Frases de Si los muertos no resucitan

5 frases de Si los muertos no resucitan (If The Dead Rise Not) de Philip Kerr, libro de 2009... Como responsable de la seguridad de los huéspedes del hotel Adlon, Gunther descubre una organización criminal oculta detrás de una empresa constructora

También puedes leer todas las frases de Philip Kerr que tenemos.

Si los muertos no resucitan

01.No soy nazi, soy alemán, que no es lo mismo. Un alemán es un hombre que consigue superar sus peores prejuicios; un nazi los convierte en leyes.

Frases de nazi


02.Su cara no era agradable. Tenía los ojos turbios, velados, una rígida mueca de burla en la boca y la mandíbula bastante prominente: una cara que nada debía temer de la muerte, porque ya parecía una calavera. De haber tenido Goebbels un hermano más alto y más fanático, podría haber sido él.

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03.Sólo me queda una pregunta que hacerle, Gunther, y es importante desde su punto de vista, de modo que preste atención. No sé si tirarlo al agua muerto o vivo. He visto las dos cosas y, después de haberlo pensado detenidamente, creo que es mejor mandarlo al fondo muerto. Ahogarse no es tan rápido, creo. Yo preferiría una bala en la cabeza, previamente.

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04.Ahora que tenía el plan de marcharme de Cuba, se me ocurrió que podría hacer unas cuantas fotografías. ¿Para recordar lo que echase de menos, cuando estuviese viviendo en Bonn y me acostase a las nueve de la noche? Si Beethoven hubiese vivido en La Habana -sobre todo, a la vuelta de la esquina de Casa Marina-, casi seguro que se habría considerado afortunado si hubiera llegado a escribir un solo cuarteto de cuerda, no digamos dieciséis. En cambio, en Bonn, se podía vivir toda la vida sin darse cuenta siquiera de que se era sordo.

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05.Era una estatuilla de bronce o, posiblemente, de oro de una deidad oriental con doce brazos y cuatro cabezas, de unos treinta centímetros de altura; parecía bailar un tango con una muchacha muy ligera de ropa, que me recordó mucho a Anita Berber. Anita había sido la reina de las bailarinas desnudas de Berlín, en el White Mouse Club de Jagerstrasse, hasta que una noche tumbó a un cliente con el casco de una botella de champán. La cuestión fue que el hombre se opuso a que la artista ejecutase su número en su mesa: orinarse. Eché de menos el viejo Berlín.

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