Frases de Sigrid Undset - Página 2

Sigrid Undset

24. El amor al propio yo, a algo que en realidad nada es, conduce al abismo de la nada; es una carrera tras una meta ilusoria e irreal. "Santa Catalina de Siena" (1951), Sigrid Undset

Irreal


25. Dios creó de la nada a todas sus criaturas, y si la misericordia de Dios no conservase su existencia, al instante volverían todas a la nada. "Santa Catalina de Siena" (1951), Sigrid Undset

Misericordia


26. Contempla cómo permanezco llamando a tu puerta. Cualquiera que que oiga mi voz y me abra la puerta entraré y cenaré con él y él conmigo. "La zarza ardiente" (1931), Sigrid Undset

Puerta


27. La sangre que caía de la cruz para la redención de todos los pecados y la curación de todos los dolores era el milagro visible. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Cruz


28. A veces le toca a un hombre lo que estaba destinado a otro, pero nadie puede jamás obtener ni el carácter ni las aptitudes de otro. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Aptitudes


29. ¿Eran corderos que se dejaban deslumbrar por una palabra fácil y una actitud atrevida, que llegaron a creer que en aquel hombre había madera de jefe? "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Jefe


30. Pero seguramente no creerás, Cristina, que ningún hombre casado haya vivido sin tener que protegerse del demonio, del mismo modo que tendría que proteger del lobo los corderos. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Casado


31. Tus oraciones y las misas por el descanso de su alma constituyen un lazo entre nosotros y él. ¿De qué modo? Esto forma parte de los misterios que difícilmente comprendemos. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Oración


32. Estoy cansado, cansado, cansado, Dios, de todos los rodeos intentados por mi ánimo vacilante. Y ahora vengo a ti a pedirte que te abras a mí; que te reveles a mí. "La zarza ardiente" (1931), Sigrid Undset

Dios


33. En su delirio no hacía sino murmurar, gritar con fuerza y agitar sus brazos en todas direcciones como si tuviera visiones espantosas. No se podía entender lo que decía. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Murmurar


34. Era como si su Señor, en su poder y gloria, permitiese que hasta las cosas más triviales se impregnasen de lo maravilloso y majestuoso cuando Catalina se ocupaba de ellas. "Santa Catalina de Siena" (1951), Sigrid Undset

Señor


35. Dios te encontrará -dijo el sacerdote con dulzura-. Tranquilízate y no le huyas, piensa que él te ha buscado aún antes de que existieras en las entrañas de tu madre. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Sacerdote


36. La sombra de las nubes resbalaba sobre los grandes espacios, al norte; pero sobre las cumbres el cielo estaba despejado. Las cumbres, desprovistas de su capa de brumas, eran una sucesión de azules. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Nubes


37. Había regresado a Haugen para suplicarle que regresara al hogar, que llenara todos los días su copa de inquietudes y de incertidumbres, de temores y vanas esperanzas, de aspiraciones que se desvanecerían... "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Copa


38. (...) Y al mismo tiempo ella suspiraba con una dulzura nostálgica por un nuevo peso. Suspiraba con tierno vértigo por quien elegiría domicilio en sus entrañas por espacio de nueve largos meses. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Vértigo


39. Mientras el frío envaraba poco a poco su cuerpo, emprendió de nuevo una de sus evasiones nocturnas, que tanto conocía, e intentó abrirse un camino hacia un refugio de paz para su corazón. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Refugio


40. En este mundo, donde los seres sólo se unen y engendran nuevas generaciones bajo la atracción de las pasiones de la carne, el dolor y las decepciones son tan inevitables como las heladas otoñales. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Decepción


41. ¿Sabes, (...), que por vieja que sea no me disgusta que los hombres me crean lo bastante bonita como para querer cerrarme el paso? Un hombre correcto sólo podía contestar a esas palabras de una manera. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Bonita


42. Todos disfrutaban con la lectura, pero a Cristina la turbaba y desesperaba; pensaba en su propio corazón, que tan bien conocía lo justo y lo bueno y, no obstante, se inclinaba siempre hacia la iniquidad. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Lectura


43. Era terrible viajar en aquella época, en pleno invierno, subiendo a los valles y cogiendo luego el barco hasta Nidaros. Pero viajaba para servir al rey, de modo que el refunfuñar no le servía de nada. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Rey


44. No se había creído capaz de sufrir de aquel modo, eran ya demasiadas las veces que se había sentido morir, pero aún esta vez experimentaba cómo el corazón le estallaba en pedazos. "Cristina hija de Lavrans" (1920), Sigrid Undset

Corazón roto


45. El anhelo de soledad y las leyendas de los padres del desierto, que le tenían absorbido el pensamiento, la hacían sonar a Catalina en un agujero en el desierto donde poder ocultarse para hablar solamente con Dios. "Santa Catalina de Siena" (1951), Sigrid Undset

Desierto


46. Si una herida no se limpia con hierro candente y el bisturí del cirujano cuando es necesario, se infectará y, al final, acarreará la muerte. Poner ungüentos puede ser agradable para el enfermo, pero no mejorará con ellos. "Santa Catalina de Siena" (1951), Sigrid Undset

Enfermo

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