Frases de La noche

La noche

21 frases de La noche (Un di velt hot geshvign) de Elie Wiesel, libro de 1958.... Novela autobiográfica sobre la experiencia como adolescente judío ortodoxo en los campos de concentración de Auschwitz, Buna y Buchenwald, durante la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

Los principales temas que destacan en las frases del libro de Elie Wiesel "La noche" son: Auschwitz, Campo de concentración, Gueto, Instinto de conservación, tren y vagón.

Frases de Elie Wiesel Libros de Elie Wiesel

Frases de La noche Elie Wiesel

01. Nos quedaban provisiones. Pero nunca se comía hasta satisfacer el hambre. Economizar era nuestro lema, economizar para el día siguiente. El día siguiente podía ser peor todavía.

Hambre


02. Recuerden –prosiguió-, recuerden siempre, grábenselo en la memoria. Ustedes están en Auschwitz. Y Auschwitz no es una casa de convalecencia. Es un campo de concentración. Aquí ustedes deben trabajar. Si no, irán directamente a la chimenea. Al crematorio. Trabajar o el crematorio, la elección está en sus manos.

Auschwitz


03. Caminamos. Puertas que se abrían y se cerraban. Continuábamos caminando entre las alambradas electrificadas. A cada paso, un cartel blanco con un cráneo negro que nos miraba. Una inscripción: ¡ATENCIÓN! PELIGRO DE MUERTE. Qué burla: ¿Había aquí un solo sitio en que no se estuviera en peligro de muerte?

Alambrada


04. -Ustedes son ochenta en el vagón –agregó el oficial alemán-. Si falta alguno, todos serán fusilados como perros...Se fueron. Las puertas volvieron a cerrarse. Habíamos caído en la trampa hasta el cuello. Las puertas estaban clavadas, el camino de retorno definitivamente cortado. El mundo era un vagón herméticamente cerrado.

Vagón


05. (...) Por la tarde, nos pusieron en fila. Tres prisioneros trajeron una mesa e instrumentos médicos. Con la manga del brazo izquierdo levantada, cada uno debía pasar delante de la mesa. Los tres "antiguos", agujas en mano, nos grabaron un número en el brazo izquierdo. Yo me convertí en A-7713. En adelante no tendría otro nombre.

Nombre


06. - ¿Ven aquella chimenea, allá? ¿La ven? ¿Ven las llamas? (Sí, veíamos las llamas) Allá, allá los llevaran. Ésa es su tumba. ¿Todavía no han comprendido? ¡Perros! ¿Ustedes no comprenden nada entonces? ¡Los van a incinerar! ¡Los van a calcinar! ¡Los van a reducir a cenizas! Su furor se volvió histérico. Nosotros nos quedamos inmóviles, petrificados. ¿Todo eso no era una pesadilla? ¿Una pesadilla inimaginable?

Cenizas


07. Entre nosotros había algunos muchachos fuertes. Llevaban puñales consigo e incitaban a sus compañeros a arrojarse sobre los guardias armados. Un joven decía: que el mundo conozca la existencia de Auschwitz. Que la conozcan todos los que todavía pueden salvarse de venir aquí. Pero los más viejos imploraban a sus hijos que no hicieran tonterías. -No hay que perder la confianza, aunque la espada esté suspendida sobre nuestras cabezas. Así hablaban nuestros Sabios.

Confianza


08. Tres días después de la liberación de Buchenwald, caí muy enfermo: una intoxicación. Fui transferido al hospital y pasé dos semanas entre la vida y la muerte. Un día pude levantarme, después de reunir todas mis fuerzas. Quise verme en el espejo que estaba colgado en la pared de enfrente. Desde el ghetto no había visto mi cara. En el fondo del espejo, un cadáver me contemplaba. Su mirada en mis ojos no me abandona más.

Cadáver


09. Sí, lo había visto, lo había visto con mis propios ojos, unas criaturas vivas entre las llamas...Me pellizqué la cara. ¿Seguía vivo? ¿Estaba despierto? No me lo podía creer. ¿Cómo era posible que quemasen hombres y niños y que el mundo callase? No, todo aquello no podía ser verdad. Era una pesadilla. Pronto me despertaría sobresaltado, con el corazón latiéndome a toda prisa, y volvería a encontrar mi cuarto de niño, mis libros...

Pesadilla


10. "¡Más rápido, perros piojosos!". Ya no caminábamos, corríamos. Como autómatas. Los SS corrían también, con las armas en la mano. Parecía que huíamos de ellos. Noche cerrada. De vez en cuando estallaba una detonación en la oscuridad. Tenían orden de disparar sobre aquellos que no pudieran mantener el ritmo de la marcha. El dedo en el gatillo, no escatimaban los disparos. Si uno de nosotros se detenía un segundo, un disparo seco suprimía al perro piojoso.

SS


11. No recibíamos ningún alimento. Vivíamos a base de nieve: ella hacía las veces de pan. Los días se parecían a las noches y las noches dejaban en nuestra alma las heces de su oscuridad. El tren avanzaba lentamente deteniéndose a menudo algunas horas y luego continuaba. No cesaba de nevar. Durante días y noches seguimos acurrucados unos contra otros sin decir palabra. No éramos sino cuerpos congelados. Con los párpados cerrados, sólo esperábamos la próxima parada para descargar a nuestros muertos.

Tren


12. Pero, apenas caminamos unos instantes, percibimos las alambradas de otro campo. Una puerta de hierro y sobre ella esta inscripción: " ¡El trabajo es la libertad! ". Auschwitz. Primera impresión: era mejor que Birkenau. Construcciones de hormigón, de dos pisos, en lugar de barracas de madera. Jardincillos aquí y allá. Nos condujeron hacia uno de estos blocs. Sentados en el suelo, ante la puerta, volvimos a esperar. De vez en cuando hacían entrar a alguno. Eran las duchas, formalidad obligatoria al entrar en todos los campos. Aunque se fuera de uno a otro varias veces por día, cada vez había que pasar por los baños.

Auschwitz


13. En el vagón donde había caído el pan se entabló una verdadera batalla. Se arrojaban unos contra otros, se pateaban, se despedazaban, se mordían. Bestias de presa frenéticas, con un odio animal en los ojos; una vitalidad extraordinaria se apoderó de ellos volviendo más punzantes sus dientes y sus uñas. Un grupo de obreros y curiosos se había reunido a lo largo del tren. Sin duda nunca habían visto un tren con semejante cargamento. Pronto, aquí y allá, los trozos de pan empezaron a caer en los vagones. Los espectadores contemplaban a esos hombres esqueléticos que se mataban entre sí por un bocado.

Presa


14. Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, la cual convirtió mi vida en una larga noche, siete veces maldecida y siete veces sellada. Nunca olvidaré aquel humo. Nunca olvidaré las caras pequeñas de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espiral de humo bajo un silencioso cielo azul. Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe. Nunca olvidaré ese silencio nocturno el cual me privó, para toda la eternidad, del deseo de vivir. Nunca olvidaré aquellos momentos en los cuales asesinaron a mi Dios y mi alma y convirtieron mis sueños en polvo. Nunca olvidaré estas cosas, aunque esté condenado a vivir tanto como Dios mismo.

Campo de concentración


15. Los ausentes ni siquiera rozaban nuestra memoria. Todavía se hablaba de ellos –"quién sabe qué ha sido de ellos"-, pero poco se preocupaba uno de su destino. Incapaces de pensar en algo. Los sentidos estaban embotados, todo se desvanecía en una especie de neblina. Nada nos retenía ya. El instinto de conservación, la autodefensa, el amor propio, todo había desaparecido. En un último momento de lucidez, me pareció que éramos almas malditas errantes en el mundo-de-la-nada, almas condenadas a errar a través de los espacios hasta el fin de las generaciones en busca de su redención, en busca del olvido, sin esperanza de encontrarlo.

Instinto de conservación


16. Era mi turno. Corrí sin mirar hacia atrás. La cabeza me daba vueltas: "Eres demasiado flaco, eres débil, eres demasiado flaco, eres apto para la chimenea... ". La carrera me parecía interminable, me parecía estar corriendo desde hacía años..."Eres demasiado flaco, demasiado débil... ". Al fin llegué, exhausto. Al recuperar el aliento, pregunté a Yossi y a Tibi: - ¿Me anotaron? - No –contestó Yossi. Y agregó sonriente-: De todos modos, no hubieran podido, corrías demasiado rápido...Me reí. Era feliz. Hubiera querido besarlos. ¡En ese momento poco me importaban los demás! No me habían anotado. Aquellos cuyo número había sido anotado estaban aparte, abandonados del mundo entero. Algunos lloraban en silencio.

Número


17. Algunos oficiales SS recorrían el cuarto buscando hombres robustos. Si el vigor era tan buscado, tal vez había que mostrarse fuerte. Mi padre pensaba lo contrario. Era mejor no ponerse en evidencia. El destino de los otros sería el nuestro. (Más tarde nos enteramos de que habíamos tenido razón. Aquellos que fueron elegidos ése día fueron incorporados a la Sonder-kommando, el comando que trabajaba en los crematorios. Bela Katz –hijo de un fuerte comerciante de mi ciudad- había llegado a Birkenau en el primer transporte una semana antes que nosotros. Cuando se enteró de nuestra llegada nos hizo pasar una nota en la que decía que, elegido por su robustez, había introducido él mismo el cuerpo de su padre en el horno crematorio).

SS


18. (...) Transcurridos los tres días, un nuevo decreto: cada judío debía llevar la estrella amarilla. Los notables de la comunidad vinieron a ver a mi padre –que tenía relaciones en las altas esferas de la policía húngara- para preguntarle qué pensaba de la situación. Mi padre no la veía demasiado negra, o tal vez no quería desalentar a los otros y echar sal en sus heridas: - ¿La estrella amarilla? De eso no se muere... ( ¡Pobre padre! ¿De qué has muerto entonces? ) Pero ya se proclamaban nuevos edictos. Ya no teníamos derecho a entrar en los restaurantes, en los cafés, a viajar en tren, a ir a la sinagoga, a salir a la calle después de las dieciocho horas. Después fue el ghetto.

Gueto


19. No lejos de nosotros, de un foso subían llamas, llamas gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: eran niños. ¡Eran bebés! Sí, los vi, con mis propios ojos los vi...Niños entre las llamas. ( ¿Es asombroso si desde entonces el sueño huye de mis ojos? ) He ahí pues adónde íbamos. Un poco más lejos habría otro foso más grande para los adultos. Me mordí los labios: ¿Vivía aún? ¿Estaba despierto? No podía creerlo. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No, todo eso no podía ser verdad. Una pesadilla... Pronto despertaría sobresaltado, latiéndome el corazón y me encontraría en mi cuarto, entre mis libros...

Bebés


20. (...) Volví a pensar en mí mismo. Debido a mi pie herido, cada paso me producía un estremecimiento. "Unos metros más –pensaba-, unos metros más y esto habrá terminado. Caeré. Una llamita roja...Un disparo". La muerte me circundaba hasta ahogarme. Se adhería a mí. Sentía que habría podido tocarla. La idea de morir, de no ser más, comenzaba a fascinarme. No existir más. No sentir más los horribles dolores de mi pie. No sentir nada más, ni cansancio, ni frío, nada. Saltar fuera de la fila, dejarse deslizar hacia el borde del camino... La presencia de mi padre fue la única cosa que me lo impidió...Corría a mí lado, sin aliento, extenuado, acosado. No tenía derecho a morir. ¿Qué haría sin mí? Yo era su sostén.

Sostén


21. Un suboficial SS vino a nuestro encuentro, cachiporra en mano, y ordenó: - Los hombres a la izquierda. Las mujeres a la derecha. Cuatro palabras dichas tranquilamente, indiferentemente, sin emoción. Cuatro palabras simples, breves. Sin embargo, era el momento en que me separaría de mi madre. No había tenido tiempo de pensar, cuando ya sentí la presión de la mano de mi padre: quedamos solos. En una fracción de segundo, pude ver a mi madre, a mis hermanas, ir hacia la derecha. Tzipora estrechaba la mano de mamá. Las vi alejarse; mi madre acariciaba los cabellos rubios de mi hermana como para protegerla, y yo continuaba andando con mi padre, con los hombres. Y no sabía que en ese lugar, en ese instante, me separaba de mi madre y de Tzipora para siempre. Continuaba caminando. Mi padre me tenía de la mano.

Separación

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