Frases de El cuento de la criada

El cuento de la criada

18 frases de El cuento de la criada (The Handmaid's Tale) de Margaret Atwood, libro de 1985.... Mirada futurista a una sociedad totalitaria, con puritanismos extremos de toda índole, falta de libertad y ansias de dominio sobre los seres humanos.

Los principales temas, lugares o acontecimientos históricos que destacan en el libro de Margaret Atwood son: coacción totalitaria, condición de la mujer, derechos humanos, dictadura, distopía, extremistas, falta de libertad, feminismo, sociedad totalitaria.

Frases de Margaret Atwood

Frases de El cuento de la criada Margaret Atwood

01. Sólo se puede pensar claramente con la ropa puesta.

ropa


02. Mejor nunca significa mejor para todos, comenta. Para algunos siempre es peor.

peor


03. Uno sólo puede sentir celos de una persona que tiene algo que debería pertenecerle a uno.

celos


04. Me muero por tocar algo, algo que no sea tela ni madera. Me muero por cometer el acto de tocar.

madera


05. Vive el presente, saca el mayor partido de él, es todo lo que tienes. Tiempo para hacer el inventario.

partido


06. Contando, más que escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido.

prohibición


07. Alguna vez vivieron aquí médicos, abogados, profesores de universidad. Pero ya no existen los abogados, y las universidades están cerradas.

universidades


08. Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que trabajar para ello.

ignorar


09. Desearía no sentir vergüenza. Me gustaría ser una descarada. Me gustaría ser ignorante. Entonces no sabría lo ignorante que soy.

ignorante


10. En cuanto a mi esposo, dijo, es nada más y nada menos que eso: mi esposo. Quiero que esto quede absolutamente claro. Hasta que la muerte nos separe.

esposo


11. La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación.

adaptarse


12. Está sonando la campana que marca el tiempo. Aquí el tiempo se mide con campanas, como ocurría antes en los conventos de monjas. Y, también como en un convento, hay pocos espejos.

convento


13. Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.

cuento


14. Ésta es la clase de detalles que les gusta: arte popular, arcaico, hecho por las mujeres en su tiempo libre con cosas que ya no sirven. Un retorno a los valores tradicionales. No consumir, no desear. Si no consumo, ¿Por qué, a pesar de ello, deseo?

consumir


15. ¿Pero quién puede recordar el dolor, una vez que éste ha desaparecido? Todo lo que queda de él es una sombra, ni siquiera en la mente ni en la carne. El dolor deja una marca demasiado profunda como para que se vea, una marca que queda fuera del alcance de la vista y de la mente.

dolor


16. O a veces, incluso cuando aún estabas amando, te levantabas en mitad de la noche, cuando la luna entraba por la ventana e iluminaba su rostro dormido, oscureciendo las sombras de las cuencas de sus ojos y volviéndolas más cavernosas que durante el día, y pensabas: ¿Quién sabe lo que hacen cuando están a solas, o con otros hombres? ¿Quién sabe lo que dicen, o a dónde van? ¿Quién puede decir lo que son realmente? En la cotidianeidad. Probablemente, en esos momentos pensarías: ¿Y si no me ama?

rostro


17. Pero recuerda que el perdón también es un signo de poder. Implorarlo es un signo de poder, y negarlo o concederlo es un signo de poder, tal vez el más grande. Quizá nada de esto se puede verificar. Quizá no se trata realmente de quién puede poseer a quién, de quién puede hacer qué a quién, incluso la muerte, sin ser castigado. Quizá no se trata de quién puede sentarse y quién tiene que arrodillarse o estar de pie o acostarse con las piernas abiertas. Quizá se trata de quién puede hacer qué a quién y ser perdonado por ello. No me digáis que significa lo mismo.

signo


18. Caer en las garras del amor, dijimos; yo caí en los brazos de él. Éramos mujeres caídas. Creíamos en ello, en este movimiento descendente: tan hermoso como volar, y sin embargo, al mismo tiempo, tan terrible, tan extremo, tan improbable. Dios es amor, dijeron alguna vez, pero nosotras pusimos la frase del revés y el amor, como el Cielo, estaba siempre a la vuelta de la esquina. Cuanto más creíamos en el Amor abstracto y total, más difícil nos resultaba amar al hombre que teníamos a nuestro lado. Siempre esperábamos una encarnación. Esa palabra, hecha carne. Y en ocasiones ocurría, por una vez. Esa clase de amor viene y se va y después es difícil recordarlo, como el dolor. Un día mirabas a ese hombre y pensabas Te amé, y lo pensabas en tiempo pasado, y te sentías maravillada porque haberlo hecho era una tontería, algo sorprendente y precario; y también comprendías por qué en aquel momento tus amigos se habían mostrado evasivos.

brazos

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