Frases de Robert Louis Stevenson - Página 7

01. Los muertos no muerden. "La isla del tesoro" (1883)

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02. Yo soy el que se ríe el último; soy yo quien ha gobernado este maldito asunto desde el principio; y os tengo ahora mismo el miedo que podía tenerle a una mosca. Puede usted matarme, si quiere, o dejarme ir. Pero una cosa voy a decirle, y no la repetiré: si me deja libre, lo pasado, pasado, y cuando os juzguen por piratas, trataré de salvar a todos los que pueda. Esa es la única elección, y no a mí a quien corresponde. Matando a uno más no ganaréis nada, pero, si me dejáis con vida, tendréis un testigo a vuestro favor para salvaros del patíbulo. "La isla del tesoro" (1883)

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03. Todo el interior de la empalizada en el declive de la duna había sido rozado para levantar el fortín, y como mudos testigos quedaban las rotas cepas que indicaban la vieja y hermosa arboleda. El suelo había sido erosionado por las aguas o por el aluvión, al perder la protección del bosque, y sólo por donde corría el arroyuelo se veía ahora una capa de musgo, algunos helechos y yedra. Pero ya en los límites de la empalizada, el bosque recobraba su densidad lo que perjudicaba ciertamente nuestra defensa, pletórico de abetos en las zonas más interiores, y de encinas, hacia el mar. "La isla del tesoro" (1883)

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04. Cuando embarranquemos -pregunté-, ¿Cómo podremos volver a sacarlo a flote? -Ah -replicó-, tú tomas una maroma y la llevas a tierra, cuando la marea ya esté baja; la fijas en uno de aquellos grandes pinos; la traes a bordo y le das otra vuelta en el cabestrante, y ya no hay más que esperar la pleamar, y sale a flote él solo como la cosa más natural. Y ahora, muchacho, pon atención. Estamos ya sobre el sitio justo y el barco navega demasiado rápido. ¡Un poco a estribor! ¡Ahí! ¡Sostén firme! ¡A estribor!... ¡Ahora un poco a babor! ¡Sostén firme! "La isla del tesoro" (1883)

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05. Alguna vez imaginaba la isla poblada de salvajes, con los que combatíamos; otras la veía llena de peligrosas fieras que nos acosaban. Pero ninguno de mis sueños fue tan trágico y sorprendente como las aventuras que realmente nos sucedieron después. "La isla del tesoro" (1883)

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06. La isla no estaba habitada; mis compañeros se habían quedado muy atrás, y ante mí no palpitaba más que la vida salvaje de misteriosos animales y extrañas plantas. Anduve vagando sin rumbo bajo los árboles. A cada paso descubría plantas en flor que me eran desconocidas; vi alguna serpiente, y una de ellas irguió de improviso su cabeza sobre un peñasco y escuché su silbido áspero como el de un trompo al girar. ¡Si hubiera sabido que se trataba de un enemigo mortal y que aquel sonido era el famoso cascabel! "La isla del tesoro" (1883)

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07. La marea es fuerte y nos desvía... Hay que remar con más fuerza... Hay que luchar contra la corriente. "La isla del tesoro" (1883)

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08. Dicen que la cobardía es contagiosa; pero la discusión, por el contrario, enardece. "La isla del tesoro" (1883)

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09. El corazón me latía en la boca, cuando salimos al frío de la noche y emprendimos nuestra peligrosa aventura. "La isla del tesoro" (1883)

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10. Ante nosotros, por encima de las copas de los árboles, veíamos el cabo Boscoso batido por el oleaje; detrás no solamente podíamos divisar el fondeadero y la Isla del Esqueleto, sino hasta la franja de arena y el terreno más bajo de la parte oeste, y más allá, la inmensa extensión del océano. El Catalejo se alzaba poderoso ante nosotros, con algunos pinos aislados y sus formidables precipicios. No se escuchaba otro ruido que el de las lejanas rompientes, que parecía subir de toda la costa hacia la cima del monte, y el zumbido de los infinitos insectos de aquellos matorrales. No se descubría presencia humana alguna; ni una vela en la mar; la grandeza del paisaje aumentaba la sensación de soledad. "La isla del tesoro" (1883)

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11. -Eres un chico valiente, y además eres inteligente -dijo Silver apretando su mano con tal fuerza, que hasta el barril donde yo estaba tembló-, y te diré que tienes la mejor estampa de caballero de fortuna que han visto estos ojos. Yo ya había empezado a entender el sentido de aquellas palabras. Cuando él decía "caballeros de fortuna", se refería, ni más ni menos, a vulgares piratas. "La isla del tesoro" (1883)

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12. Los caballeros de fortuna -replicó Silver- no suelen fiarse demasiado unos de otros, y tienen razón para ello, creedme. Pero conmigo sucede que, si alguien corta amarras y deja al viejo John en tierra, no dura mucho sobre este mundo. Muchos le tenían miedo a Pew, y muchos también a Flint; pero Flint tenía miedo de mí. No le daba vergüenza confesarlo. Y la tripulación de Flint, que fue la gente más feroz y despiadada que se mantuvo nunca sobre una cubierta, el demonio mismo se hubiera acobardado de navegar con ellos, pues bien, voy a deciros algo: ya sabéis que no soy hombre fanfarrón, nadie más llano que yo en el trato... Pues, cuando yo era cabo, el más curtido de los bucaneros de Flint era el cordero más manso delante del viejo John. Sí, muchacho, puedes estar seguro. "La isla del tesoro" (1883)

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Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson

Escritor, novelista, ensayista, poeta y abogado escocés, autor de "Narraciones maravillosas" (1882), "La isla del tesoro" (1883), "El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde" (1886) y "Secuestrado" (1886).

Biografía Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson es el único hijo del del ingeniero y constructor de faros Thomas Stevenson y de Margaret Isabella Balfour.

En 1857 comienza su educación escolar en "Mr Henderson’s School", estudiando luego en la Edinburgh Academy y finalmente obteniendo una licenciatura en derecho en la Universidad de Edimburgo.

En uno de sus numerosos viajes, Robert Louis Stevenson conoce a Fanny Osbourne en California (Estados Unidos) y contrae matrimonio en 1879.

En 1882 publica "Narraciones maravillosas" y obtiene cierta notoriedad, luego ampliada con la publicación de "La isla del tesoro" (1883), "El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde" (1886), "Secuestrado" (1886) y "La flecha negra" (1888).

En 1888 Robert Louis Stevenson inicia junto a su esposa un crucero de placer por el sur del Pacífico que los condujo hasta las islas Samoa, donde viviría hasta su muerte.

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