Frases de Bohumil Hrabal

La puerta se abre, entra un gigante y con él el tufo del río, toma una silla y la parte en dos, con sus manos de mortero persigue a los clientes asustados, los hace retroceder a los rincones, los tres jóvenes se arriman contra la pared como si se quisieran hundir en ella, aterrados como las flores, como los pensamientos bajo un aguacero, al final el gigante alza los dos mazos como si fuera a matar a alguien, pero de súbito los mazos se convierten en dos batutas con las que el monstruo marca el compás de su canción... Palomita cenicienta, ¿Dónde has estado?... Canta dulcemente y al acabar tira los restos de la silla, se la paga al camarero y, una vez en la puerta, da media vuelta y dice a los clientes horrorizados... Señores, soy el ayudante del verdugo... Y desaparece, infeliz, soñador, tal vez fue él quien, hace un año, delante del matadero de Holesovice me puso por la noche el puñal al cuello, sacó un trozo de papel y me leyó un poema sobre los hermosos paisajes de los alrededores de Rícany, después me pidió disculpas diciendo que ésa era la única forma de obligar a la gente a escuchar su poema. Una soledad demasiado ruidosa

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Mi perro lobo con los pulmones reventados tuvo fuerzas para llegar a casa con la compra, aún pude acariciarlo y darle un terrón de azúcar como recompensa, pero el perro no se lo pudo comer, colocó su cabeza en mi regazo y así se fue muriendo poco a poco; el caballo se inclinaba sobre él desde detrás de mí, lo olfateaba, después se acercaron la cabra y la gata que acostumbraba a dormir con el perro y que no se dejaba acariciar nunca, aunque creo que de todos mis animales la gata era la que más me quería; cuando estaba tumbada, yo le hablaba y ella se retorcía y me miraba llena de agradecimiento y sacaba las uñas de placer como si le acariciara el cuello o la barriga, pero en el momento en que alargaba la mano para hacerlo de verdad, por la fuerza de su timidez salvaje retrocedía lejos del alcance de mis dedos... La gata se acercó y se acurrucó igual que un gusano contra el perro, le acerqué la mano, la gata tenía los ojos fijos en los del perro, intenté acariciarla, ella me miró como si le hubiera hecho algo horrible, cerró los ojos y metió la cabeza entre el pelo de su compañero muerto para no ver aquello que la horrorizaba y a la vez anhelaba... Yo, que he servido al rey de Inglaterra

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Y me marché del hospital solo; cuando me miraba en los escaparates no me reconocía, buscaba mi cara pero no estaba, como si yo fuera otra persona diferente..., y me quedé solo delante de mí mismo ante el escaparate, casi podía olerme, pero seguía pensando que era otra persona distinta, hasta que levanté la mano y el del reflejo también levantó la mano, levanté la otra mano, aquel de allí también lo hizo, y miré y junto a un pretil estaba un albañil, un tiarrón enorme vestido de blanco, todo manchado y rugoso de cal; en la acera había un extintor marca Minimax, y aquel albañil me miraba y liaba con los dedos un cigarrillo, luego se lo llevó a los labios, encendió una cerilla, le dio la vuelta a la cerilla hacia el cestito formado por las palmas de las manos y se inclinó y encendió el cigarrillo, pero sin dejar de mirarme, como si entre nosotros siguiera estando aquella puerta en el hotelito de Bystrice, cerca de Benesov, una puerta entreabierta en cuyo resquicio yo apoyé el ojo desde un lado y desde el otro lado el albañil..., aquella vez me sentí como si alguien desde el otro lado hubiera cogido el mismo pestillo que yo. Y ahora sabía que aquel enorme viejo albañil de la ropa manchada de cal era Dios disfrazado... Trenes rigurosamente vigilados

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Y yo estaba en medio de las vías y sentía que alguien me miraba, me volví y en la ventana abierta del sótano vi los ojos de la mujer del jefe de estación, que, allí en la oscuridad, le daba de comer a un ganso y me miraba. Yo le tenía cariño, a la mujer del jefe de estación; le gustaba ir por la noche a sentarse a la oficina, hacía un mantel de ganchillo; había tanto silencio cuando hacía ganchillo, de sus dedos salían sin parar flores y pájaros, encima de la mesa de telégrafos tenía una especie de libro hacia el que se inclinaba para buscar instrucciones sobre cómo coger los puntos, como si tocara la cítara y leyera las notas. Pero los viernes ajusticiaba conejos, cogía entonces de la conejera un conejo, se lo ponía entre las piernas y después le ponía en el cuello un cuchillo poco afilado y le iba haciendo un corte al animalito, que emitía un pitido, un pitido que duraba mucho, hasta que al cabo de un rato su vocecita se hacía más débil, pero la mujer del jefe de estación lo miraba como si estuviera haciendo un mantel de ganchillo. Decía que así, cuando el conejo se desangra, la carne es mucho más rica, más tierna. Trenes rigurosamente vigilados

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(...) Pero con los años me acabé acostumbrando, cargaba bibliotecas enteras de libros que no tenían precio, encuadernados en piel y en marroquí, provenientes de castillos y palacios, llenaba con ellos vagones enteros y cuando tenía treinta vagones cargados, el tren se llevaba aquellos tesoros hacia Suiza y hacia Austria, a corona el kilo, y a nadie le parecía extraño, nadie lloraba, yo tampoco, me limitaba a acompañar el último vagón con la mirada, sonriendo, el último vagón del tren que llevaba magníficas bibliotecas a Suiza y Austria, a corona el kilo. Empecé a encontrar en mí la fuerza necesaria para afrontar la desgracia con sangre fría, para disimular mi emoción, empecé a darme cuenta de que la devastación y la catástrofe son un espectáculo de una belleza exquisita, cargaba más y más vagones y más y más trenes que salían de la estación en dirección a occidente, a corona el kilo; apoyado en un poste seguía con la mirada el farolillo rojo que colgaba del último vagón, y me parecía a Leonardo da Vinci que, apoyado en una columna, miraba cómo los soldados franceses elegían su estatua ecuestre como blanco de sus disparos y la destruían y desmenuzaban, y, como yo ahora, también Leonardo se quedó observando atentamente y con satisfacción aquel espectáculo espantoso, y es que Leonardo sabía, ya en aquellos tiempos, que el cielo no es humano y que el hombre que piensa tampoco lo es. Una soledad demasiado ruidosa

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Me encontraba en la estación de Praga, en el andén en dirección a Tábor, la que yo debía tomar para llegar hasta el hotel Plácido, y queriendo mirar el reloj para saber la hora alcé el brazo, y cuando me subía la manga del puño, levanté los ojos un poco y qué es lo que vi: una vez más lo increíble se había hecho realidad y vi a Zdenek, ¡De pie al lado del quiosco! Me quedé boquiabierto, con mi mano inmóvil sobre la manga subida, mientras Zdenek miraba a su alrededor como si esperase a alguien, después levantó el puño, sí, seguramente esperaba a alguien porque él también miraba el reloj; de pronto se me acercaron tres hombres con abrigos de cuero, me cogieron las manos, yo aún tenía la mano sobre el reloj, veía a Zdenek que me miraba alucinando, y lívido observaba cómo aquellos hombres, alemanes, me metían en un coche, mientras yo me preguntaba sorprendido adónde me llevaban y por qué; me llevaron a la cárcel de Pankrác, se abrió la gran puerta, los alemanes me condujeron a una celda donde me tiraron como si fuera un criminal... En un primer momento me quedé confuso, pero después me alegré con mi destino, sí, estaba contento y sólo temía que me soltaran demasiado pronto, deseaba permanecer encarcelado, que me llevasen a un campo de concentración, porque sabía que la guerra acabaría pronto, me felicitaba por haber sido detenido precisamente por los alemanes, y entonces se abrió la puerta y los alemanes me llevaron al interrogatorio; después de darles todos mis datos, el juez de instrucción me preguntó severamente: ¿A quién esperaba? Y yo dije que a nadie, y en aquel momento se abrió la puerta, entraron dos de paisano, se me echaron encima, me rompieron la nariz y dos dientes y me tiraron al suelo para volver a preguntarme a quién esperaba, quién tenía que pasarme mensajes secretos, y yo dije que había llegado a Praga de visita, para dar una vuelta, y uno de ellos me cogió por el pelo y me golpeó la cabeza contra el suelo, el juez de instrucción gritaba que mirar el reloj era una señal convenida y que yo era miembro de una organización comunista clandestina... Yo, que he servido al rey de Inglaterra

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Influencias

Autores relacionados

Milan Kundera

Bohumil Hrabal


Escritor, poeta y novelista checo, autor de "Trenes rigurosamente vigilados" (1964), "Yo, que he servido al rey de Inglaterra" (1971), "Una soledad demasiado ruidosa" (1977) y "Bodas en casa" (1986).

Nombres

RealBohumil Frantisek Kilián

Biografía Bohumil Hrabal

Bohumil Hrabal nace en Brno, la segunda ciudad más grande de la República Checa, hijo de Marie Božena Kiliánová (1894-1970), madre soltera.

En 1917 su madre se casa con Frantisek Hrabal y en 1919 la familia se traslada a Nymburk, una pqueña ciudad a orillas del río Mrlina en el Elba.

Bohumil Hrabal asiste a la escuela primaria de Nymburk y luego continúa su educación en una escuela secundaria técnica.

En 1935 comienza sus estudios de Derecho en la Universidad Carolina de Praga, que debe interrumpir durante la ocupación nazi de Checoslovaquia en febrero de 1939.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Bohumil Hrabal trabaja en diferentes oficios, entre ellos empleado ferroviario, cartero y obrero metalúrgico.

Tiempo después se traslada a Praga y conoce a Eliska Plevová, con quien se casa en 1956 y comienza a dedicarse a la literatura.

En 1997 Bohumil Hrabal cae por una ventana del quinto piso del Hospital Bulovka tratando de alimentar a las palomas y fallece en el acto.

Es considerado uno de los más grandes escritores checos del siglo XX, junto a Jaroslav Hasek, Milan Kundera y Karel Capek.

Libros destacados

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