Frases de El monje - Página 2

18. ¡Tiembla, desorbitado hipócrita, inhumano parricida, incestuoso violador! ¡Tiembla ante la magnitud de tus crímenes! ¡Y tú eras el que se consideraba a prueba contra las tentaciones, absuelto de las fragilidades humanas y libre de los errores y el vicio! ¿Entonces el orgullo es una virtud? ¿La inhumanidad no es un pecado? ¡Sabe, hombre vano, que hace tiempo te señalé como mi presa!

Presa


19. El último de estos demonios de los elementos se llama "El Rey de las Nubes"; su figura es la de un bello joven y se caracteriza por dos grandes alas negras. Aunque su aspecto es realmente encantador, no abriga mejores intenciones que los demás. Se ocupa continuamente de provocar tormentas, arrancar bosques de cuajo y derrumbar castillos y conventos sobre las cabezas de sus moradores.

Castillos


20. Ella me escuchaba con ansia; parecía devorar mis palabras mientras yo hablaba elogiosamente de ti y sus ojos me agradecían mi cariño hacia su hermano. Por último, mis constantes e incansables atenciones me conquistaron su corazón y con dificultad logré obligarla a confesar que me amaba. Pero, cuando le propuse que nos fuésemos del castillo de Lindenberg, rechazó el proyecto en forma terminante.

Cariño


21. Me es posible mezclar mi aliento al suyo, embriagarme en la contemplación de sus facciones sin que me considere sospechosa de impureza y engaño. Teme que mi seducción le haga violar sus votos. ¡Qué injusto es! Si quisiera excitar su deseo, ¿Le ocultaría con tanto cuidado mis facciones? Esas facciones de las cuales a diario le oigo decir...Se interrumpió y se sumió en sus reflexiones.

Seducción


22. (...) Nunca se supo, a lo largo de toda su vida, que violara una sola regla de su orden; no es posible encontrar la menor mancha en su conducta, y se asegura que es un observador tan estricto de su castidad que no sabe en qué consiste la diferencia entre hombre y mujer. Por consiguiente, el vulgo lo considera un santo. – ¿Eso lo hace santo a uno? –inquirió Antonia. ¡Dios me ampare!

Castidad


23. El castillo, que tenía por entero a la vista, constituía un objeto a la vez horrible y pintoresco. Sus sólidas murallas, teñidas por la luna con solemne brillo, sus viejas torres, en parte ruinosas, que se elevaban hacia las nubes y que parecían mirar, ceñudas, las llanuras que las rodeaban, sus elevadas almenas recubiertas de hiedra, y los portones, abiertos en honor de la visionaria habitante, me colmaron de un triste y reverente horror.

Torres


24. Usted no conoce el poder de esos sentimientos irresistibles, fatales, de los cuales era víctima el corazón de Matilde. Padre, tenía un amor desdichado. Una pasión por un hombre dotado de todas las virtudes, un hombre – ¡Oh, permítame decir mejor una divinidad! – que resultó ser el veneno de su existencia. Su noble figura, su carácter intachable, sus diversos talentos, su sólida sabiduría, maravillosa y gloriosa, habrían enardecido el pecho del más insensible.

Divinidad


25. El aire cálido le había coloreado las mejillas con un rubor más intenso que el habitual. Una sonrisa inexpresablemente dulce jugueteaba en torno de sus labios rojos y carnosos, de los cuales escapaba de tanto en tanto un dulce suspiro o una frase a medias pronunciada. Una expresión de arrebatadora inocencia y candor le envolvía el cuerpo y había una especie de modestia en su mismo descuido, que agregó nuevos acicates a los deseos del ardoroso intruso.

Labios


26. Entonces, se consultaron acerca de las medidas que debían adoptar para huir del lugar de los disturbios, pero sus deliberaciones fueron interrumpidas por la visión de masas de fuego que se elevaban en medio de las macizas paredes del convento, por el estrépito de alguna pesada arcada que caía en ruinas o por la mezcla de los gritos de los sublevados y de las monjas que, o bien se asfixiaban en el tumulto pereciendo entre las llamas, o bien caían aplastadas bajo el peso del derrumbe de la mansión.

Sublevados


27. Pero antes de comenzar –dijo–, es necesario informarles, señoras, que esta misma Dinamarca está terriblemente infestada de brujas, hechiceras y espíritus malignos. Cada elemento posee su propio demonio. Los bosques son frecuentados por un poder maligno llamado "Rey de los Elfos" o "Rey del Roble". Él es quien agosta los árboles, arruina las cosechas y gobierna a duendes y trasgos. Aparece en forma de un anciano de majestuosa figura, de corona áurea y larga barba blanca. Su principal entretenimiento consiste en arrebatar los niños a sus padres. Y en cuanto los tiene en su caverna, los desgarra en mil pedazos.

Brujas


28. (...) Con el líquido que contenía, y que parecía ser sangre, salpicó el suelo; después mojó en él un extremo del crucifijo y describió un círculo en el centro de la habitación. Alrededor de él colocó varias reliquias, cráneos, tibias, etcétera. Observé que los disponía en forma de cruces. Por último, extrajo un libro grande y me hizo señas de que lo siguiera al interior del círculo. Obedecí. – ¡Cuidado con pronunciar ni una sílaba! – susurró el desconocido. ¡No salga del círculo, y por lo que más quiera no se atreva a mirarme a la cara!

Pronunciar


29. Mañana tendrás que tolerar tormentos doblemente intensos. ¿Recuerdas los horrores de un ígneo castigo? ¡Dentro de dos días serás llevado como víctima a la hoguera! ¿Qué será de ti entonces? ¿Sigues atreviéndote a esperar el perdón? ¡Piensa en tus crímenes! ¡Piensa en tu lujuria, tu perjurio, inhumanidad e hipocresía! ¡Piensa en la inocente sangre que clama venganza al trono de Dios, y después espera la misericordia! ¡Después sueña con el cielo y suspira por mundos de luz y reinos de paz y placer! ¡Absurdo! Abre los ojos, Ambrosio, y sé prudente. El infierno es tu destino; estás condenado a la perdición eterna; nada hay más allá de tu tumba, sino un abismo de llamas devoradoras.

Hoguera


30. Una mala composición lleva consigo su propio castigo: el desprecio y el ridículo. Una buena suscita la envidia y hace recaer en el autor infinitas mortificaciones; se ve atacado por la crítica parcial y malhumorada. Uno encuentra defectos al plan, otro al estilo, un tercero al precepto que se quiere inculcar. Y quienes no logran encontrar defectos en el libro se dedican a estigmatizar al autor. Sacan con malicia, de la oscuridad, todas las menudas circunstancias que pueden poner en ridículo su carácter o conducta personales, y apuntan a herir al hombre ya que no pueden herir al escritor. En una palabra, ingresar en el ejercicio de la literatura es exponerse adrede a los dardos del desdén, el ridículo, la envidia y la desilusión. Escribas bien o mal, ten la seguridad de que no escaparás a la censura.

Censura

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