Frases de Doctor Zhivago - Página 3

45. A propósito de los sueños. Se suele creer que por la noche se sueña habitualmente en lo que nos ha causado mayor impresión durante el día, en estado de vigilia. Mis observaciones me demuestran lo contrario. Más de una vez he notado que aquellas cosas en las que uno apenas se ha fijado durante el día, las ideas que no quedaron claras, las palabras dichas sin pensar y a las que no se presta atención, vuelven de noche en imágenes concretas y vivas y se hacen objeto de sueños para resarcirse de haber sido descuidadas.

Soñar


46. La muerte de un hombre en manos de otro era un caso raro, extraordinario, un fenómeno que se salía de lo normal. Se creía que los homicidios existían solamente en las tragedias, en las novelas de criminales y en la sección de sucesos de los periódicos, no en la vida normal y diaria. Y de pronto se produce este salto desde una regularidad apacible e inocente a la sangre y a los gemidos, a la locura general, a la incivilidad de cada día y de cada hora, al homicidio legalizado y exaltado. Probablemente, eso no puede suceder sin consecuencias.

Homicidio


47. Era la enfermedad del siglo, la fiebre revolucionaria de la época. En sus propios pensamientos, los hombres eran distintos con respecto a sus palabras y manifestaciones exteriores; cada uno tenía manchada la conciencia y podía, con razón, considerarse culpable de todo, sentirse un ignorado malhechor, un bandido enmascarado. Con el mínimo pretexto, su imaginación se encarnizaba con ellos mismos y su desencadenamiento no conocía límites. Los hombres fantaseaban, se atribuían culpas, no sólo bajo la presión del terror, sino a causa de un morboso deseo de destruirse a sí mismos, en un estado de trance metafísico y poseídos por esa pasión de condenarse a sí mismos que, una vez perdido el freno, no puede ya contenerse.

Revolucionario


48. De pronto ha cambiado todo, el tono, el aire, no se sabe en qué pensar ni a quién escuchar. Como si durante toda la vida te hubiesen llevado de la mano como a una niña y luego, de repente, te soltaran: ¡Has de aprender a caminar sola! Y a nadie tienes a tu alrededor, ni familia ni autoridad. Una quisiera ahora apoyarse en lo esencial, en la fuerza de la vida, o en la belleza o la verdad. Una quisiera confiarse solamente a ellas, ahora que se han venido abajo las instituciones humanas, abandonarse a su dirección más total y más inflexible que lo que fue en tiempos de paz, en esa vida a la que nos habíamos acostumbrado y que no existe.

Esencial


49. No me hagas caso. Quería decir que con respecto a ti estoy celoso de lo que es oscuro e inconsciente, de lo que no se puede explicar ni comprender. Estoy celoso de los objetos de tu tocador, de las gotas de sudor de tu piel, de las enfermedades que están en el aire y pueden atacarte a ti y envenenar tu sangre. Y como si fuera de una infección de esta clase, estoy celoso de Komarovski, que un día te me quitará, del mismo modo que un día tu muerte o la mía habrá de separarnos. Ya sé que todo esto debe parecerte muy complicado. Pero no sé decirlo de una manera más comprensible y clara. Te quiero inconscientemente, hasta enloquecer, sin límites.

Afecto


50. Es extraño que haya de ser yo, una mujer como tantas, quien te explique a ti, tan inteligente, lo que sucede en la vida en general, en la vida rusa y por qué se vienen abajo las familias, la tuya como la mía. No se trata de las personas, de la afinidad mayor o menos de los caracteres, de amores o desamores, sino que todo lo que se ha construido y organizado, todo lo que se refiere a las costumbres, a las relaciones y al orden humano, todo se ha hecho trizas con el desbarajuste de la sociedad y su reconstrucción. Todo lo que pertenecía a la vida cotidiana se ha conmocionado y destruido. Queda tan sólo la fuerza primitiva, no vinculada a la vida de hoy, de una desnuda existencia espiritual ya completamente despojada, para la que nada ha cambiado, porque en todos los tiempos sintió frío, tembló y tendió hacia otra existencia, la que estaba más cerca, tan desnuda y tan sola como ella.

Rusia


51. ¿Cree usted que las calles Tvierskaia y Iámskaia y los vagos de pantalón ceñido que se paseaban por ellas con muchachas con los más absurdos peinados existían solamente en Moscú, solamente en Rusia? No, la calle de la tarde, la crepuscular calle del siglo, las aceras, los caballos de raza podía usted encontrarlos por todas partes. Pero algo caracterizaba esa época y daba a todo el siglo diecinueve una categoría histórica: el nacimiento del pensamiento socialista. Estallaban las revoluciones y muchachos llenos de abnegación se subían a las barricadas. Los escritores trataban por todos los medios de censurar el bestial apetito de dinero y elevar y defender la dignidad humana de los pobres. Y llegó el marxismo, que vio dónde se hallaba la raíz del mal y dónde estaba el medio de curarlo, y se convirtió en la fuerza motriz del siglo. Eso constituyó la época de las calles Tvierskaia y Iámskaia, la suciedad y el fulgor de santidad, la corrupción y las barriadas obreras, las proclamas y las barricadas.

Moscú

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