Frases de Beatus Ille

Beatus Ille

8 frases de Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina, libro de 1986.... Libro de Antonio Muñoz Molina.

Frases de Antonio Muñoz Molina

Frases de Beatus Ille Antonio Muñoz Molina

01. No le bastaba con las pocas imágenes que un hombre puede o tiene derecho de recordar: se exigía fechas, lugares precisos, tonos exactos de luz y pormenores de ternura, enumeraciones de citas, de palabras, y de tanto pensar en Mariana, se le gastaron los recuerdos...

Ternura


02. Como avergonzándose de haber nacido donde nació y de llevar el nombre que llevaba, pero sin atreverse a descubrir del todo la vergüenza o a cultivar abiertamente el desdén... Dejaba de ser el límite nunca derribado y la medida exacta de la resignación y el fracaso para convertirse en una de sus costumbres.

Resignación


03. Pero no le explicó que era el pudor lo que le impedía pronunciar ante ella su nombre, porque nombrarla era decirlo todo, el insomnio, el amor solo en las sábanas y la memoria recobrando su cuerpo para desearla más y cerrar los ojos hasta que todo se desvanecía en el espasmo cálido y vil...

Insomnio


04. En los insomnios de una celda de condenados a muerte me he sorprendido a mí mismo tratando de recobrar uno por uno los menores sucesos mordido por la perentoria urgencia de no rendir al Olvido ni uno solo de los gestos casuales que más tarde en el recuerdo, relumbraron como signos.

Pena de muerte


05. El dolor que recuerdo, la sensación súbita ya amarga como el sabor de la sangre en la boca golpeada contra un suelo de humedad y cemento, pertenecen a esa sombra, y ya no puedo revivirlas, porque hay ciertas clases de dolor que actúan como una anestesia para la memoria.

Memoria traumática


06. Así que cuando abrí los ojos en aquella casa donde me habían curado y escondido y tardé tantas horas en recordar mi identidad y mi nombre yo ya no era nadie, yo era ese olvido y esa conciencia vacía de la primera hora de mi despertar, y ni siquiera mi cuerpo inerte y las manos que lo iban tocando bajo las sábanas me pertenecían, porque eran tan desconocidos y exteriores a mí como los hierros de la cama y las vigas del techo y ese tumulto de agua incesante que sonaba debajo del pavimento, a veces muy próximo y otras tan remoto como un recuerdo que venía aliado a la sensación del agua, de la humedad, del cieno, de alguien que se ahogaba en sus sueños...

Despertar


07. Tampoco él se reconocería si pudiera volver a verse a sí mismo tal como era antes, pensó Minaya.

Volver


08. Podía oírlos y reconocer cada una de sus voces, porque estaban todos en el gabinete, al otro lado de la puerta, pero allí también, en el cuaderno azul, en las últimas páginas que ahora empezaba a leer, preguntándose quién de ellos, quién de los vivos o de los muertos había sido un asesino treinta y dos años atrás...

Asesino

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