Junichiro Tanizaki - Página 3

Frases de Junichiro Tanizaki (página 3 de 3)

45. Es un lujo, lo admito, insistir en nombre del buen gusto en detalles tan triviales de la vida cotidiana. Siempre habrá alguien que me argumente que lo esencial es que podamos defendernos de las diferencias de temperatura y del hambre y que la forma importa poco. "El elogio de la sombra" (1933)

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46. De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. "El elogio de la sombra" (1933)

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47. A veces por la noche, al contemplar el campo desde la ventanilla de un tren, he podido percibir, a la sombra de los shoji de una granja, una bombilla que brillaba, solitaria, bajo una de esas delgadas pantallas pasadas de moda y lo he encontrado de un gusto exquisito. "El elogio de la sombra" (1933)

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48. Era en tales ocasiones cuando una se daba cuenta del valor real de la gente. Se había resignado a soportar sus maneras dispendiosas, su inconstancia, pero había perdido toda esperanza al ver que no estaba dispuesto a sacrificar la raya de sus pantalones por su futura esposa. "Las hermanas Makioka" (1936)

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49. ¿Será verdad hasta cierto punto que no hay frontera definitiva entre lo bueno y lo malo? Obviamente, se trata de una cuestión de grado, pero tampoco estoy convencido de que la diferencia entre los buenos y los malos sea tan ambigua, como creería mucha gente ordinaria. Hay criterios que nos posibilitan delimitar claramente las dos categorías. "Historia de la mujer convertida en mono" (1918)

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50. (...) Pero eso que generalmente se llama bello no es más que una sublimación de las realidades de la vida, y así fue como nuestros antepasados, obligados a residir, lo quisieran o no, en viviendas oscuras, descubrieron un día lo bello en el seno de la sombra y no tardaron en utilizar la sombra para obtener efectos estéticos. "El elogio de la sombra" (1933)

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51. Aunque sus piernas son largas y elegantes, difícilmente se las podría considerar armónicas. Las pantorrillas son protuberantes y los tobillos no tan delgados como debieran. Pero, más que las piernas esbeltas, de aspecto extranjero, siempre me han gustado las piernas un poco arqueadas de la anticuada mujer japonesa, como las de mi madre y mi tía. "La llave" (1956)

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52. Cuando era joven lo que más me gustaba era la primavera, y en cambio ahora me ilusiona más el otoño. Según se hace uno viejo va llegando a una especie de resignación, una disposición a aceptar el propio declive de acuerdo con las leyes de la naturaleza, y se llega a desear una vida tranquila y equilibrada. "El cortador de cañas" (1932)

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53. La llanura de Yamashiro, que rodea Kioto por el este, y la que forman las provincias de Settsu, Kawachi e Izumi en torno a Osaka por el oeste, se contraían aquí en un paso estrecho por el que discurría un solo río caudaloso. De modo que Kioto y Osaka están unidas por el río Yodo, pero tienen diferente clima y cultura, y la divisoria está ahí. "El cortador de cañas" (1932)

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54. En realidad, la belleza de una habitación japonesa, producida únicamente por un juego sobre el grado de opacidad de la sombra, no necesita ningún accesorio. Al occidental que lo ve le sorprende esa desnudez y cree estar tan sólo ante unos muros grises y desprovistos de cualquier ornato, interpretación totalmente legítima desde su punto de vista, pero que demuestra que no ha captado en absoluto el enigma de la sombra. "El elogio de la sombra" (1933)

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55. Un amante de la arquitectura que quiera construirse en la actualidad una casa en el más puro estilo japonés tendrá que preparase a sufrir numerosos sinsabores con la instalación de la electricidad, el gas y el agua y, aunque no haya pasado personalmente por la experiencia de construir, bastará con que entre en la sala de una casa de citas, de un restaurante o de un albergue para apreciar el esfuerzo empleado en integrar armoniosamente tales dispositivos en una estancia de estilo japonés. "El elogio de la sombra" (1933)

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56. (...) Precisamente esa luz indirecta y difusa es el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Y para que esta luz gastada, atenuada, precaria, impregne totalmente las paredes de la vivienda, pintamos a propósito con colores neutros esas paredes enlucidas. Aunque se utilizan pinturas brillantes para las cámaras de seguridad, las cocinas o los pasillos, las paredes de las habitaciones casi siempre se enlucen y muy pocas veces son brillantes. Porque si brillaran se desvanecerían todo el encanto sutil y discreto de esa escasa luz. "El elogio de la sombra" (1933)

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57. Deja a un lado la humildad. Sabes muy bien cuánto vale tu belleza. Encuentro misterio en cada una de las partes de tu cuerpo. Veo brotar desde el fondo de tus pupilas una fuente inagotable de ternura y sensualidad. En la comisura de tus labios florece la mala hierba que seduce a los hombres como si se tratara de una flor carnívora. Lo que toques con tus manos o con tus pies se ilumina de júbilo, así como se va purificando el suelo al paso de los dioses. "Historia de la mujer convertida en mono" (1918)

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58. Kaya se extiende sobre la divisoria de tres provincias, Yamashiro, Kawachi y Settsu, y es uno de los puertos más importantes del país. Todo el que viaje en una u otra dirección, procedente del oeste, del este, del sur o del norte, tiene que pasar por aquí. Mujeres jóvenes y viejas de todo el país se reúnen en este lugar para ofrecer sin recato la venta de sus favores. Visitan las aldeas, amarran su barca a las puertas y esperan a los clientes en el río. "El cortador de cañas" (1932)

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59. Lo que más me mortificó de aquel escándalo fue el deterioro que sufrió mi sentimiento de superioridad. No me importa tanto que la gente del común me trate de estafador, malvado o sinvergüenza. Ya que me es innata -lo reconozco abiertamente- esta inclinación hacia lo inmoral, me sientan muy bien tales calificativos. Pero por más malvado o sinvergüenza que lograra ser, pude seguir considerándome como miembro de una clase privilegiada de la sociedad, gracias a mi vocación artística y al nivel intelectual, a mi juicio muy superior al de las personas normales. "Historia de la mujer convertida en mono" (1918)

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60. Un pabellón de té es un lugar encantador, lo admito, pero lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés. Siempre apartados del edificio principal, están emplazados al abrigo de un bosquecillo de donde nos llega un olor a verdor y a musgo; después de haber atravesado para llegar una galería cubierta, agachado en la penumbra, bañado por la suave luz de los shòji y absorto en tus ensoñaciones, al contemplar el espectáculo del jardín que se despliega desde la ventana, experimentas una emoción imposible de describir. "El elogio de la sombra" (1933)

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61. Por lo tanto no parece descabellado pretender que es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento. Nuestros antepasados, que lo poetizaban todo, consiguieron paradójicamente transmutar en un lugar del más exquisito buen gusto aquel cuyo destino en la casa era el más sórdido y, merced a una estrecha asociación con la naturaleza, consiguieron difuminarlo mediante una red de delicadas asociaciones de imágenes. Comparada con la actitud de los occidentales que, deliberadamente, han decidido que el lugar era sucio y ni siquiera debía mencionarse en público, la nuestra es infinitamente más sabia porque hemos penetrado ahí, en verdad, hasta la médula del refinamiento. "El elogio de la sombra" (1933)

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62. Los chinos también aprecian esa piedra llamada jade: ¿Acaso no es preciso ser extremo-oriental, como nosotros, para encontrar atractivos esos bloques de piedra extrañamente turbios que atesoran en lo más recóndito de su masa unos fulgores fugaces y perezosos, como si se hubiese coagulado en ellos un aire varias veces centenario? ¿Qué es lo que nos atrae en esa piedra que no tiene ni el colorido del rubí o de la esmeralda ni el brillo del diamante? Lo ignoro, pero ante esa turbia superficie, siento que esta piedra es específicamente china, como si su cenagoso espesor estuviese formado de aluviones depositados lentamente desde el pasado lejano de la civilización china, y tengo que reconocer que no me sorprende la predilección de los chinos por esos colores y sustancias. "El elogio de la sombra" (1933)

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63. Nuestros contemporáneos, que viven en casas claras, desconocen la belleza del oro. Pero nuestros antepasados, que vivían en mansiones oscuras, experimentaban la fascinación de ese espléndido color, pero también conocían sus virtudes prácticas. Porque en aquellas residencias pobremente iluminadas, el oro desempeñaba el papel de un reflector. En otras palabras, el uso que se hacía del oro laminado o molido no era un lujo vano, sino que, merced a la razonable utilización de sus propiedades reflectantes, contribuía a dar todavía más luz. Si se admite esto se comprenderá el extraordinario favor de que gozaba el oro: mientras que el brillo de la plata y de los demás metales se apaga muy deprisa, el oro en cambio ilumina indefinidamente la penumbra interior sin perder nada de su brillo. "El elogio de la sombra" (1933)

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