Frases de El húsar

El húsar

17 frases de El húsar de Arturo Pérez-Reverte, libro de 1986.... Historia de un soldado que combate a caballo, Frederic Glüntz, deseoso de entrar en combate para obtener gloria y fama. Allí Frederic comprende que la guerra no tiene nada de heroico.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Arturo Pérez-Reverte son: combate a caballo, fama, ficción histórica, guerras napoleónicas, heroísmo, independencia española, militar, vida militar.

Frases de Arturo Pérez-Reverte

Frases de El húsar Arturo Pérez-Reverte

01. Barro, sangre y mierda. Eso era la guerra, eso era todo, Santo Dios. Eso era todo.

Barro


02. La miseria, el hambre, las injusticias sociales, la religión, dejan poco lugar a las ideas.

Ideas


03. Un duelo es una cuestión entre caballeros, según las reglas, resuelta de forma honorable para los interesados.

Duelo


04. La informe serpiente negra se fue convirtiendo en escuadrón de caballería en cuya cabeza ondeaba el águila imperial.

Serpiente


05. Era un miedo cerval, espantoso, atroz. La cabeza le daba vueltas mientras buscaba con la mirada algún lugar donde guarecerse.

Miedo


06. El estilo agresivo e independiente de los húsares, que tantos quebraderos de cabeza daba en momentos de calma, se revelaba extremadamente útil en campaña.

Campaña


07. Lo inmediato era el color de la sangre, el clamor del acero al chocar con otro acero enemigo, la polvorienta brisa, al galope, de un campo de batalla.

Campo de batalla


08. La guerra. ¡Qué lejos estaba de las enseñanzas de la escuela militar, de los manuales de maniobra, de los desfiles ante una multitud encandilada por el brillo de los uniformes!

Militar


09. (...) Pero que Napoleón sea un rayo de la guerra no significa que su genio se extienda al campo de la música. Es evidente que por ese lado presenta ciertas lagunas.

Músico


10. Honor, Gloria, Patria, Amor... Había un punto sin retorno, al que se llegaba tarde o temprano, en el que todo se tornaba superfluo, adquiría sus límites precisos, su exacta dimensión.

Superfluo


11. La gloria. La palabra volvía una y otra vez a su mente, casi afloraba a sus labios. Le gustaba el sonido de aquellas seis letras. Había algo épico, incluso trascendente en ellas.

Gloria


12. Dios, si es que había un Dios más allá de aquella siniestra bóveda negra que rezumaba humedad y muerte, concedía a los hombres un pequeño rincón de tierra para que ellos, a sus anchas, creasen allí el infierno.

Infierno


13. - ¿Cómo llegó hasta aquí? -El húsar sonrió como si la pregunta fuera una estupidez. -Como usted, supongo. Galopando como alma que lleva el diablo, con tres o cuatro de esos jinetes de peto verde haciéndome cosquillas con sus lanzas en el culo...

Jinete


14. Y ambos salieron al exterior, erguidos, pulcros y recién afeitados, haciendo sonar los sables contra las espuelas, sintiéndose jóvenes y hermosos en el bello uniforme, aspirando con deleite el aire fresco de la madrugada, dispuestos a afrontar a sablazos el reto que la Muerte les lanzaba desde el horizonte todavía sumido en tinieblas.

Reto


15. También aquello era la guerra, se dijo. Hombres y bestias que se movían en la noche, pueblos cuyo nombre no se llegaba a conocer jamás, y que sólo significaban etapas en el camino hacia alguna parte. Y, sobre todo, aquella inmensa tiniebla que parecía cubrir la superficie de la tierra, hasta el punto de que resultaba difícil imaginar que, en otro lugar del planeta, el cielo era en ese mismo instante azul y brillaba el buen padre sol en lo alto.

Planeta


16. Luchó por su vida. Luchó con todo el vigor de sus diecinueve años hasta que el brazo llegó a pesarle como si fuese de plomo. Luchó atacando y parando, tirando estocadas, sablazos, hurtando el cuerpo a las manos que intentaban derribarlo del caballo, abriéndose paso entre aquel laberinto de barro, acero, sangre, plomo y pólvora. Gritó su miedo y su bravura hasta tener la garganta en carne viva. Y por segunda vez se encontró cabalgando fuera de las filas enemigas, a campo abierto, con la lluvia azotándole la cara, rodeado de caballos sin jinete que galopaban enloquecidos. Se palpó el cuerpo y sintió una alegría feroz al no encontrar herida alguna. Sólo al llevarse la mano a la mejilla derecha, que le escocía, la retiró manchada de sangre.

Acero


17. Frederic intentó ponerse en el lugar de aquellos soldados que recoman Europa a pie, con barro hasta los tobillos o bajo el otras veces despiadado sol de España, infantería de suelas agujereadas y pantorrillas endurecidas por marchas agotadoras e interminables. Para ellos, el oficial de húsares, que no gastaba las botas y viajaba a lomos de un hermoso caballo, enfundado en elegante uniforme de un prestigioso regimiento, constituía sin duda un irritante contraste que los enfrentaba con mayor crudeza a su triste realidad de carne de cañón informe y anónima, siempre azuzada por las voces de los malhumorados sargentos, mal vestida y peor alimentada. Y ellos, los de a pie, los del Octavo Ligero, tenían que enfrentarse al trabajo duro, para que después, hecha la tarea principal, los relucientes húsares de a caballo diesen un par de toques aquí y allá, persiguiendo al enemigo que otros habían puesto en fuga y quedándose con la gloria.

Infantería

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