Frases de El gato que venía del cielo - Página 2

27. Era como si quisiéramos conectarnos con él a través de un mecanismo psicológico en otra dimensión, para paliar así la pérdida definitiva de su presencia, la ausencia irremediable de un ser precioso e irreemplazable.

Pérdida


28. Cerré a golpes uno tras otro todos los postigos de la casa y me marché. De regreso, sin disimular el ruido de las geta [sandalias de madera] al golpear el suelo, le anuncié a mi mujer casi en un grito la muerte del gato.

Pérdida


29. Todos los animales, los gatos sin ir más lejos, tienen su propio carácter, los cuales confiere un interés particular, mucho más que si los metemos a todos en el saco de una misma especie -dijo mi mujer en una ocasión-.

Animales


30. Lo que a ella le resultaba extraño a mí me parecía natural. Y con razón, porque Chibi era un gato misterioso. Aunque ella fuera su legítima dueña, el hecho de hablar con una desconocida sobre aquel triste acontecimiento me causó una ligera conmoción.

Triste


31. El olmo tenía una historia. Bajo el pino joven que crecía a su abrigo yacía un ser pequeño como una perla. Si mi mujer era capaz de pensar en eso al contemplarlo desde la ventana, quizás podría abandonarse a un olvido que llegaría lentamente.

Ventana


32. Sabía que los gatos únicamente abren su corazón a sus dueños, sólo a ellos les muestran su verdadero esplendor. Como matrimonio no habíamos llegado realmente a comprender lo que significaba tener un gato, pero al menos disfrutábamos de la ambigüedad de la situación, por mucho que no pudiéramos reclamar el derecho a los mimos de Chibi.

Esplendor


33. Los precios del suelo, disparados desde mediados de la década de los ochenta, empezaron a desinflarse a partir de la primera mitad de los noventa. El otoño en el que la abuela puso la casa en venta, la crisis ya era un hecho irrefutable. En agosto de 1991 el hundimiento de la economía había rebasado ampliamente las expectativas y el país entero se sumió en un estado de pánico.

Pánico


34. Para escapar del escrutinio de la abuela, Chibi se refugiaba en nuestra casa. Por mi parte, empecé a comprender la psicología de los enamorados de los gatos. Por mucho que me fijase en los que salían en la tele, por mucho que hojeara calendarios o revistas, no encontraba uno solo que superase a Chibi en finura. No obstante, y a pesar de que la convicción de que se trataba de un gato excepcional se apoderó de nosotros, no nos pertenecía.

Gatos


35. Arrebatado por el entusiasmo, el niño jugaba a menudo en la zona donde el sendero giraba sin dejar de proferir en ningún momento unos gritos agudos. Rara vez tenía ocasión de cruzarme con él, dado que nuestro ritmo de vida era muy distinto: yo solía quedarme hasta la medianoche inclinado sobre la mesa de trabajo. Sin embargo, un día se escuchó: " ¡Quiero quedarme con el gato! ". La voz que manifestaba con toda claridad la voluntad infantil franqueó el muro y llegó hasta la mesa donde disfrutábamos de un desayuno tardío. Unos días antes, había visto a un gatito que iba y venía a saltitos por el minúsculo jardín del pabellón, que solo servía para tender la ropa, y al escuchar la voz del niño no pude evitar una sonrisa. Cuando más adelante lo pensé, comprendí que fue en ese instante cuando todo se desencadenó.

Mesa de trabajo

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