Frases de El monje

El monje

30 frases de El monje (The monk) de Matthew Gregory Lewis, libro de 1796.... Leyenda donde destacan pactos demoníacos, violaciones, incesto, el judío errante, castillos en ruinas, la Inquisición española, amores escondidos, traiciones familiares... El compendio gótico por excelencia.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Matthew Gregory Lewis son: amores secretos, antigua leyenda, antigua maldición, bruja, castillos, el judío errante, hipocresía religiosa, incesto, inquisición, laberinto, lujuria, monasterio, novela gótica, pasiones, prejuicios, sacrificios humanos, superstición, traición, vicio, violación, violencia.

Frases de Matthew Gregory Lewis

Frases de El monje Matthew Gregory Lewis

01. La naturaleza no pudo soportar mis emociones y buscó refugio en la insensibilidad.

Insensibilidad


02. La violencia de su desesperación –dijo– demuestra que por lo menos el vicio no se ha vuelto familiar para ella.

Desesperación


03. Ya no podré combatir mis pasiones, aprovecharé todas las oportunidades para excitar tus deseos y me esforzaré en conseguir tu deshonra y la mía.

Pasiones


04. (...) Pero en cuanto comenzó a desarrollarse su temperamento, voluptuoso y ardiente, se abandonó libremente al impulso de sus pasiones y aprovechó la primera oportunidad para satisfacerlas.

Pasiones


05. Escucha mi consejo, compra con un momento de valentía una felicidad de años; goza del presente y olvida que un futuro queda más allá.

Valentía


06. (...) Era espontáneamente emprendedor, firme e intrépido; poseía un corazón de guerrero, y habría podido sobresalir con esplendor a la cabeza de un ejército.

Emprendedor


07. Si no es bajo su protección, no pongo un pie al otro lado de ese umbral. ¡Que Dios me ampare, el fantasma puede esperarme en la escalera y llevarme consigo al infierno!

Protección


08. Un autor, malo o bueno, o entre malo y bueno, es un animal a quien cualquiera se siente con el derecho de atacar. Pues si bien no todos son capaces de componer libros, todos se consideran capaces de juzgarlos.

Autor


09. Mientras hablaba, los ojos se le cargaron de deliciosa languidez; el pecho se le agitaba. Lo estrechó ardientemente en los brazos, lo atrajo hacia sí y pegó los labios a los de él. Ambrosio volvió a sentir el deseo.

Brazos


10. No puedes ignorar que tus padres eran por desgracia esclavos de la más burda superstición. Cuando operaba este defecto, todos sus otros sentimientos, todas sus demás pasiones, cedían ante la irresistible fuerza de aquella influencia.

Superstición


11. Todos los impedimentos cedieron ante la fuerza de su temperamento, cálido, sanguíneo y voluptuoso en extremo. Sus otras pasiones aún dormían, pero sólo necesitaban que se las despertara para exhibirse con violencia tan grande como irresistible.

Temperamento


12. Cuando no se encontraba oscurecido por los prejuicios, cosa que, por desgracia, muy pocas veces ocurría, su entendimiento era sólido y excelente. Sus pasiones eran violentas; no escatimaba fatigas para satisfacerlas y perseguía con furor a quienes se oponían a sus deseos.

Prejuicios


13. Pero era en exceso prudente para revelar el motivo de sus recelos. Consideró que desenmascarar al impostor no sería cosa fácil, dado que la gente estaba tan predispuesta en su favor. Y como tenía muy pocos amigos, le parecía peligroso hacerse un enemigo tan poderoso.

Prudente


14. Un profundo y melancólico silencio reinaba en la bóveda, y desesperé de recuperar la libertad. Mi larga abstinencia en materia de alimentos comenzó a atormentarme. Las torturas que el hambre me infligía eran las más penosas e insoportables, pero parecían crecer a cada hora que pasaba.

Bóveda


15. ¡Escúcheme, hombre de corazón duro! ¡Escúcheme, orgulloso, severo y cruel! ¡Habría podido salvarme y devolverme la dicha y la virtud, pero no quiso! Usted es el destructor de mi alma, mi asesino, ¡Que caiga sobre usted la maldición de mi muerte y la de mi hijo aún no nacido!

Maldición


16. En ese laberinto de terrores, habría preferido refugiarse en la penumbra del ateísmo, negar la inmortalidad del alma, convencerse de que, una vez cerrados los ojos, no volvería a abrirlos, y que el mismo momento aniquilaría a la vez su alma y su cuerpo. Pero hasta ese recurso le estaba negado.

Laberinto


17. Como él se acostumbró a sus encantos, dejaron de excitar los mismos deseos que inspiraban al principio. Agotado el delirio de la pasión, Ambrosio tuvo tiempo para observar todos los defectos menudos y, donde nos los había, la saciedad lo hizo imaginarlos. El monje estaba saciado por la plenitud del goce. Apenas había transcurrido una semana cuando se cansó de su amiga.

Goce

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