Frases de Gabriel García Márquez - Página 14

Gabriel García Márquez

378. Se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. "Cien años de soledad" (1967), Gabriel García Márquez

Ceguera


379. El pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera. "Cien años de soledad" (1967), Gabriel García Márquez

Tenaz


380. Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia. Al final, uno se pregunta cuál de las dos cosas será la menos sensata. "El olor de la guayaba" (1982), Gabriel García Márquez

Mujeres


381. La clandestinidad compartida con un hombre que nunca fue suyo por completo, y en la que más de una vez conocieron la explosión instantánea de la felicidad, no le pareció una condición indeseable. "El amor en los tiempos del cólera" (1985), Gabriel García Márquez

Explosión


382. La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación. "Doce cuentos peregrinos" (1992), Gabriel García Márquez

Escrito


383. El frío fue más intenso en las horas de la madrugada y me parecía que mi cuerpo se había vuelto resplandeciente, con todo el sol de la tarde incrustado debajo de la piel. "Relato de un náufrago" (1970), Gabriel García Márquez

Frío


384. La experiencia más apasionante de mi vida ha sido la de ayudar a crecer a mis dos hijos, y creo que lo que he hecho mejor en la vida no son mis libros sino mis hijos. "El olor de la guayaba" (1982), Gabriel García Márquez

Hijos


385. (...) En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo.

Diccionarios


386. Antes me había sentido vinculado a él por sentimientos complejos, en ocasiones contradictorios y tan variables como su personalidad. Pero en aquel instante no tuve la menor duda de que había empezado a quererlo entrañablemente. "La Hojarasca" (1955), Gabriel García Márquez

Gustar


387. No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza. "Relato de un náufrago" (1970), Gabriel García Márquez

Optimismo


388. En su fondo, todo el mundo debía saber que una mujer laboriosa que de la noche a la mañana pasa a ser concubina de un médico rural, termina, tarde o temprano, atendiendo un botiquín. "La Hojarasca" (1955), Gabriel García Márquez

Médico


389. (...) También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo. "El coronel no tiene quien le escriba" (1961), Gabriel García Márquez

Pensión


390. "No podemos intervenir en la rotación de la tierra", dijo Delaura. "Pero podríamos ignorarla para que no nos duela", dijo el obispo. "Más que la fe, lo que a Galileo le faltaba era corazón". "Del amor y otros demonios" (1994), Gabriel García Márquez

Tierra


391. En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces. "El olor de la guayaba" (1982), Gabriel García Márquez

Importancia de la mujer


392. Allí tomaba los alimentos que Visitación le llevaba dos veces al día, aunque en los últimos tiempos perdió el apetito y sólo se alimentaba de legumbres. Pronto adquirió el aspecto de desamparo propio de los vegetarianos. "Cien años de soledad" (1967), Gabriel García Márquez

Alimentos


393. Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los cantos de la costumbre. "Doce cuentos peregrinos" (1992), Gabriel García Márquez

Juntos


394. Ella suspiró: Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte años y sólo vuelves para pedir imposibles. Recobró enseguida el dominio de su arte y me ofreció una media docena de opciones deleitables, pero eso sí, todas usadas. "Memoria de mis putas tristes" (2004), Gabriel García Márquez

Opciones


395. Tenía mi ética propia. Nunca participé en parrandas de grupo ni en contubernios públicos, ni compartí secretos ni conté una aventura del cuerpo o del alma, pues desde joven me di cuenta de que ninguna es impune. "Memoria de mis putas tristes" (2004), Gabriel García Márquez

Ética


396. Y váyase ahora que todavía es joven, porque un día será demasiado tarde, y entonces no se sentirá ni de aquí ni de allá. Se sentirá forastero en todas partes, y eso es peor que estar muerto. "El general en su laberinto" (1989), Gabriel García Márquez

Forastero


397. (...) Lo estremeció la revelación deslumbrante de que la loca carrera entre sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final. El resto eran las tinieblas. Carajos... ¡Cómo voy a salir de este laberinto! "El general en su laberinto" (1989), Gabriel García Márquez

Revelación


398. La pimienta picante, el profundo silencio de la casa y la sensación de desconcierto que en aquel instante ocupaba su corazón, lo transportaron de nuevo a su escueto cuartito de principiante en el ardiente mediodía de Macondo. "La mala hora" (1962), Gabriel García Márquez

Macondo


399. La realidad es que no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era mía. "Vivir para contarla" (2002), Gabriel García Márquez

Estudiante


400. Su modo de ser era tan sigiloso que parecía una criatura invisible. Asustada con tan extraña condición, la madre le colgaba un cencerro en el puño para no perder su rumbo en la penumbra de la casa. "Del amor y otros demonios" (1994), Gabriel García Márquez

Penumbra


401. Un pájaro extraviado apareció en el patio y estuvo como media hora dando saltitos de inválido por entre los nardos. Cantó una nota progresiva, subiendo cada vez una octava, hasta cuando se hizo tan aguda que fue necesario imaginarla. "La mala hora" (1962), Gabriel García Márquez

Patio


402. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando andaba buscando las Indias. "Yo no vengo a decir un discurso" (2010), Gabriel García Márquez

Creatividad


403. Se le miraba curiosidad, como a un sombrío animal que había permanecido durante mucho tiempo en la sombra y reaparecía observando una conducta que el pueblo no podía considerar sino como superpuesta y por lo mismo sospechosa. "La Hojarasca" (1955), Gabriel García Márquez

Conducta


404. Sabía que iba a casarse el sábado siguiente, en una boda de estruendo, y el ser que más la amaba y había de amarla hasta siempre no tendría ni siquiera el derecho de morirse por ella. "El amor en los tiempos del cólera" (1985), Gabriel García Márquez

Amor no correspondido


405. No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? Bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible. "El olor de la guayaba" (1982), Gabriel García Márquez

Alpinistas


406. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. "Doce cuentos peregrinos" (1992), Gabriel García Márquez

Mujer hermosa

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