Frases de El pianista del gueto de Varsovia - Página 3

31. Había otra cosa que interesaba a la gente en esa época: entres sus restantes actividades cotidianas, los alemanes se habían aficionado a hacer películas. Nos preguntábamos por qué. Irrumpían en un restaurante y les decían a los camareros que preparan una mesa con la mejor comida y la mejor bebida. Luego ordenaban a los clientes que rieran, comieran y bebieran, y los tomaban en celuloide divirtiéndose así. Los alemanes filmaban las representaciones de opereta en el cine Femina de la calle Leszno y los conciertos sinfónicos dirigidos por Marian Neuteich que se ofrecían allí miso una vez por semana. Insistían en que el presidente del Consejo Judío celebrara una lujosa recepción e invitara a todas las personas destacadas del gueto, y también filmaban la recepción. Por último, un día agruparon a cierto número de hombres y mujeres en los baños públicos, les dijeron que se desnudaran y se bañaran en la misma sala, y filmaron la curiosa escena con todo detalle. Sólo mucho más tarde descubrí que esas películas estaban pensadas para la población del Reich y del extranjero. Los alemanes hacían las películas antes de acabar con el gueto, para desmentir posibles rumores en caso de que llegaran al mundo exterior noticias de lo ocurrido. Mostraban lo bien que vivían los judíos de Varsovia, y también lo inmorales y despreciables que eran: para eso servían las escenas de hombres y mujeres judíos compartiendo el baño, desnudándose sin pudor unos delante de los otros.

Gueto


32. (...) Un día sacaron a los judíos del gueto y los llevaron por las calles: hombres, mujeres y niños. A una parte de ellos los fusilaron allí mismo, a la vista de los alemanes y la población polaca. Dejaron a algunas mujeres sangrando y retorciéndose bajo el sol del verano, sin prestarles ayuda. A los niños que se habían escondido los arrojaban por las ventanas. Después condujeron a esos miles de personas a una plaza próxima a la estación, donde supuestamente había trenes preparados para llevárselos. Les hicieron esperar allí tres días bajo el calor del verano, sin comida ni agua. Si alguien se ponía en pie le disparaban en el acto, también a la vista de todos. Luego se los llevaron: doscientas personas hacinadas en un vagón de ganado con capacidad para cuarenta. ¿Qué ocurrió con ellos? Nadie quiere reconocer que lo sabe, pero no se puede ocultar. Cada vez son más las personas que consiguen escapar y relatan cosas espantosas. El sitio se llama Treblinka y está al este del territorio polaco bajo dominio alemán. Allí descargan los vagones, mucha gente llega ya muerta. Todo está rodeado de muros y los vagones entran allí para descargar. Los muertos se apilan junto a las vías del tren. Cuando llegan, los hombres sanos tienen que llevarse los montones de cadáveres, cavar fosas y cubrirlas de de tierra una vez llenas. Luego los fusilan a ellos. Los hombres que llegan en los transportes sucesivos se encargan de sus predecesores. Los millares de mujeres y niños tienen que desnudarse, y luego los conducen a una cabaña móvil, donde los gasean. La cabaña se coloca sobre un foso y tiene un mecanismo que abre una de las paredes y levanta el suelo, para que los cadáveres caigan al foso.

Vagón

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