Frases de La palabra más hermosa - Página 2

26. Y entendí que el epicentro de la explosión es un dolor que nace de dentro y desde dentro nos corroe. De ahí nacen las grietas, como un cristal que se resquebraja y sigue en pie.

Explosión


27. Cuando abro los ojos de nuevo me cuesta moverme, estoy molida, soy presa de un dolor que ataca a todos los huesos que intentan despertarse. Quizá porque el cuerpo se ha relajado, ha bajado la guardia.

Presa


28. Observamos la ciudad que se extiende a nuestros pies, las puntas huesudas de los minaretes entre los techos cubiertos de nieve. Ahora Sarajevo parece una mujer acostada, las calles son los cortes del vestido de una novia.

Sarajevo


29. He aprendido que todo puede desaparecer, incluso el horror puede perder sus formas, desleírse en una nebulosa que lo altera, lo convierte en algo ridículo, demasiado absurdo para haber sido jamás verdad...

Desaparecer


30. Toda la vida intentando ser un buen ejemplo para mí, que siempre he sido un poco obtusa, y que no me daré cuenta del privilegio que supone tener un padre así hasta que se haya ido, como las moscas y el viento, como pasa siempre con todo.

Ejemplo


31. Una de aquellas personas buenas a las que conoces por casualidad y te entran ganas de abrazarla porque te sonríe desde el fondo de su experiencia humana y de golpe te compensa por la otra mitad del mundo, aquella hecha de las personas que te arrastran a su charco de oscuridad.

Casualidad


32. Pido otra copa de champán. Mientras tanto me pregunto si he conocido en este avión a la mujer en la que me convertiré, si la vida es lo que parece o es un camino de señales luminosas como esas zapatillas del demonio, como la lucecita que indica la salida.

Champán


33. (...) Cientos de niños evacuados de Sarajevo desaparecieron en la nada. Tal vez fueron adoptados ilegalmente o tal vez sucedió algo mucho peor. Peor hasta el punto de decir apágalo todo, ¿A qué coño esperas, dios? Quita el sol, ciégalo de una vez por todas. Acaba con todo dios. Y no tengas piedad, no tenemos derecho a ningún testigo.

Sarajevo


34. Observo a las personas, calculo que edad tenían a la sazón. Si ya eran grandes o aún eran niños, veo lo que les comió la guerra, en las ojeras, en ciertas miradas impasibles como el cristal, en los cigarrillos que tiemblan empapados en los dedos. Lo veo a partir de esos rostros, grises bajo la lluvia, que ahora observo como muertos que surgen del mar.

Niños soldados


35. Éramos una de esas parejas estrafalarias por la que nadie habría apostado nada. Una de esas destinada a disfrutar de un par de meses fantásticos para luego marchitarse de golpe. Tan distintos éramos. El desgarbado, yo siempre un poco rígida, con ojeras y un abrigo austero. Sin embargo iban pasando los meses y nuestras manos se aferraban una a otra en la calle, nuestros cuerpos dormían juntos sin aburrirse, como dos fetos en la placenta.

Juntos

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