Frases de El pianista del gueto de Varsovia - Página 2

16. El quinto día por la tarde Ziszás [un SS] nos informó de que la operación para "limpiar el gueto de elementos no trabajadores" había concluido y podíamos volver a entrar en él. El corazón nos saltaba en el pecho. Las calles del gueto eran un espectáculo de devastación. Las aceras estaban cubiertas de cristales rotos procedentes de las ventanas. (...) cada pocos pasos veíamos cuerpos de personas asesinadas. Era tal el silencio, que las paredes de los edificios nos devolvían el eco de nuestros pasos, como si estuviéramos atravesando una garganta rocosa en las montañas. No encontramos a nadie en nuestra habitación, que no había sido saqueada.

Gueto


17. Se desató una epidemia en el gueto. La mortalidad por tifus era de cinco mil personas al mes. El tema principal de conversación, tanto entre los ricos como entre los pobres, era el tifus; los pobres se preguntaban cuándo morirían por su causa, mientras que los ricos se preguntaban cómo conseguirían la vacuna del doctor Weigel para protegerse. (...) Gracias a su invento y a la venalidad de los alemanes, muchos judíos de Varsovia se salvaron de morir de tifus, aunque sólo fuera para morir de otra muerte más adelante. Yo no me vacuné. No podría haber pagado más que una dosis del suero que hubiera bastado para mí pero no para el resto de mi familia, y no quería eso.

Epidemia


18. Comencé mi carrera como pianista de guerra en el Café Nowoczesna, que estaba en la calle Nowolipki, en el mismo corazón del gueto de Varsovia. Para la época en que se cerraron las puertas del gueto, en noviembre de 1940, hacía tiempo que mi familia había vendido todo lo que podíamos vender, incluso nuestra más preciada pertenencia doméstica, el piano. La vida, por demás insignificante, me había obligado sin embargo a vencer mi apatía y buscar alguna forma de ganarme el sustento; gracias a Dios, había encontrado una. El trabajo me dejaba poco tiempo para cavilaciones, y la conciencia de que toda mi familia dependía de lo que yo ganara me ayudó a superar poco a poco mi anterior estado de amargura y desesperación.

Pianista


19. Dicen los rumores que van a sacar a treinta mil judíos del gueto esta semana y los van a enviar hacia el este. A pesar de todo el secretismo, la gente dice que sabe lo que ocurre entonces: en algún punto cerca de Lublin se han construido edificios con salas que se pueden calentar mediante corriente eléctrica, como los crematorios. Se lleva a los infortunados a esas salas y allí son quemados vivos, y todos los días se puede matar así a miles de personas, con lo que se evitan los inconvenientes de fusilarlos, cavar fosas comunes y enterrarlos. La guillotina de la Revolución Francesa no admite comparación y ni siquiera en los sótanos de la policía secreta rusa se han ideado métodos tan elaborados de matanza en masa.

Matanzas


20. Por la mañana fui a ver a Mieczyslaw Lichtenbaum, hijo del nuevo presidente del Consejo Judío, a quien había conocido bien cuando todavía tocaba el piano en los cafés del gueto. Me dijo que podría tocar en el casino del comando de exterminio alemán, adonde iban por la noche a distraerse los oficiales de la Gestapo y las SS después de un día agotador asesinando judíos. Estaba atendido por judíos que tarde o temprano serían también asesinados. Naturalmente, no quise aceptar semejante oferta, aunque Lichtenbaum no pudo comprender por qué no me atraía y se sintió herido cuando la rechacé. Sin más comentarios, hizo que me enrolara en una columna de trabajadores encargada de demoler los muros del antiguo gueto grande, ahora incorporado a la parte aria de la ciudad.

Exterminio


21. La realidad del gueto era peor precisamente porque guardaba la apariencia de libertad. Uno podía salir a la calle a pasear y mantener la ilusión de que estaba en una ciudad por completo normal. Los brazaletes que nos señalaban como judíos no nos molestaban porque todos los llevábamos y, después de cierto tiempo de vivir en el gueto, me di cuenta de que me había acostumbrado del todo a ellos; (...) Sin embargo, las calles del gueto –y sólo ellas- terminaban en muros. (...) Entonces la parte de la calle que estaba al otro lado del muro se convertía de golpe en el lugar que más me gustaba y más necesitaba de todo el mundo. (...) Volvía sobre mis pasos, anonadado, y seguía así día tras día, siempre con la misma desesperación.

Gueto


22. Algunos polacos de Zakopane no entregaron sus esquís. Se registraron las casas y doscientos cuarenta hombres fueron enviados a Auschwitz, el temido campo de concentración del este. En él la Gestapo tortura la gente hasta matarla. Condujeron a los infortunados a una celda y acabaron con ellos gaseándolos. La gente es golpeada salvajemente durante los interrogatorios. Y hay celdas de tortura especiales; por ejemplo, una en la que la víctima, atada por las manos y los brazos a un poste que luego se levanta, permanece colgada hasta quedar inconsciente. También ponen a la víctima en un cajón en el que sólo cabe en cuclillas, y la dejan allí hasta que pierde la conciencia. ¿Qué otras cosas diabólicas han ideado? ¿Cuántos inocentes hay en sus prisiones? La comida escasea cada día más; el hambre crece en Varsovia.

Auschwitz


23. Hay aquí una operación en marcha para exterminar a los judíos. Tal ha sido siempre el propósito de la administración civil alemana desde la ocupación de las regiones orientales, con ayuda de la policía y la Gestapo, pero al parecer ahora se va a aplicar a una escala enorme, radical. Nos llegan informes creíbles de fuentes de todo tipo que indican que se ha desalojado el gueto de Lublin y se ha sacado de allí a los judíos, que éstos has sido asesinados en masa o conducidos a los bosques, y que algunos de ellos han sido encarcelados en un campo. Gente en Lietzmannstadt (Lodz) y Kutno dice que a los judíos –hombres, mujeres y niños- los envenenan en cámaras de gas móviles y que a los muertos, despojados de sus ropas, los entierran en fosas comunes, mientras que la ropa se envía a fábricas textiles para ser reprocesada.

Cámaras de gas


24. (...) Habitualmente sólo la guardaban agentes de la policía judía, pero ese día toda una unidad de la policía alemana estaba comprobando minuciosamente los documentos de quienes salían del gueto para ir a trabajar. Un chico de unos diez años llegó corriendo por la acera. Estaba muy pálido, y tan asustado que olvidó quitarse la gorra ante un policía alemán que iba hacia él. El alemán se detuvo, sacó su revólver sin decir una palabra, se lo puso en la sien al chico y disparó. El niño cayó al suelo agitando los brazos, se quedó rígido y murió. El policía devolvió con calma el revólver a la funda y siguió su camino. Lo miré; no tenía unos rasgos especialmente brutales ni parecía enfadado. Era un hombre normal, apacible, que había cumplido con una de sus obligaciones menores cotidianas y la había apartado de su mente al instante, porque le esperaban otros asuntos de mayor importancia.

Revólver


25. La calle Karmelicka era un lugar especialmente peligroso: los coches celulares la recorrían varias veces al día. Llevaban a los prisioneros, invisibles tras las chapas de acero gris y las reducidas ventanillas opacas, desde la cárcel de Pawiak al centro de la Gestapo del paseo Szuch; en el viaje de vuelta transportaban lo que quedaba de ellos después del interrogatorio: despojos sanguinolentos de seres humanos con los huesos rotos, los riñones destrozados y las uñas arrancadas. La escolta de esos coches no permitía que nadie se acercara a ellos, aunque eran vehículos blindados. Cuando giraban hacia la calle Karmelicka, que estaba tan congestionada que ni con la mejor voluntad del mundo podría haberse refugiado la gente en los portales, los hombres de la Gestapo se asomaban y golpeaban a la multitud de manera indiscriminada con porras. Esto no hubiera sido especialmente peligroso con las porras normales de caucho, pero las que usaban los hombres de la Gestapo estaban tachonadas de clavos y hojas de afeitar.

Gestapo


26. Leyendo los periódicos y escuchando las noticias de la radio se podría pensar que todo va muy bien, la paz está asegurada, la guerra ya se ha ganado y el futuro del pueblo alemán está lleno de esperanza. Sin embargo, me resulta imposible creerlo, aunque sólo sea porque, a la larga, la injusticia no puede prevalecer, y la forma en que los alemanes gobiernan los países que han conquistado está condenada a provocar resistencia tarde o temprano. Basta ver la situación aquí en Polonia, y eso que no me entero de mucho de lo que ocurre porque nos cuentan muy poco. Pero, en cualquier caso, con todas las observaciones, conversaciones e información que nos llegan todos los días, podemos formarnos una imagen clara. Si los métodos de administración y gobierno, la opresión de la gente del país y las operaciones de la Gestapo revisten aquí especial brutalidad, supongo que en los demás países conquistados ocurrirá más o menos lo mismo.

Opresión


27. Poco después el jefe de nuestro grupo de trabajo me dijo un día que había conseguido que me asignaran al grupo destinado al edificio del cuartel de las SS en el remoto distrito de Mokotow. Recibiría mejor comida y viviría mucho mejor en general, me aseguró. La realidad fue muy diferente. Tenía que levantarme dos horas antes y caminar cerca de doce kilómetros atravesando toda la ciudad para llegar a tiempo al trabajo. Cuando por fin llegaba, agotado por la caminata, debía ponerme a trabajar de inmediato en una tarea muy superior a mis fuerzas, transportando sobre la espalda pilas de ladrillos colocados en un tablón. También transportaba cubos de cal y barras de hierro. Podría haberlo hecho bien si no hubiera sido porque los capataces de las SS, futuros ocupantes del cuartel, pensaban que trabajábamos demasiado despacio. Nos ordenaban que lleváramos las pilas de ladrillos o las barras de hierro a la carrera, y si alguno desfallecía y paraba lo golpeaban con látigos de tiras de cuero rematadas por bolas de plomo.

SS


28. ¿Por qué permite Dios esta terrible guerra con sus espantosos sacrificios humanos? Pensemos en los aterradores ataques aéreos, el tremendo miedo de la población civil, el inhumano trato a los prisioneros en los campos de concentración, el asesinato de cientos de miles de judíos por los alemanes. ¿Es culpa de Dios? ¿Por qué no interviene, por qué permite que ocurra todo esto? Podemos plantear tales preguntas pero no obtendremos respuesta. Estamos dispuestos a culpar a otros, pero no a nosotros mismos. Dios permite que se haga presente el mal porque la humanidad se ha sumado a él, y ahora estamos comenzando a notar la carga de nuestro propio mal y nuestras imperfecciones. Cuando los nazis llegaron al poder no hicimos nada par a detenerlos; traicionamos nuestros ideales. Los ideales de la libertad personal, democrática y religiosa. Los trabajadores estuvieron de acuerdo con los nazis, la Iglesia se limitó a observar, las clases medias fueron demasiado cobardes para actuar y lo mismo ocurrió con los intelectuales. Permitimos que se abolieran los sindicatos, se reprimieran las confesiones religiosas, no hubiera libertad de expresión en la prensa ni en la radio. Por último, dejamos que nos llevaran a la guerra.

Libertad de expresión


29. (...) Se colocaron carteles a la entrada de las calles que más tarde señalarían el límite del gueto judío, en los que se informaba a los viandantes de que esas calles estaban infectadas de tifus y era mejor evitarlas. Un poco después el único periódico de Varsovia que publicaban en polaco los alemanes ofreció un comentario oficial sobre el asunto: los judíos no sólo eran parásitos sociales, sino que además contagiaban la infección. No se trataba, decía el reportaje, de encerrarlos en un gueto, palabra que, por otra parte, no había que utilizar. Los alemanes eran una raza demasiado culta y magnánima, decía el periódico, para confinar, ni siquiera a parásitos como los judíos, en guetos, residuo medieval indigno del nuevo orden de Europa. En lugar de ello, tenía que haber un barrio judío en la ciudad en el que vivieran sólo judíos, para que allí gozaran de libertad total y pudieran continuar practicando sus costumbres y su cultura racial. Por razones de mera higiene, ese barrio tenía que estar rodeado por un muro, de modo que el tifus y las demás enfermedades judías no se extendieran a otras zonas de la ciudad. Este reportaje humanitario se ilustraba con un pequeño mapa en el que aparecían las fronteras exactas del gueto.

Gueto


30. Es verdad que el mes siguiente transcurrió en paz. Era mayor e incluso en el gueto florecían lilas aquí y allá en los escasos jardincillos (...) Cuando estaban a punto de abrirse del todo las flores, los alemanes se acordaron de que existíamos. Pero esta vez había una diferencia: no planeaban ocuparse de nosotros ellos mismos, sino que delegaron la responsabilidad de las cacerías humanas en la policía y la oficina de trabajo judías. Henryk había tenido razón cuando se negó a entrar en la policía y la describió como una banda de ladrones. Estaba compuesta sobre todo por jóvenes de las clases más prósperas de la sociedad, y entre ellos había varios conocidos de Henryk. A todos nos horrorizaba ver que esos hombres a los que habíamos estrechado la mano y tratado como amigos, hombres que hacía poco eran todavía personas decentes, se habían convertido en seres despreciables. Tal vez se podía decir que habían captado el espíritu de la Gestapo. Tan pronto como se pusieron el uniforme y la gorra de policías, y se colgaron la porra de caucho, su naturaleza cambió. Ahora su máxima ambición era estar en estrecho contacto con la Gestapo, ser útiles a los oficiales de la Gestapo, desfilar por la calle con ellos, hacer gala de sus conocimientos de alemán y competir con sus amos por el rigor en el trato a la población judía.

Gestapo

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