Frases de Estupor y temblores

Estupor y temblores

21 frases de Estupor y temblores (Stupeur et tremblements) de Amélie Nothomb, libro de 1999.... Vicisitudes de una joven belga de 22 años que comienza a trabajar en Tokio (Japón) en una de las mayores compañías mundiales. Allí sufre todo tipo de humillaciones por su doble condición de ser occidental y mujer.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Amélie Nothomb son: ambientada en tokio (japón), autobiografía, condición de la mujer, humillación, relaciones laborales, sátira, trabajo asfixiante.

Frases de Amélie Nothomb Libros de Amélie Nothomb

Frases de Estupor y temblores Amélie Nothomb

01. El poder no me interesa. Reinar es mucho más hermoso.

Reina


02. Así como la japonesa vive aterrorizada por el más mínimo ruido que pueda producir su persona, el japonés se despreocupaba totalmente de este detalle.

Japonés


03. Toda existencia conoce su día de traumatismo primario, que divide esta vida en un antes y un después y cuyo recuerdo, incluso furtivo, basta para paralizarte de un terror irracional, animal e incurable.

Irracional


04. Mientras existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad.

Ventana


05. Japón es un país que sabe lo que significa "volverse loco".

Japón


06. Los empleados de Yumimoto sólo adquirían algún valor cuando se situaban detrás de otras cifras. Todos menos yo, que ni siquiera alcanzaba la categoría de cero.

Empleados


07. La Pascua me satisface tanto como me deprime la Navidad. Un Dios que se convierte en bebé produce consternación. Un pobre tipo que se convierte en Dios es otra cosa.

Navidad


08. La fealdad de la iluminación de neón no impidió que se me encogiera el corazón: siete meses - ¿De mi vida? , no; de mi tiempo sobre este planeta- habían transcurrido allí.

Iluminación


09. Cuanto más vil es su trabajo, más hermoso es su edén mental.

Edén


10. La mayoría de las veces, el honor consiste en ser idiota. ¿Y acaso no vale más comportarse como un imbécil que deshonrarse? Todavía hoy, me avergüenzo de haber preferido la inteligencia a la decencia.

Decencia


11. Es típico de seres que ejercen oficios lamentables construirse lo que Nietzsche denominaba "otro mundo", un paraíso terrenal o celeste en el que se empeñan en creer para consolarse de lo infecto de su condición.

Paraíso


12. Qué hermosa es la gloria. Es una trompeta tocada por ángeles en mi honor. Nunca me he sentido tan en la gloria como esta noche y todo gracias a ti. ¡Si supieras que estás trabajando para gloria mía!

Gloria


13. Siempre existe un modo de obedecer. Eso es lo que los cerebros occidentales deberían comprender...Quizás el cerebro nipón sea capaz de obligarse a sí mismo a olvidar un idioma. El cerebro occidental carece de esos recursos.

Obedecer


14. Mi espíritu no pertenecía a la raza de los conquistadores, sino a la especie de las vacas que pacen en las praderas de las facturas esperando la llegada del tren de gracia. ¡Qué hermoso era vivir sin orgullo y sin inteligencia! Hibernaba.

Raza


15. Aunque no lo parezca, existe una lógica en todo este asunto: los sistemas más autoritarios suscitan, en las naciones en los que se aplican, los casos más sorprendentes de desviaciones -y, por eso mismo, una relativa tolerancia respecto a las excentricidades humanas más apabullantes-. 31

Autoritario


16. Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados.

Dulzura


17. -Creía que éramos amigas. No lo comprendo. - ¿Qué es lo que no comprende? - ¿Acaso niega que me ha denunciado? -No tengo nada que negar. Me he limitado a aplicar el reglamento. - ¿Para usted el reglamento es más importante que la amistad? -Amistad quizás sea una palabra excesiva. Yo hablaría más bien de "buena relación entre colegas".

Colegas


18. Los contables que pasaban diez horas diarias recopiando cifras me parecían víctimas sacrificadas en el altar de una divinidad carente de grandeza y de misterio. Desde tiempos inmemoriales, los humildes han dedicado sus vidas a realidades que los superan: en otros tiempos, podían por lo menos entrever alguna causa mística en semejante estropicio. Ahora, ya no podían ilusionarse. Entregaban su existencia a cambio de nada. Como todo el mundo sabe, Japón es el país con la mayor tasa de suicidios. Personalmente, lo que me sorprende es que no sea todavía más frecuente.

Contador


19. -Yo, cuando era pequeña, quería ser Dios. El dios de los cristianos, con D mayúscula. Hacia los cinco años, comprendí que mi ambición era irrealizable. Así que rebajé un poco mis pretensiones y decidí convertirme en Cristo. Imaginaba mi muerte sobre la cruz, ante toda la humanidad. A los siete años, tomé conciencia de que aquello no ocurriría. Decidí, más modestamente, convertirme en mártir. Durante años mantuve aquella decisión. Pero tampoco funcionó. - ¿Y después? -Ya lo sabe: me hice contable en la empresa Yumimoto. Y creo que no podía caer más bajo. - ¿De verdad lo cree? -preguntó con una extraña sonrisa.

Mártir


20. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: "Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada", "si sonríes perderás tu distinción", "si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar", "si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo", "si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta", "si disfrutas comiendo, eres una cerda", "si dormir te produce placer, eres una vaca", etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.

Condición de la mujer


21. (...) No creo que la suerte de los japoneses resulte mucho más envidiable. En realidad, incluso opino lo contrario. La nipona, por lo menos, tiene la posibilidad de librarse del infierno de la empresa casándose. Y no trabajar en una empresa japonesa me parece un fin en sí mismo. Pero el nipón, en cambio, no es un ser asfixiado. No se ha destruido en él, desde su más tierna edad, todo rastro de ideal. Conserva uno de los derechos humanos más fundamentales: el derecho a soñar, a tener esperanzas. Y lo ejerce. Sueña con mundos quiméricos en los que es libre y dueño de sus actos. La japonesa carece de semejante recurso, si ha sido bien educada -y la mayoría lo han sido-. Por decirlo de algún modo, esa facultad esencial le ha sido amputada. Ésta es la razón por la cual proclamo mi más profunda admiración por toda nipona que todavía no se haya suicidado.

Japón

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