Frases de Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura

Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura

5 frases de Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (Warera no kyoki wo ikinobiru michi wo oshieyo) de Kenzaburo Oe, libro de 1969.... Tres cuentos, el primero da título al volumen, seguido por "Agüí, el monstruo del cielo" y "El día que él se digne enjugar mis lágrimas", protagonizados por "un hombre obeso".

Frases de Kenzaburo Oe

Frases de Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura Kenzaburo Oe

01. Si existe la otra vida, las almas de los muertos vivirán allí eternamente, y tal como estaban en el instante de morir, es decir, con todos sus recuerdos.

Muertos


02. Cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro impreciso y sutilmente sombrío.

Mirar


03. Desde lo que le sucedió a mi bebé, he querido frenar este crecimiento continuado, y por eso he dejado de vivir en el tiempo de este mundo. Al hacerlo, no descubro nada nuevo ni veo desaparecer nada, de modo que mi cielo, a cien metros de altura, no experimenta ninguna modificación.

Crecimiento


04. El hombre gordo (que, vuelvo a repetirlo, en esa época estaba más delgado que nunca por el exceso de trabajo), al recibir el formulario de inscripción, sin embargo, recordó una palabra latina de las que había aprendido en el primer curso de la universidad: morí, que podía relacionarse tanto con la muerte como con la vida carente de inteligencia de un vegetal, pues significa "bosque" en japonés, y bautizó a su hijo con este nombre.

Japonés


05. El hombre gordo había llegado a la conclusión de que era para que su hijo captara el placer de comer en toda su autenticidad a través del gozo experimentado por un padre en lo más íntimo de su ser, un placer y un gozo que el niño le hacía sentir a su vez gracias a la misteriosa simbiosis que parecía existir entre los dos. Pero después de su experiencia justo al borde del estanque de los osos no puso el mismo fervor que antes en detectar con su lengua los pedazos de cartílago y en analizarlos con minuciosidad; y mientras su hijo ingería, como de costumbre, sus tallarines en silencio a su lado, ya no le resultó tan evidente que el apetito con que comía el niño le provocara gozosas repercusiones en lo más íntimo de su propio ser a él.

Comer

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