anunciaban a la familia que el prisionero había muerto de enfermedad y que era posible obtener sus cenizas si se pagaban doscientos marcos. Sin embargo, las cenizas que estaban en las urnas eran las cenizas mezcladas de varias personas y tal vez no tenían ni una pizca de la persona designada.

Cenizas


23. Después de la ducha, era preciso salir y ponerse en hileras de cinco, desnudos y mojados como estábamos, en la nieve y el frío. Tuvimos que esperar a ser cincuenta, en fila, antes de dirigirnos hacia el barracón que estaba al fondo, a la izquierda. Aunque hubiéramos estado vestidos, el frío habría sido absolutamente insoportable. De modo que, desnudos, saliendo de la ducha, el dolor fue inimaginable. Pero el que nos acompañaba permaneció impasible, esperó y nos obligó a no andar demasiado deprisa hacia el barracón. Desde fuera era parecido a los que había en Birkenau, salvo que, creo, había que subir dos peldaños antes de entrar. En el interior, nada, no había camas. Los únicos puntos positivos eran el linóleo en el suelo y las ventanas, que no estaban rotas y nos aislaban un poco del frío.

Insoportable


24. Hacia finales de octubre, llegó la orden de que comenzáramos a desmantelar los Crematorios. Seguíamos trabajando, ocasionalmente, en el Crematorio II, cuando, a pesar de todo, llegaba algún convoy. Este Crematorio fue el que permaneció activo más tiempo, para quemar los últimos cadáveres. Pero sobre todo trabajamos desmantelando los demás Crematorios. Eso requirió mucho tiempo, pues los alemanes nos ordenaron que lo retiráramos todo pieza a pieza. Las estructuras eran muy sólidas y habían sido concebidas para que duraran mucho tiempo. También habrían podido utilizar dinamita, pero querían desmontar metódicamente todo el interior de la estructura: los hornos, las puertas de la cámara de gas y todo lo demás. Y tenían que hacerlo hombres del Sonderkommando, pues éramos los únicos que podíamos ver el interior de las cámaras de gas. En cambio, en el momento de desmontar la estructura exterior, otros prisioneros, entre ellos mujeres de Birkenau y prisioneros de Auschwitz I, fueron destinados a esta tarea.

Cámaras de gas

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