Frases de La amiga estupenda

La amiga estupenda

17 frases de La amiga estupenda (L'amica geniale) de Elena Ferrante, libro de 2011.... Libro de Elena Ferrante.

Frases de Elena Ferrante

Frases de La amiga estupenda Elena Ferrante

01. (...) Tomaba los hechos y los expresaba de forma natural, cargados de tensión; Reforzaba la realidad mientras la traducía en palabras, le inyectaba energía.

Tensión


02. (...) Era seca como una anchoa en salmuera, desprendía un olor salvaje, tenía la cara alargada, estrecha en las sienes, ceñida entre dos mechones de cabellos lacios y negrísimos.

Salvaje


03. (...) Estaban más contaminadas que los hombres, porque ellos se enfurecían por cualquier cosa pero al final se calmaban, mientras que ellas, en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca.

Rabia


04. Había algo insostenible en las cosas, en las personas, en los edificios, en las calles, que se volvía aceptable únicamente si se reinventaba todo como en un juego. Sin embargo, era esencial saber jugar y ella y yo, solo ella y yo, sabíamos hacerlo.

Juego


05. (...) Así era nuestro mundo, estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración. El origen de los muchos miedos que me han acompañado toda la vida se remontan a esos vocablos y a esos años.

Escombros


06. Teníamos entonces doce años, y caminamos mucho rato por las calles ardientes del barrio, entre el polvo y las moscas que dejaban a su paso los viejos camiones, como dos viejecitas que hacen balance de sus vidas llenas de desilusiones, bien agarraditas del brazo. Nadie nos entendía, pensaba yo, solamente nosotras dos nos entendíamos.

Barrio


07. Me sentía aprisionada dentro de aquella mordaza junto con la masa de cosas y personas de cada día, y tenía mal sabor de boca, una permanente sensación de náusea que me consumía, como si todo, así comprimido, siempre más apretado, me triturara y me convirtiera en una crema repugnante.

Repugnante


08. Los pequeños desconocen el significado del ayer, del anteayer, del mañana, todo se reduce a esto, al ahora: la calle es esta, el portón es este, las escaleras son estas, esta es mamá, este es papá, este es el día, esta la noche.

Ahora


09. No siento nostalgia de nuestra niñez, está llena de violencia. Nos pasaba de todo, en casa y fuera, a diario, pero no recuerdo haber pensado nunca que la vida que nos había tocado en suerte fuese especialmente fea. La vida era así y punto; Crecíamos con la obligación de complicársela a los demás antes de que nos la complicaran a nosotras.

Niñez


10. La contemplaba desde la ventana, sentía que su forma anterior se había roto y me acordaba de aquel párrafo precioso de la carta, del cobre partido y deformado. Era una imagen que utilizaba ya continuamente, cada vez que notaba una fractura dentro de ella o dentro de mí. Sabía -tal vez esperaba- que ninguna forma habría podido contener jamás (...) y que tarde o temprano lo destrozaría todo otra vez.

Crisis


11. En ese momento supe lo que era la plebe con mayor claridad que años antes cuando la Oliviero me lo había preguntado. La plebe éramos nosotros. La plebe era ese disputarse la comida y el vino, ese pelearse para que te sirvieran el primero y mejor, ese suelo mugriento por el que los camareros iban y venían, esos brindis cada vez más vulgares. La plebe era mi madre, que había bebido y ahora se aflojaba apoyando la espalda contra el hombro de mi padre, serio, y se reía con la boca abierta de par en par de las alusiones sexuales del comerciante de metales. Reían todos, también Lila, con el aire de quien tiene un papel y lo interpreta hasta el final.

Pobres


12. Nunca la había visto desnuda, sentí vergüenza. Hoy puedo decir que fue la vergüenza de posar con placer sobre su cuerpo la mirada, de ser la testigo comprometida de su belleza de muchacha de dieciséis años, horas antes de que Stefano la tocara, la penetrara, tal vez la deformara dejándola preñada. Entonces solo fue una tumultuosa sensación de necesaria inconveniencia, una situación en la que no se puede mirar hacia otro lado, no se puede apartar la mano sin reconocer la propia turbación, sin declararla precisamente al retirarla, sin entrar en conflicto con la imperturbable inocencia de quien te está turbando, sin expresar precisamente con el rechazo la intensa emoción que te sacude, de modo que te obligas a quedarte, a seguir posando la mirada en los hombros de muchachito, en los pechos de tiesos pezones, en las caderas estrechas y las nalgas prietas, en el sexo negrísimo, en las piernas largas, en las rodillas tiernas, en los tobillos ondulados, en los pies elegantes; y haces como si no pasara nada, cuando en realidad todo está en curso, presente, allí en el cuarto pobre y sumido en la penumbra, con los muebles miserables, sobre un suelo de baldosas sueltas manchado de agua, y te agita el corazón y te inflama las venas.

Caderas


13. No está escrito en ninguna parte que no puedas conseguirlo.

Imposible


14. Qué tontería había sido quererlo, amarlo, y pese a todo evitarlo siempre.

Tontería


15. Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades.

Sin amor


16. Su rapidez mental tenía algo de silbido, de brinco, de dentellada letal.

Brillante


17. Subíamos despacio hacia el mayor de nuestros terrores de entonces, íbamos a exponernos al miedo y a interrogarlo.

Desafío

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