Frases de El tío Tungsteno: recuerdos de un químico precoz

El tío Tungsteno: recuerdos de un químico precoz

10 frases de El tío Tungsteno: recuerdos de un químico precoz (Uncle tungsten: memories of a chemical boyhood) de Oliver Sacks, libro de 2001.... Memorias de su niñez, donde el tío Dave lo introduce en el mundo de la física y la química, y entabla una particular relación con la tabla periódica.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Oliver Sacks son: autobiografía, basado en hechos reales, casos clínicos, divulgación científica, fuerza de la pasión, funcionamiento del cerebro, historia de la ciencia, historia de la química, historia personal, neurociencia, neurología.

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Frases de El tío Tungsteno: recuerdos de un químico precoz Oliver Sacks

01. Me gustaban los números porque eran sólidos, invariables; permanecían impasibles en un mundo caótico.

Modelos matemáticos


02. Me han contado que cuando yo tenía cinco años y me preguntaban qué era lo que más me gustaba del mundo, respondía: "El salmón ahumado y Bach" (ahora, sesenta años después, mi respuesta sería la misma).

Salmón


03. Y me alegró averiguar que nosotros mismos estábamos hechos de los mismos elementos que el sol y las estrellas, que algunos de mis átomos podrían haber formado parte alguna vez de una estrella lejana. Pero eso también me asustaba, tenía la sensación de que sólo tenía mis átomos en préstamo y podían huir en cualquier momento, salir volando como los finos polvos de talco que veía en el cuarto de baño.

átomos


04. Mi madre me enseñó que cuando el estaño o el cinc se doblaban emitían un "grito" especial. "Se debe a la deformación de la estructura cristalina", me dijo, olvidando que yo tenía cinco años y no entendía lo que me decía. De todos modos sus palabras me fascinaron, me hicieron querer saber más.

Química


05. (...) Decidí que el selenuro de hidrógeno era quizá el peor olor del mundo. Pero el telururo de hidrógeno no le iba a la zaga, pues también emitía una pestilencia infernal. Me dije que un infierno puesto al día no tendría sólo ríos de ardiente azufre, sino también lagos de selenio y telurio hirvientes.

Olor


06. Leí 1984 cuando se publicó en 1949, y su descripción del "agujero de la memoria" me pareció especialmente evocador y aterrador, pues concordaba con las dudas que yo tenía acerca de mis propios recuerdos. Creo que esa lectura hizo que anotara más cosas en el diario que llevaba, y que hiciera más fotografías, y provocó una creciente necesidad de contemplar testimonios del pasado.

Agujero


07. Fue en esa época cuando busqué (y a veces conseguí) una intensa concentración, una completa absorción en los mundos de la mineralogía, la química y la física, en la ciencia, concentrándome en ellos, manteniéndome firme en medio del caos... Tenía que mantenerme a distancia, crear mi propio mundo a partir de la neutralidad y hermosura de la naturaleza.

Ciencias naturales


08. La tabla periódica era increíblemente hermosa, lo más hermoso que yo había visto. Jamás pude analizar de manera adecuada lo que yo quería dar a entender por belleza en este caso: ¿Simplicidad? , ¿Coherencia? , ¿Ritmo? , ¿Inevitabilidad? O quizá se trataba de la simetría, del hecho de que cada elemento quedara firmemente encerrado en su lugar, sin huecos ni excepciones, de que todo implicara la existencia de todo.

Tabla periódica


09. Y a menudo sueño con la química, en sueños donde se funden pasado y presente, la retícula de la tabla periódica transformada en la retícula de Manhattan. La ubicación del tungsteno, en la intersección del Grupo VI y el período 6, es sinónimo de la intersección de la Sexta Avenida y la Calle Sexta. (Naturalmente, ese cruce no existe en Nueva York, pero sí, de manera conspicua, en el Nueva York de mis sueños). Sueño que como hamburguesas hechas de escandio.

Tabla periódica


10. "Dios piensa en números", solía decir la tía Len. "Los números son la manera en que se ensambla el mundo. " Esta idea nunca me había abandonado, y ahora me parecía abarcar todo el mundo físico. En aquella época había comenzado a leer algo de filosofía, y Leibniz, en la medida que podía comprenderlo, me atraía especialmente. Hablaba de una "matemática divina", con la que uno podía crear la realidad más rica posible mediante los medios más económicos, y eso, ahora me parecía, podía verse en todas partes: en la hermosa economía mediante la cual millones de compuestos se creaban a partir de unas decenas de elementos, y los ciento y pico elementos que procedían del hidrógeno; la economía mediante la cual toda la variedad de átomos se componía de dos o tres partículas, y en la manera que su estabilidad e identidad quedaban garantizadas por los números cuánticos de los propios átomos: todo eso era lo bastante bello como para ser obra de Dios.

Cálculo

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