Frases de El sistema periódico

El sistema periódico

29 frases de El sistema periódico (Il sistema periodico) de Primo Levi, libro de 1975.... Obra que aúna realidad y ficción, estructurada en 21 capítulos que dedicado cada uno de ellos a un elemento químico convertido en metáfora del hombre o de las relaciones humanas.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Primo Levi son: alquimia, auschwitz, autobiografía, fascismo, manipulación, química, relaciones humanas, revolución, segunda guerra mundial, sistema periódico.

Frases de Primo Levi Libros de Primo Levi

Frases de El sistema periódico Primo Levi

01. La perfección no está en las vicisitudes que se viven, sino en las que se cuentan.

Perfección


02. Hay quien tiene el sino de hacerse millonario y quien tiene el sino de morir por accidente.

Accidente


03. Las diferencias pueden ser pequeñas, pero llevan a consecuencias radicalmente distintas, como el cambio de agujas en el rumbo de un tren.

Fortaleza


04. Somos químicos, o sea cazadores. Son nuestras "las dos experiencias de la vida adulta" de las que hablaba Pavese, el éxito y el fracaso, matar a la ballena blanca o destrozar la nave.

Químicos


05. En el mundo real la gente que lleva armas existe, construye Auschwitz y deja que los honrados e inofensivos le allanen el camino.

Auschwitz


06. (...) Me producía una impresión de alegría y ligereza, como un cosquilleo, y me hacía pasar por la cabeza la idea de cazarla al vuelo como una mariposa.

Mariposa


07. Así trabaja la naturaleza: extrae la gracia de los helechos del pútrido subsuelo del bosque, y el pasto del estiércol, en latín laetamen.

Madre tierra


08. Destilar era bonito. Lo primero porque es un quehacer lento, filosófico y silencioso, que te tiene ocupado pero te deja tiempo para pensar en otra cosa, es un poco como montar en bicicleta.

Destilar


09. Y ya que la naturaleza es de por sí conservadora, llevamos en la rabadilla o "coxis" lo que nos queda de una cola desaparecida.

Selección natural


10. (...) Estaba demasiado anquilosado por la inercia, seguro de mis conocimientos de química y deseando ponerlos a prueba.

Química


11. Los problemas, tú lo sabes igual que yo, no se presentan al galope, como los Hunos, sino a la chita callando, a hurtadillas, como las epidemias.

Contratiempo


12. Nuestra ignorancia nos permitía vivir, igual que cuando estás subiendo a la montaña y la cuerda se ha gastado y está a punto de romperse, pero tú sigues tranquilo porque no sabes.

Ignorancia


13. En condiciones patológicas, no es de extrañar que el papel, secreción burocrática, pueda reabsorberse en grado excesivo y llegue a adormecer, a paralizar o incluso a matar el organismo del cual procede por exudación.

Burocracia


14. Si bien es cierto que no existe mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria, también es verdad que evocar una angustia con el ánimo ya tranquilo, sentados serenamente ante el pupitre, es fuente de profunda satisfacción.

Ánimo


15. (...) Nos dijeron que nuestra intolerancia burlona no bastaba; tenía que convertirse en ira y la ira tenía que encauzarse hacia una revolución organizada y oportuna; pero no nos enseñaron a fabricar una bomba ni a disparar un fusil.

Verdadera revolución


16. Yo me conozco; no estoy dotado de rapidez polémica, el adversario me distrae, según le escucho corro el peligro de prestarle crédito; el desdén y el juicio certero los recupero luego, cuando estoy bajando las escaleras, cuando ya no sirven para nada.

Adversario


17. Yo me guiaba por otra moral más apegada a la tierra y más concreta; y creo que cualquier químico militante podrá confirmarla: que conviene desconfiar de lo casi igual (el sodio es casi igual al potasio, pero con el sodio no habría ocurrido nada).

Químicos


18. Equivocarse ya no era una desventura ligeramente ridícula que te hace polvo un examen o te rebaja la nota. Equivocarse era como cuando se escala una montaña, una confrontación, un caer en la cuenta, un paso adelante que te hace más meritorio y más eficaz.

Escalar


19. Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; y pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza.

Diversidad


20. Esta célula pertenece a un cerebro, y éste es mi cerebro, el de mi "yo" que escribe, y la célula en cuestión, y dentro de ella el átomo en cuestión, se encarga de mi labor de escribir, en un gigantesco y minúsculo juego que nadie ha descrito todavía.

Células


21. El oficio de químico (reforzado en mi caso por la experiencia de Auschwitz) nos enseña a superar, e incluso a ignorar, ciertas repugnancias que no tienen nada de necesario ni de congénito. La materia es materia, ni noble ni vil, con infinitas posibilidades de transformación, y no importa en absoluto su más reciente origen.

Ignorar


22. No estamos descontentos de nuestras elecciones ni de lo que la vida nos ha deparado, pero al volver a encontrarnos experimentamos ambos la desagradable sensación (que nos hemos descrito uno a otro más de una vez) de que un velo, un soplo, una tirada de dados nos han arrojado a dos caminos divergentes que no eran el nuestro.

Desagradable


23. No debe uno rendirse a la materia incomprensible, no se puede uno sentar encima de ella. Estamos aquí para eso, para equivocarnos y corregirnos, para encajar golpes y devolverlos. No nos tenemos que considerar nunca desarmados; la naturaleza es inmensa y compleja, pero no impermeable a la inteligencia, tienes que cercarla, horadar, sondear, buscar el lugar de paso o construírtelo tú.

Rendirse


24. Es una estructura graciosa ¿Verdad? Sugiere algo sólido, estable, bien ligado. De hecho, en química pasa lo mismo que en arquitectura, que los edificios "bellos", es decir armoniosos y sencillos son también los más sólidos. En una palabra, que es algo común a las moléculas, a las cúpulas de las catedrales y a los arcos de los puentes

Moléculas


25. Para mí la química representaba una nube indefinida de posibilidades futuras, que nimbaba mi porvenir de negras volutas heridas por resplandores de fuego, parecida a aquella nube que ocultaba el Monte Sinaí. Esperaba, como Moisés, que de aquella nube descendiera mi ley y el orden en torno mío, dentro de mí y para el mundo. Estaba empachado de libros que seguía devorando, sin embargo, con voracidad insensata, en busca de otra clave para las verdades fundamentales.

Química


26. Todas las minas son mágicas en sí, desde que el mundo es mundo. Las vísceras de la tierra hormiguean de gnomos, coboldos ( ¡Cobalto! ), nícolos ( ¡Níquel! ), Que pueden mostrarse generosos y hacerte encontrar el tesoro bajo la punta del azadón, o engañarte y deslumbrarte, haciendo pasar por oro la modesta pirita, o disfrazando el zinc de estaño. Y de hecho, son muchos los minerales cuyos nombres contienen raíces que significan "engaño, fraude, deslumbramiento".

Fraude


27. El fascismo no era simplemente un desgobierno grotesco e improvisado, sino la negación de la justicia. No sólo había arrastrado a italia a una guerra injusta y aciaga, sino que había surgido y se había consolidado como guardián de una legalidad y un orden detestables, basados en el apremio al trabajador, en la ganancia incontrolada de quien explota el trabajo ajeno, en el silencio impuesto a los que piensan y se niegan a ser esclavos, en la mentira sistemática y deliberada.

Fascismo


28. Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; y pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza. El fascismo no quiere estas cosas, las prohíbe, y por eso no eres fascista tú; quiere que todo el mundo sea igual, y tú no eres igual. Pero es que ni siquiera existe la virtud inmaculada, o, caso de existir, es detestable.

Fascista


29. La Italia que nos rodeaba, o mejor dicho Turín y el Piamonte (porque en aquel tiempo se viajaba poco), no nos eran enemigos. El Piamonte era nuestra verdadera patria, aquella en la cual nos reconocíamos. Las montañas que circundaban Turín, visibles en los días claros y a tiro de bicicleta, eran nuestras, insustituibles, y nos habían enseñado el cansancio, el aguante y una cierta sabiduría. En una palabra, nuestras raíces, no poderosas pero sí profundas, dilatadas y fantásticamente entrelazadas, estaban en Turín y el Piamonte.

Italia

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