Frases de El gatopardo

El gatopardo

20 frases de El gatopardo (Il gattopardo) de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, libro de 1958.... Historia centrada en la figura del príncipe de Salina, representante de una aristocracia siciliana en decadencia que asiste ve el ascenso de nuevos ricos de origen plebeyo y la unificación de Italia.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Giuseppe Tomasi di Lampedusa son: aristocracia italiana, campesinos, decadencia social, ficción histórica, lucha por el poder, moral burguesa, sicilia, unificación de italia.

Frases de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Frases de El gatopardo Giuseppe Tomasi di Lampedusa

01. La eternidad amorosa dura pocos años.

Amorosa


02. El amor...Fuego y llamas durante un año y cenizas durante treinta.

Llamas


03. Su vanidad es más grande que su miseria.

Vanidad


04. Un palacio del que se conocían todas las habitaciones no era digno de ser habitado.

Palacio


05. Los celos personales, el resentimiento del gazmoño contra el primo despreocupado, del tonto contra el muchacho despabilado, se disimulaban con argumentaciones políticas.

Resentimiento


06. ¿Qué haría el Senado de mí, de un legislador inexperto que carece de la facultad de engañarse a sí mismo, este requisito esencial en quien quiere guiar a los demás?

Guiar


07. Como siempre, la consideración de su muerte lo serenaba tanto como lo turbaba la muerte de los demás. Tal vez porque, a fin de cuentas, su muerte era el final del mundo.

Final


08. Por el rey, es verdad, pero... ¿Por qué rey? (...) Si allí no estamos también nosotros -añadió- ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?

República


09. Cierto es que los dones hay que valorarlos en relación con quien los ofrece: un campesino que me da un pequeño cordero suyo me hace un regalo mayor que el príncipe de Làscari cuando me invita a comer.

Campesino


10. Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos...Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los Gatopardos, los leones. Quienes nos sustituyan serán chacalitos y hienas, y todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra.

Hiena


11. ¿De qué tiene miedo? Aquí solamente estamos nosotros, el viento y los perros. La lista de los testimonios tranquilizadores no era, a decir verdad, muy feliz: el viento es parlanchín por definición, y el príncipe era a medias siciliano. De absoluta confianza solamente eran los perros y sólo porque estaban desprovistos de lenguaje articulado.

Sicilia


12. (...) -Pero esto no es razonar, Fabricio –replicaba Malvica-, no todos los soberanos pueden estar a la altura, pero la idea monárquica continúa siendo la misma. También esto era verdad. -Pero los reyes que encarnan una idea no deben, no pueden descender, por generaciones, por debajo de cierto nivel; si no, mi querido cuñado, también la idea se menoscaba.

Altura


13. (...) Pero la llegada de los jovencitos enamorados fue la que despertó realmente los instintos escondidos en la casa. Mostrábanse ahora por todas partes como hormigas a las que ha despertado el sol, no tan malévolos, pero llenos de vitalidad. La arquitectura, la misma decoración rococó, con sus curvas imprevistas evocaban incluso tendimientos y senos erectos. Cada puerta, cuando se abría, crujía como una cortina de alcoba.

Alcoba


14. Los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria. Cada intromisión, si es de extranjeros por su origen, si es de sicilianos por independencia de espíritu, trastorna su delirio de perfección lograda, corre el peligro de turbar su complacida espera de la nada. Atropellados por una docena de pueblos diferentes, creen tener un pasado imperial que les da derecho a suntuosos funerales.

Vanidad


15. Un hombre de cuarenta y cinco años puede creerse joven todavía hasta el momento en que se da cuenta de que tiene hijas en edad de amar. El príncipe se sintió súbitamente envejecido. Olvidó las millas que recorría cazando, los "Jesús María" que sabía provocar, la propia lozanía actual al final de un largo y penoso viaje. De pronto se vio a sí mismo como una persona canosa que acompaña un cortejo de nietos a caballo en las cabras de Villa Giulia.

Nietos


16. El cansancio estaba fuera de toda proporción con respecto a los resultados, porque incluso a los más expertos tiradores se les hace difícil dar en un blanco que casi nunca existe; y era mucho si el príncipe, de regreso, podía hacer llevar a la cocina un par de perdices, del mismo modo que don Ciccio se consideraba afortunado si por la noche podía depositar sobre la mesa un conejo, el cual, por lo demás, era ipso facto ascendido al grado de liebre, como es costumbre entre nosotros.

Cansancio


17. En Sicilia no importa hacer mal o bien. El pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente le de hacer. Somos viejos, Chevaley, muy viejos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos entonado. Somos blancos como lo es usted, Chevalley, y como la reina de Inglaterra; sin embargo, desde hace dos mil quinientos años somos colonia. No lo digo lamentándome, la culpa es nuestra. Pero estamos cansados y también vacíos.

Sicilia


18. Efectivamente, no se había hablado más del muerto y a fin de cuentas, los soldados son soldados precisamente para morir en defensa del rey. La imagen de aquel cuerpo destripado surgía, sin embargo, con frecuencia en sus recuerdos, como para pedir que se le diera paz de la única manera posible para el príncipe: superando y justificando su extremo sufrimiento en una necesidad general. Y había en torno a él otros espectros todavía menos atractivos que esto. Porque morir por alguien o por algo, está bien, entra en el orden de las cosas, pero conviene saber, o por lo menos estar seguros de que alguien sabe por quién o porqué se muere. Esto era lo que pedía aquella cara desfigurada. Y precisamente aquí comenzaba la niebla.

Príncipe


19. (...) El señor sabe si la he querido. Nos casamos hace veinte años. Pero ella es ahora demasiado despótica y demasiado vieja también. Le había desaparecido el sentido de la debilidad. Todavía soy un hombre vigoroso y ¿Cómo puedo contentarme con una mujer que, en el lecho, se santigua antes de cada abrazo y luego, en los momentos de mayor emoción, no sabe decir otra cosa que ¡Jesús, María!?Cuando nos casamos, cuando ella tenía dieciséis años, todo esto me exaltaba, pero ahora...He tenido con ella siete hijos y jamás le he visto el ombligo. ¿Esto es justo? –Gritaba casi, excitado por su excéntrica angustia-. ¿Es justo? ¡Os lo pregunto a todos vosotros! –Y se dirigía al portal de la Catena-. ¡La pecadora es ella!

Emoción


20. No somos ciegos, querido padre. Solo somos hombres. Vivimos en una realidad móvil a la que tratamos de adaptarnos como las algas se doblegan bajo el impulso del mar. A la santa Iglesia le ha sido explícitamente prometida la inmortalidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que promete durar cien años equivale a la eternidad. Podremos acaso ocuparnos por nuestros hijos, tal vez por los nietos, pero no tenemos obligaciones más allá de lo que podamos esperar acariciar con estas manos. Y yo no puedo preocuparme de lo que serán mis eventuales descendientes en el año 1960. La Iglesia sí debe preocuparse, porque está destinada a no morir. En su desesperación se halla implícito el consuelo. ¿Y cree usted que si pudiese salvarse a sí misma, ahora o en el futuro, sacrificándonos a nosotros, no lo haría? Cierto que lo haría, y haría bien.

Descendientes

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